La experiencia de la poesía


Por: Guillermo Reyes Jurado*


Bucaramanga es una ciudad en donde abundan pero a la vez escasean los poetas. ¿He dicho un contrasentido, una especie de disparate? No. He proclamado una gran verdad. Lo que realmente quiere decir es que aquí muchas personas escriben versos pero muy pocas de ellas son realmente poetas. Entre escribir versos y ser poeta hay una honda diferencia. La diferencia está en la calidad, la profundidad, el temblor interior, el valor estético. Esto solo lo logran los espíritus superiores, los que verdaderamente son poetas. Es la segunda vez que me invitan o me proponen, que lleve la voz en el lanzamiento de un libro de poemas. La primera vez se trato de los poetas Rafael Ortiz González y Ramiro Lagos y el acto se llevo a cabo en la Academia de Historia de Santander. Era la época del sosiego, de la paz, de la confraternidad. La capital de Santander era un conglomerado de gentes dedicadas a trabajar, a escribir, a leer. Se publicaban libros, se daban recitales, se dictaban conferencias, se llevaban a cabo exposiciones de pintura, se exhibían documentales sobre diversos aspectos de Colombia en los teatros. Bucaramanga era una ciudad culta. No había ningún temor al caminar en sus calles, parques y avenidas, así fuera en los sitios más apartados y en las altas horas de la noche. Nadie aguantaba hambre, nadie le arrebataba los bienes al prójimo, la prostitución era bastante escasa. Hoy el país y la ciudad cambiaron. Colombia se convirtió en un matadero de seres humanos que da escalofrío. Treinta mil personas asesinan todos los años en el territorio nacional. Y si a eso se le agrega el hambre, la corrupción, la prostitución y el desplazamiento forzado de miles y miles de compatriotas dentro del territorio nacional, el cuadro es aterrador, de profundo espanto. He traído a colación estos hechos para demostrar cómo el colombiano es actualmente un ser violento, casi irracional. Y para demostrar también como en medio de este furor, de esta demencia colectiva, todavía existen seres pacíficos que como los poetas se dedican a escribir poemas, con una paciencia y dedicación dignas de encomio.

El colombiano no era así, no obstante las guerras civiles que enmarcaron el siglo XIX, y las exacerbaciones políticas que dominaron el siglo XX. En esos dos periodos, grandes masas de la población eran pacificas. Pero a partir del año sesenta del siglo pasado, los colombianos se tornaron violentos, en casi un ochenta por ciento de su población. ¿Qué ocurrió? Por un lado el narcotráfico, por el otro la miseria, un tercer ingrediente, la corrupción, irrumpieron en el país, debilitando los resortes morales de la población. Ese fue el cóctel, la bomba que de pronto hizo explosión y acabo con el civismo, la paz, la convivencia de los colombianos. Por ahora no más exordios. Entremos ya en el motivo que nos congrega en esta reseña. Se trata de acompañar al poeta Antonio Acevedo Linares en el lanzamiento y lectura de una de sus últimas obras. Antes de referirnos a su contenido, conviene hacer un repaso analítico y desde luego histórico sobre la poesía, una de las expresiones más difíciles y exigentes de la literatura, pues quien se aventure en sus dominios debe poseer una exquisita sensibilidad a la par que una profunda cultura y genio creador. Hoy la poesía no es un acto espontáneo sino deliberado, un proceso de creación consciente en el que la razón prevalece sobre la intuición, la profundidad sobre la forma, el valor conceptual sobre el canon retórico. La época de la poesía rimada, de la consonancia y la asonancia, del endecasílabo y el octosílabo, de toda esa cantidad de gambeteos que hicieron de la poesía un mero juego de palabras, una pirotecnia verbal, una especie de fakirismo estético, esa época pertenece al pasado, está definitivamente cancelada.



No hay en la poesía de Antonio Acevedo Linares rima ni métrica, ni toda esa cantidad de gramaticalismos y formaletas en que fueron tan pródigos los ilustres y amanerados poetas del sonsonete. Ya lo dijo hace casi cuarenta años Jaime Mejía Duque en un famoso y aplaudido ensayo sobre la evolución del lenguaje poético en Colombia, que la poesía no era eterna sino histórica, vale decir, que está sujeta a los cambios y mutaciones de la sociedad. Leamos el poema del Cid, repasemos el cancionero de Baena, volvamos a los románticos, acerquémonos a los parnasianos y a los simbolistas, y, confrontando todo eso con la poesía que se escribe en nuestro tiempo, diferenciaremos incluso en la temática más general (amor, muerte, placer, etc.) los cambios de la expresión.



“De una generación a otra se operan cambios de conjunto además de los sobrevenidos, dijèrase que orgánicamente, en los estilos individuales. En la base de tales cambios se propone siempre un problema de concepción del hecho poético, una modalidad nueva al afrontar la experiencia como materia de elaboración literaria, una distinta utilización del lenguaje y de las llamadas significaciones de época para comunicarse. Y más allá del comportamiento individual y generacional de los artistas el análisis tendrá que revelar otras determinaciones más ostensibles: las crisis o los reajustes de la vida nacional e internacional que posibilitaron o decidieron las novedosas maneras de reaccionar ideológica y poéticamente a los temas” (Jaime Mejía Duque)



Los verdaderos poetas colombianos, casi sin excepción alguna, se han rebelado contra los clasicismos, contra las rigideces de un poética convencional que carece de temblor y de vida, que todo lo sacrifica a las estructuras formales, a los moldes retóricos. Ya lo dijo Borges, refiriéndose a este tema, que un poema se puede construir mejor con los elementos de la inteligencia, que con los dictados del corazón. Hay que apartarse del manido lenguaje secular, de las llamadas influencias expresivas, empleando mejor la cultura, edificando un particular monumento estético. Hasta la prosa, en los tiempos actuales, tiende a hacerse más razonable y más precisa. Las pomposas frases onduladas y recargadas de adjetivos y gerundios a lo Mendèz y Pelayo, no son de buen recibo hoy en día. Quien las use solo provocará la sonrisa de los lectores. Lo mismo sucede en la oratoria. El orador tiene que ser conciso, directo, pues está empleando un instrumento de comunicación por medio del cual pone en conocimiento de otros sus opiniones y juicios a fin de convencerlos de sus afirmaciones. Leyendo la poesía de Antonio Acevedo Linares descansa el hombre de esta resolana infernal que es Colombia. Es como una lluvia refrescante que aplaca los nervios y sosiega el espíritu. Hemos vuelto a soñar, a sonreír, a amar otra vez la vida.



Tu cuerpo es un país


Jorge Carrera Andrade



Tu cuerpo es un país

de hermosos valles

y colinas en donde vivo

a orillas de sus acantilados

un vasto cielo en donde

resplandecen sus horizontes

como un mar en donde sumerjo

mi cuerpo, una calle por donde

caminamos con los mismos pasos

de la mano en una noche

que aluna en sus ojos así

en invierno como en verano

un territorio donde siembro

con la lluvia y recojo los frutos

de la vendimia, un hermoso

país de litorales y arrecifes

en el oleaje y en el viento

de su pelo y su sonrisa.



Poesía pura, de buena calidad, escrita con sentimiento y emoción pero también con talento e inteligencia creadora, poesía de bellas imágenes, de amorosas melodías, de honda y sugestiva entonación, poesía para mostrar y exhibir en cualquier meridiano porque está escrita con los valores de la inteligencia y del espíritu.

*Escritor santandereano y ex Cónsul en Venezuela.

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