El panorama de la literatura colombiana en los últimos 15 años

No. 7574 Bogotá, Martes 25 de Octubre de 2016 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra

Ilustración de Jorge Consuegra


La diversidad es lo que nos une


Por: Enrique Patiño* / Especial para Libros & Letras


En los últimos 15 años, la literatura colombiana ha vivido una explosión de voces y de géneros. Está tan saludable que aunque no hay una figura clara por sobre las demás, la variedad de hoy permite que nuevos lectores nazcan y se refresque el panorama.



Hay escritores como edificios alrededor de los cuales todo lo que se acerque termina cubierto por su sombra. Colombia tiene un rascacielos: García Márquez. Y todo el que se acerque a la literatura colombiana ve esa especie de Empire State que es nuestro nobel. Casi siempre, por ver esa mole, se olvida que hay otros escritores que siguen construyendo su obra piso a piso con la idea de alcanzar altura.

Los últimos quince años los autores colombianos han querido asomarse a la luz más allá de la obra del gran escritor de nuestro Caribe. Y eso está bien, pero al mismo tiempo, prácticamente todos han abjurado de su obra como si cualquier similitud mínima con Gabo fuera infectocontagiosa. Una escritora espléndida que trabaja la palabra con delicadeza, Amparo Rozo, quiso reconstruir la atmósfera de la época de la Violencia en Boyacá a partir del realismo mágico. No imita al nobel, sino que aplica el recurso mágico a su manera, y eso es válido. Además lo hace bien, de remate.

Y ella, como tantos más, representa bien lo que se preguntaba Jorge Consuegra hace quince años en un artículo suyo sobre las jóvenes promesas de la literatura colombiana, en el que mencionaba a Antonio Ungar, Jorge Franco y Álvaro Robledo, y destacaba además la novela Basura, de Héctor Abad Faciolince. Decía Consuegra que la literatura colombiana se había fragmentado y era imposible definir hacia dónde iba. Ya que comparamos al nobel con un rascacielos, bien vale la pena comparar a los escritores que lo siguieron con una urbe dispersa, sin un norte ni un plan, que se ramificó y lo sigue haciendo a partir de la diversidad, quizás con la excepción del tema de la violencia que se arraigó con lógica en las letras de nuestro país violento. A propósito, aún no se han empezado a escribir las mejores historias de esta época, ya no desde el amarillismo ni desde la actualidad, sino desde la profundidad y la reflexión.

Hoy se escribe literatura barrial o urbana, social, sicológica, violenta o de guetos, gay, ligada a la memoria histórica, contemporánea, apocalíptica y mucha ni siquiera sigue un género reconocido. Ahora que la sombra ya no oculta a nadie sino que el legado de Gabo guía a todos, la experimentación manda.

En estos quince años, en definitiva, de esa urbe dispersa de los escritores, varios han escrito obras emblemáticas y han afianzado sus nombres. Piedad Bonnett, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vásquez, Tomás González y Evelio Rosero son los más destacados en narrativa, a los que se añaden otros que se mueven en distintos frentes como William Ospina o Pablo Montoya.

Otros grandes han vuelto a la luz de a poco en estos años. Grandísimos, monstruos todos ellos, que sin embargo la sombra de Gabo no dejó apreciar en su magnitud: Germán Espinosa, R.H. Moreno Durán, Álvaro Mutis, Héctor Rojas Herazo, Arnoldo Palacios, Óscar Collazos, entre otros. Todos ellos fallecidos, pero cuya obra merece ser rescatada por su magnitud. De los monstruos vivos está Fernando Vallejo, que ha ido desmejorando o repitiéndose cada día más, y Roberto Burgos Cantor, un inmenso escritor. Todos ellos aguardan lectores con sus obras monumentales.


Ilustración de Jorge Consuegra


Lo mejor es que hay de dónde elegir ahora que el rascacielos de Gabo 
no es lo único que domina el paisaje nacional. 
Las temáticas abundan, los escritores proliferan y editoriales
grandes y pequeñas apuestan por autores noveles.



Mario Mendoza es el ídolo de ídolos entre los lectores jóvenes y los que ya no lo son tanto. Santiago Gamboa ha oscilado, pero se mantiene firme en el oficio. Escritores con oficio, trayectoria y calidad que no decepcionan y vienen a la mente son Guido Tamayo, Enrique Serrano, Paul Brito, Sergio Ocampo Madrid, Alfonso Carvajal, cuyas obras son sólidas y apuestan por la innovación. Algunos que descollaban se han difuminado en los últimos años, como Lina María Pérez, Juan Carlos Botero o el médico Andrés Rivera, con libros perfectamente armados todos ellos. Pero mantenerse en el tope es complejo para cualquiera.

Alonso Sánchez Baute ha abierto el camino para una literatura gay que ahora siguen escritores como John Better y Giuseppe Caputo desde distintos puntos de vista; Andrés Ospina ha construido una escritura que engancha alrededor de su mirada de ciudad; Andrés Arias hizo una preciosa mirada al pasado en una obra que oscila, como varias otras más de esta época, entre la literatura y el periodismo con un altísimo nivel; Andrés Mauricio Muñoz sigue creciendo con calidad año tras año; Yolanda Reyes continúa construyendo una obra sólida que la posiciona con fuerza en la literatura colombiana escrita por mujeres; Ricardo Silva no para de consolidarse y de producir obras cada vez más críticas y mejor narradas; un grupo de narradoras como Pilar Quintana, Pilar Lozano, Melba Escobar, Beatriz Helena Robledo, Margarita García Robayo, Carolina Sanín, entre otras, surge con fuerza y se espera que lo sigan haciendo; periodistas netos como Germán Castro Caycedo y Alberto Salcedo Ramos han marcado estos años de periodismo y país en conflicto; Ángela Becerra puso su cuota de romanticismo épico y hay ya incluso autores menores de literatura fantástica que viven de sus ventas; Daniel Ferreira entró por la puerta grande en las ligas mayores, y otros como Juan Esteban Constaín o Miguel Torres han escrito obras ganadoras de premios.

Y así, muchos otros nombres, como John Jairo Junieles, Juan Álvarez o Miguel Ángel Manrique, o poetas maravillosos como Juan Manuel Roca, Federico Diaz-Granados, Juan Felipe Robledo, Lauren Mendinueta, María Gómez, Giovanni Quessep, Albeiro Montoya, Ana Mercedes Vivas y la gran Maruja Vieira, sin olvidar el legado que siguen dejando Darío Jaramillo, Rafael del Castillo, Elkin Restrepo o Jaime Jaramillo Escobar. De todos ellos, uno muy recomendado: Rómulo Bustos Aguirre.

Lo mejor es que hay de dónde elegir ahora que el rascacielos de Gabo no es lo único que domina el paisaje nacional. Las temáticas abundan, los escritores proliferan y editoriales grandes y pequeñas apuestan por autores noveles. Muchos se quedan por fuera de esta lista que igual intenta ser generosa, y eso es una buena señal. No hay una línea definida, aunque la violencia continúa siendo fundamental, y así debe ser hasta que se sane parte del dolor que acarreamos. En esta urbe de la literatura colombiana hay tanta diversidad como en las ciudades actuales. Y eso es un motivo para celebrar. Al menos hasta que venga otro rascacielos que haga sombra sobre los demás.



*Enrique Patiño. Periodista, fotógrafo y escritor. Autor de las novelas La sed y Ni un paso atrás.

**Artículo publicado en la edición 93 de la Revista Libros & Letras: https://issuu.com/librosyletras/docs/lyl_93_web/1?e=1860579%2F39769913

1 comentario:

  1. Es notoria la invisibilización que tanto las grandes editoriales como algunos periodistas y críticos cumplen alrededor de la obra de autores que no pertenecen a las grandes editoriales ni a los círculos para acceder a la gran prensa y las revistas, y más aún, si han figurado, pasan de largo como si nada. Me refiero a casos dignos de mención como el de los novelistas Jorge Eliécer Pardo, Benhur y Héctor Sánchez, para mencionar algunos, cuya trayectoria es ignorada. Y eso que como en el caso de Pardo han sido traducidos, se han publicado libros universitarios monográficos sobre su obra con el resplado de críticos y académicos respetables. Paraece que nada de eso valiera pero ellos cuentan con sus lectores devotos y siguen su trabajo.

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