Nadie sale vivo de aquí

Por: Claudio Zeiger / Tomado de Radar Libros / Página12


En Ningún infierno, Alejandro Hosne echa a rodar a un asesino serial por una Buenos Aires nocturna y en crisis, en plenos años noventa. Una apuesta perturbadora que se publicó primero en México y ahora llega a la Argentina.

He aquí un libro sorpresivo, que cae cuando mucho no se lo esperaba. Alejandro Hosne, nacido en Buenos Aires, se fue a vivir a México y allá trabajó como guionista de cine e hisotrietas, y publicó esta novela que ahora tiene su edición argentina. Ningún infierno es en gran medida un libro que habla de los noventa y de la crisis de 2001 (y también es más que eso, por supuesto). Esa época, postula Hosne, sólo podría ser contada desde el punto de vista y la mirada de un asesino frío, desalmado, probablemente psicópata, aunque lúcido en su extremismo. Alguien que se decide a hacer justicia pero no justicia social ni tampoco a ejercer una mera venganza personal. El narrador- asesino de esta novela tiene un afán de justicia ontológica porque lucha contra el vacío, la nada. Su justicia no puede sino estar a tono con ese núcleo vacío en que todo se disgrega. La época, por debajo de la línea del consumismo o su imposibilidad, sería un coktail explosivo que reverbera y luego revienta en la cabeza del narrador, una latencia de violencia y sexo que se convierte en monólogo y acto.

Para entrar en materia y para ahorrar descripciones, puede sintetizarse que la novela de Hosne trata acerca de un asesino serial, hiperviolento que anda suelto en Buenos Aires de fines de los noventa. En el primer capítulo va a bailar, conoce a una chica, la lleva a un hotel y la destripa. Es, a su manera, una “aplicación” de American Psycho a la idiosincrasia porteña, argenta. De todas formas, no deja de haber un tono de desafío e ironía con respecto al modelo de Easton Ellis. Reproduce algunos de sus tics asociados a la puntillosidad cosmética y el cultivo del físico, y los gestos glaciales e imperturbables de un personaje-máquina, pero en el fondo parece decirle a Patrick Bateman sos un tilingo de Armnani y Hugo Boss, a ver si te bancás los noventa en Argentina. Y también es cierto que se aleja astutamente del modelo para contar otra historia, otro territorio y otra forma de desamparo donde sus paisajes pueden ser una avenida tan desangelada como Córdoba o un colectivo donde el tránsito y el resentimiento están a punto de desencadenar una tragedia a cada instante.

Ningún infierno tiene su día y su noche. De día, la oficina, un típico lugar de explotación y flexibilidad laboral, con chicos y chicas sometidos por jefes canallas. Esas historias de oficina revelan la forma eficaz, engañosa y encantadora en que puede manejarse el narrador y así contrastarlo con su yo nocturno, que puede ser eficaz y engañoso en otra dirección. Y también, ese mundo oficinesco marca uno de esos infiernos pequeños que se van sumando para terminar diciendo que no hay “ningún infierno” como centro único del dolor y la maldad. De noche, se trata de salir a cazar y matar porque sí, sobre todo chicas de boliche pero también damas dignas, jóvenes zarpados, hombres anónimos, locos y locas.

Otro frente a destacar es el de la casa donde se reúnen los amigos posadolerscentes, y en cuyo fondo más deseado y oscuro, anida el amor por Julieta, la adolescente que está sola y espera. Todo parece discurrir bajo la mirada desencantada de una vida común y corriente. “El presente idiotizado era lo único que tenían Pablo y Sebas y no lo dejaban escapar”, analiza el narrador. “Llevaban este tipo de vida desde hacía años, yo también. Nuestra diferencia con la mayoría de los jodones porteños era que trabajábamos o estudiábamos y no podíamos dormir tanto al otro día de la joda”. Poco a poco, el cazador se irá arrimando a su presa, pero no lo hace de la manera en que suele atacar a sus otras víctimas.

Hay a lo largo de Ningún infierno escenas memorables y otras que el lector rogaría olvidar lo más pronto posible. Pero en la manera de narrar la hiperviolencia y sus alrededores (tortura, violaciones, huesos triturados, fluidos imparables, fist fucking, cruces irreproducibles entre goce y dolor), Hosne nunca renuncia a hacerlo con estilo, con la cabeza puesta en la literatura. De todas formas, la legibilidad es todo un tema en este texto. ¿Tolerará su lectura el lector medio argentino? Es posible que algunos sí, es posible que otros no, y eso no los volverá a unos superados y a otros pacatos. Pero también hay que ser tolerantes con los límites que plantea una novela que busca romperlos. Desde ya, estamos bastante lejos de la historia en el fondo aleccionadora de un asesino contada por él mismo como el despliegue de un caso clínico o un thriller psicológico. Hay aquí más bien el recurso a una fantasía alucinada pero desplegada con realismo, Hay un nihilismo de fondo que puede remitir a una cruza de Easton Ellis y Fernando Vallejo (en el fondo, el killer se vive quejando de todo y de todos), y también, por poner algunos ejemplos argentinos, una deriva arltiana: Ningún infierno es en definitiva el extenso monólogo de alguien que sueña el sueño de la destrucción porque no tolera el mundo que lo rodea. Y, en la historia de amor, hay una cita voluntaria o no al gran romance entre Martín y Alejandra de Sobre héroes y tumbas. Pero el asco de este “yo”, y en eso reside quizás el máximo logro del libro, no se recubre de la angustia existencial del Hombre sino que nunca se aparta del escenario preciso y la época en que cobra sentido su furia, su rabia criminal. Ningún infierno ofrece una determinada versión de la ciudad, una Buenos Aires como sumergida en el agua, en la niebla, en la densidad ácida que parece emanar de sus cloacas, una Buenos Aires difusa, subterránea y falsamente brillosa como hace mucho no se la describía. La novela es en gran medida la construcción de esa mirada, la relación entre el yo y el ellos. Y “ellos” son los habitantes de esa ciudad sumergida, que por razones a veces atendibles, otras no, le resultan intolerables al “yo”. Se podría decir que Ningún infierno es una catarsis en su más clásica acepción, si se acepta que es una catarsis con fuerte sentido narrativo y voluntad estética. Una vez producido el “efecto limpieza” de la catarsis, irá quedando claro que el “yo” es una especie en extinción: un psicópata sabio, un asesino romántico, que se pone a contar “lo que haría” si no estuviera tan ocupado en sus mentales menesteres.



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