Declaración de amor a las ventanas




Por: Armando Orozco Tovar
Guillermo Martínez González, también fue poeta, ensayista, librero y viajero por un año en China. Periplo por el país milenario logrado por intercambio al igual que el cuentista desaparecido y olvidado Jairo Mercado. Como siempre ocurre en el país de la peste del insomnio y el olvido.
No fue tampoco sólo dueño de Trilce editores, nombre tomado del peruano César Vallejo y su libro vanguardista. Y de su librería tertuliadero con el mismo nombre.
La primera vez que vi su larga nariz y voz medio ronca que oigo ahora lejana en la memoria mientras lo evoco, fue cuando el cuentista Milciades Arévalo nos invitó a participar en su revista Puesto de Combate. Publicación hasta hoy con ochenta y dos números editados. Verdadera proeza en una ciudad que nunca fue una Atenas, sino la apenas suramericana de la cultura.  
Luego volvería a encontrar a Guillermo en diversos sitios y lugares. Hablando corto porque era de menudas palabras, apenas utilizando las necesarias. Puesto que le gustaba más la escucha que la exuberante e inútil palabrería colombiana, y como huilense que era, tampoco le jalaba a la chistosería regional.
En el 80 publicamos a la vez dos sendos cuadernos de poesía. Él Declaración de amor a las ventanas. Y yo: Asumir el tiempo, con portada de Benhur Sánchez, pintor ibaguereño y escritor destacado. Libros reseñados por el crítico y docente Isaías Peña Gutiérrez, reseñador de libros y actividades culturales, por aquellos años en su columna del Espectador.
En el 87, Guillermo como director del Instituto Huilense de Cultura celebró los cien años de José Eustasio Rivera, invitando a personalidades de la literatura nacional, como el poeta Fernando Charry Lara, el narrador Álvaro Mejía Vallejo, el escritor cartagenero Germán Espinosa, Rafael Moreno Durán, y muchos más, quienes se lucieron con sus conferencias evocando al autor de La Vorágine. A Neiva fui como periodista de la página cultural de Voz, para cubrir el importante evento, que cuando el director y poeta se enteró que estaba bajado en un modesto hotel cercano a la terminal de buses, me invitó a hacer parte de la comitiva de personalidades que lo acompañaban en la celebración, haciendo que me cambiara de inmediato al hotel donde todos se encontraban.  
En el 99 para la celebración de los cien años de José Asunción Silva, Martínez a través de la Casa de Poesía, me invitó a su instituto a dar una charla sobre la novela De sobremesa del poeta bogotano, cosa que hice con buen público asistente.
Al poeta librero, lo volví a encontrar en una Feria del Libro, y alguna vez fui por su librería de libros viejos, a venderle uno de los números de la revista Mito que no tenía.
Y el año pasado pasé de noche para tertuliar monologaste un rato con Martínez Gonzales, el cual ya está volando desde la semana anterior, “al infinito negro donde nuestra voz no alcanza.”
De seguro el poeta del amor a las voyeristas ventanas, no permanecerá ignorante pero sí silencioso mientras dure la eternidad.
Alegría de Pío/ 10/ 15/2016


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