Fábulita. ¡viva la paz, viva la paz!

No. 7552 Bogotá, Lunes 3 de Octubre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra




Así

Trinaba alegremente un colibrí...

Luis Carlos López (Cartagena 1879-1950)


Armando Orozco Tovar

Llevaban los años del ruido echándose dinamita, plomo, machete, patadas y puñaladas en el vientre cada que se topaban por las sendas amargas de sus predios ensangrentados. Los caminos quedaban con dedos de pies y manos, ojos y hasta las orejas salidas de la mochila militar que debían llevar para confirmar sus bajas. Alegaba don Pedro el terrateniente, que sus linderos debían pasar por un lado. Y don Feliciano, que los suyos eran dueños del arroyo que iba del otro lado entre alambradas de púas electrificadas. También don Pedro poseía galgos feroces con dientes como estacas macabras y ojos de relámpagos satánicos. Helicópteros como aves de rapiña rondaban los sitios aledaños donde no debían llegar las pretensiones de su vecino. Llevaban un jurgo de años en este cuento siniestro. Aunque algunos afirmaban que eran menos años, y otros que muchos más. La verdad era que varias generaciones de sus familiares nunca disfrutaron la paz de sus almas y cuerpos, las delicias del hermoso país paisaje donde nacieron y morían. Siendo además hasta lejanos parientes por la ruta de aquellos que llegaron por el oro que al terminarse la emprendieron como diablos de cruces y espadas en busca de las tierras de sus dueños aborígenes. Unos días mamados de tanto ruido de explosiones, tiros, puñaladas, machetazos, lanzados a diestra y siniestra, decidieron sentarse a conversar pacíficos sobre la calamidad de sus tierras y riquezas, puesto que ya eran viejos, cuasi ancianos no queriendo que sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos padecieran tan larga sinrazón de sanguijuelas sanguinarias. Después de largas e interminables deliberaciones diurnas y nocturnas, argumentadas con toda clase de silogismos perfectos, puntualizaron sus acuerdos del tamaño de un enorme volumen bíblico con ratificaciones notariales, y el obligado curato regional por los años que habían estado en conflicto, manifestando cómo debían quedar en definitiva las posesiones de sus enormes predios, poseedoras de ingentes riquezas del suelo y subsuelo. De dicho pacto salieron felices hasta el punto que el romano pontífice por internet les envío su bendición y promesa de venir a sus propiedades para chupar sus deliciosos mangales, y beber de sus prístinas aguas divinas, pensando poder traerse embotelladas sus aguas para llenar con ellas las pilas bautismales de todo su sacro Estado. Sólo faltaba para el acuerdo su legalización, asentimiento, aquiescencia de las familias, las cuales una de ellas, la de don Pedro el terrateniente, dijo No, levantando la voz, al creerse tumbados por don Feliciano, que calificaban de matrero, marrullero, pícaro, y astuto. De haber acometido Feliciano y los suyos, más delitos que ellos los verdaderos dueños naturales por la gracia de Dios de aquellas extensiones. Fue así como al no validarse el acuerdo con la participación de todos, todo volvió a lo mismo. Y la nave vaticana a punto de aterrizar viró ciento ochenta grados, perdiéndose entre las nubes oscuras y borrascosas del cielo. Mientras a lo lejos se volvían a escuchar, confundidos con los pedos papales de sus motores, los rayos y truenos de los primeros bombazos.

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