Entre las pirámides y el no

No. 7567 Bogotá, Martes 18 de Octubre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Luis Fernando García Núñez


Son varios los engaños en que han caído los colombianos. Muchos y desastrosos. Y siguen cayendo, como si nada hubiese pasado, como si disfrutaran de la perfidia, como si una propensión al martirio los acompañara permanentemente.

Hace apenas unos días Semana hacía una sorprendente revelación sobre una gran estafa a cientos de colombianos que se suman a los miles de timados por DMG, DRFE, InterBolsa, Fondo Premium, Factor Group y Proyectar Valores, entre los más conocidos. En este nuevo descalabro “están comprometidos al menos 1,5 billones de pesos, de los cuales un alto porcentaje está en grave riesgo de perderse”. La historia de este nuevo escándalo financiero es desconsoladora y repite, una tras otra, la misma cadena de infortunios que ha dejado a muchos colombianos en penosa situación económica. Muchos vendieron sus pequeñas propiedades y se endeudaron para entregar los dineros a pirámides que les auguraban, con perverso descaro, inmensas ganancias y disfrute inmediato de una riqueza nunca soñada. La ingenuidad y la codicia, por no decir la ignorancia, marcaron el hito de estos inmensos desfalcos.

Son varios los engaños en que han caído los colombianos. Muchos y desastrosos. Y siguen cayendo, como si nada hubiese pasado, como si disfrutaran de la perfidia, como si una propensión al martirio los acompañara permanentemente, como si disfrutaran de ello, como si una tragedia, cualquiera que sea, les diera poderosos motivos para sentirse seres ofendidos. También, a pesar de la casi increíble desconfianza que poseen, caen en cuanta trampa les tienda el más hábil, el más conversador, el más taimado, que también los hay, y muchos. Se dejan arrastrar por el que vende lotes que no existen, el que promociona viajes que nunca se van a dar, el que promete tesoros de incalculable valor, el que los llevará a gozar de la vida eterna si le entregan parte de sus sueldos, el que los defenderá de Satanás que está en todas partes, del que los sacará de pobres mañana mismo. Y ahí están muchos colombianos, convencidos y prestos a dar sus pequeños ahorros, a sacrificarse para mejorar la vida..., entre ingenuos y avarientos.

Ese deseo de enriquecerse rápidamente, sin esfuerzo alguno, ha dejado fatales frustraciones de las que se aprovechan algunos de esos ladinos personajes que engañan con la misma convicción con que hacen valer su honestidad, su tolerancia, su inteligencia, su inmensa capacidad de servicio. Ellos han sabido promoverse, influir en su entorno, decidir y cautivar a cuanto cándido se les atraviesa en el camino. También venden, como cualquier culebrero, el remedio para los dolores que tanto angustian a estos compradores de artimañas, a estos pobres y anodinos buscadores de felicidad, a estos menesterosos de todo, madrugadores que trabajan con denuedo para por las noches, o los fines de semana, entregar con facilidad sus escasas ganancias a los torcidos fabricantes del alcohol y las drogas, los mismos que pagan escasos impuestos, los mismos que promueven y defienden “sus” reformas tributarias, los mismos dueños de los canales de televisión y las estaciones de radio donde se originan sus embriagadores productos. Estafan a su modo, legalmente, con la misma pretenciosa publicidad con que lo hicieron y lo hacen los creadores de pirámides, de fondos financieros, de cooperativas de profesionales, de libranzas y otros productos mercantiles que compran los ingenuos clientes.

Esos mismos embaucados caen en las tenebrosas redes de sectas que prometen, gracias a Dios, una nueva vida de hermanos, ejércitos del Salvador que los preservarán de la maldad, de los demonios que van por ahí tratando de destruir los hogares, de volverlos gais, de inyectarlos con ese diablo de la ideología de género —que no saben de qué trata—, de inducirlos a educar a sus hijos como debe ser, cuando eso no debe ser. Son los mismos que creyeron lo de las pirámides. O están muy cerca de creerlo. Caen con la misma facilidad con que compran y venden libranzas o certificados financieros, o papeles que nada valen, o lotes para construir casas, o viajes que nunca se realizan. Los mismos compradores y, a veces, los mismos vendedores.

Los mismos que dijeron no a la paz, porque en paz el pueblo puede ser educado y eso sí es grave, porque dejan de tener clientes para sus siempre renovadas ofertas y se disminuyen, entonces, las consignaciones que estos vivos hacen en los siempre ávidos paraísos fiscales, donde esconden sus inmorales fortunas, logradas con tanta insidia.

Nada se pierde con buscar en tanta denuncia, en los documentos de las agencias de investigación, los nombres de esos vendedores de ilusiones, de los embaucadores de ingenuos inversionistas o de pobres que todavía se creen eso de alcanzar grandes fortunas de la noche a la mañana sin trabajar. Y relacionarlos con los grandes bribones, los que no aparecen en ningún documento porque tienen sus testaferros, sus crédulos gerentes, sus empleados, sus asesores y sus escuderos. ¡Y la declaración de renta al día! Quizás entonces podamos entender que algunos no quieran la paz ni que se conozca la verdad de esta nefasta guerra que se ha llevado tantas vidas valiosas, tantas vidas ilustres.

Acaso atemos los cabos y descubramos que tanto garaje convertido en pecaminosa y pervertida cofradía, donde Belcebú, en un diestro homenaje a la ignorancia, hace tanto teatro que lo convierte en un juego en el que hay que engañar a quienes saben que están siendo engañados, como decía José María Rodero, mientras recogen los millones que les arrebatan a esos fieles que muy cándidamente esperan resolver sus vicisitudes, sus tristezas, sus tragedias personales, mientras entre gritos desencajados y aleluyas se van atando al pérfido destino de personajes de escasa credibilidad.

Ahora que se avecina una reforma tributaria estructural sería muy justo que estas sectas, y tantas sociedades sin ánimo de lucro —¿sinónimo de lucro?—, tributen lo que han dejado de tributar en tantos años de transgresión, de despojar a este pueblo que rendido toca a sus puertas, que les obedece con fe ciega, que se rinde a pesar de las evidencias del fraude, a pesar del dolor que les infringen, a pesar del desprecio que les tienen, del venerabilísimo odio que confirman con sus fastuosas residencias en el exterior, con sus fabulosas riquezas, con sus automóviles de alta gama, con su poder financiero y político. ¡Dios mío, que el Congreso, por primera vez, mire al altísimo e imponga un poquito de justicia tributaria! Amén.

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