La violencia en el arte

Por: Juan Camilo Rincón*


Más de 200 años han pasado desde nuestro grito de independencia, y pocos años faltan para celebrar las dos centurias de aquella batalla que sacó del gobierno a la España conquistadora. Entonces, un puñado de hombres decidió llamar a esta tierra Colombia y, al asumirla como un país, soberano e independiente, empezó a gestarse el pensamiento del ser nacional. Así nacieron la bandera, el escudo, el himno nacional y otros símbolos que se fueron vinculando a una identidad que, de una u otra manera, nos describe y nos representa.

Al ver en retrospectiva los siglos que han pasado desde nuestra independencia, encontramos cómo gran parte del territorio ha ido siendo cedido paulatinamente a otras naciones y de qué manera fuimos desmembrados por nuestros propios errores.

En todos los acontecimientos el común denominador es, sin lugar a dudas, la violencia. El ser colombiano siempre ha estado relacionado con la solución de gran parte de nuestros conflictos a través del derramamiento de sangre.

Lo poco que recordamos de nuestra historia, lejos de los grandes logros, se vincula a las guerras que nos marcaron. Aunque desde la concepción occidental de creación de país sólo tenemos dos siglos de existencia, si miramos aún más atrás, no podríamos olvidar que este suelo se erigió tras la persecución de los indígenas por parte de la corona española y la esclavización de los pueblos negros. Desde aquel entonces, el desarraigo, el desplazamiento y la barbarie han sido una constante en los relatos que dan cuenta de nuestra historia.

Si tomamos, por ejemplo, a los grandes pensadores del siglo XIX, encontramos a Julio Garavito y sus logros en la astronomía, o al sabio Caldas (Francisco José de Caldas), cuya obra es menos conocida que su nombre. Fácilmente podemos detenernos ahí, aunque el listado sea extenso. ¿Por qué? Es difícil para un ciudadano del común hacer un inventario de los personajes colombianos sobresalientes de hace dos siglos recientes sin acudir a una enciclopedia. La historia nos fue contada a partir de las hazañas de los próceres que ganaron la guerra, pero otros han sido prácticamente olvidados. Los nombres que lideran los encabezados son pocas veces los de quienes, a veces al margen y en voz baja, realmente han hecho patria.

Llevamos décadas criando niños en medio de guerras, entre federalistas y centralistas, liberales y conservadores, derecha e izquierda, guerrilleros y paramilitares, y un etcétera que no termina. En el exterior, Pablo Escobar se ha convertido en un icono casi tan reconocido como el Che Guevara. Aunque nos pese, son fuertes referentes de nuestra identidad. Así, una sociedad que se ha cimentado en la violencia produce sujetos convencidos de que la única forma de lograr lo que se proponen es a partir de la ley del más fuerte. Aunque no utilicemos un arma para atacar a alguien o cometamos un gran desfalco, hechos como colarnos en la fila, robarnos cien pesos o callar frente a una injusticia también constituyen formas de agredir y desconocer al otro.

El arte colombiano -gran espejo- nos deja ver, en sus múltiples manifestaciones, la violencia en todo su furor. Los escritores Jorge Isaacs y José María Vargas Vila combatieron en su juventud en las guerras de finales del siglo XIX. Álvaro Cepeda Samudio cuenta en su obra La casa grande (1962) la infausta masacre de las bananeras. El Nobel Gabriel García Márquez recuerda la violencia en medio del calor tropical en El amor en los tiempos del cólera (1985) y hace también referencias al 9 de abril de 1948 en Cien años de soledad (1967). En obras como Cóndores no entierran todos los días (1984), El Cristo de espaldas (1952) y La rebelión de las ratas (1962), la sangre siempre se dejó entrever en las letras. En décadas recientes las novelas se vieron permeadas por otras violencias; desde Rosario Tijeras (1999) hasta El olvido que seremos (2006), pasando por Satanás (2002), los escritores nos recuerdan quiénes somos, desde el relato común de un país que se agrede y se exorciza, que no puede huir de sí mismo.

En los museos, las balas casi caricaturizadas de Fernando Botero nos muestran el fusil siempre alerta, como en su obra La violencia; y el óleo Estudiante muerto [Velorio] de Alejandro Obregón dejan en silencio al espectador; por su parte, Débora Arango y Doris Salcedo hacen una invitación permanente a hacer memoria desde nuevas representaciones del dolor y la vida.

Ahora, cuando sentimos que estamos tan cerca del inicio de la paz -algo que jamás creí llegar a ver mientras viviera-, se nos otorga la posibilidad para que, como ciudadanos libres, decidamos conjuntamente si damos luz verde o no a este proceso (a través de un plebiscito).

Es irrebatible que la firma del Acuerdo no asegura el fin de la violencia, pero constituye un voto de confianza para romper esa relación innata que ha tenido el país con la sangre y el miedo.

Votar por el “no” es decirnos a nosotros mismos que la violencia es y seguirá siendo parte del ser colombiano, y que no queremos dejarla ir. A pesar del “sí” muchos males seguirán haciendo parte de nuestra idiosincrasia, pero tenemos el derecho a que las nuevas generaciones puedan leerse, narrarse y materializarse como el país que le dijo no a la guerra.



JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
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