Número cero, un sainete fiero y a la vez divertido


Por: Francisco Vélez Nieto* / Mundiario


Umberto Eco crea en esta novela una parodia del periodismo controlado por poderes.

En muchas lenguas de las tres últimas décadas se viene disfrutando del placer de saborear con regustado espíritu El nombre de la rosa, y aunque con más calma, igualmente muestra actualidad la narración crítica Número Cero, de Umberto Eco (1932-2016). Páginas de trama desnuda del mundo periodístico donde se expone y desarrolla con la precisión de su fino bisturí taladrador que caracteriza toda su obra y los variados mundos intelectuales y sociales donde se desenvuelven el periodismo.

Aquí y ahora Eco nos lleva al periodismo actual, planeamiento que muy directamente lo podemos trasladar a la España irredenta por ser parodia feroz que encaja como anillo al dedo, mostrando el periodismo del sarcástico Cuarto Poder, la información o la deformación de la realidad como noticia, todo en función de la fuerza que dirige el medio y sus criterios según los intereses propios, que no de los lectores.

Adentrarse en la confusa marea informativa del periodismo actual con el deseo de lograr sacar una información objetiva lo más cercana a la realidad social, cada día más esperpéntica, no resulta fácil. Mejor entonces la táctica de abordar la lectura de varios medios en manos de distintos poderes y con la suma de todos intentar sacar un análisis propio que no sea manejo para mentes de carbonero, logrando una información lo más cercana a la realidad social y política del momento. Teniendo en cuenta las dependencias, pues las armas de comunicación -salvo los valiosos medios independientes- son propiedad de los dominios económicos, especialmente de la banca y todo lo que ella domina. Luego aquí los valores críticos de Umberto Eco.

Padecemos, salvo excepciones, unos medios informativos de una sociedad cuyos valores soporta el sangrante virus de la corrupción protegida hasta el extremo que, incluso ciertos dominios económicos y políticos, se sienten preocupados de tan inmenso totalitarismo impositivo. Número cero utiliza el juego de la creación de un periódico con la edición de un número teórico, prueba suficiente eligiendo un expurgado equipo de periodistas bien elegidos, y en periodo de tiempo calculado amenazar solamente con unos pocos de ejemplares para provocar seria inquietud en ciertas alturas que como diana se han elegido. La parodia de este medio de comunicación en ciernes sucede en Milán y corre el año 1992.

Podríamos perfectamente trasladar la comedia a España, como a tantos otros países, que sin ningún género de dudas es parada y fonda de esa maraña de comunicación, verdaderos especialistas que entiende no estar hechos para difundir con objetividad, sino para encubrir noticias ahogadas por la inundación de falsedades, que con Internet ha alcanzado la cima de la irregularidad frente a lo real, de todo aquello que pueda lastimar y perjudicar a los caciques que lo sostienen y le facilitan el pienso diario a sus propios. El director del periódico fantasma, fiel policía retribuido, se encargará de eliminar todo aquello que puede dañar la imagen e intereses de su amo.

En Número cero si faltaba una noticia desafiante, esta se crea con el demencial delirio del reportero Braggadocio que expone una desmesurada trama que por espacio de medio siglo habría dominado la historia política de Italia desde la caída de Mussolini. El final del Duce no es la realidad política al finalizar la guerra. Detrás de la intensa actividad terrorista registrada en los años de plomo (década de los setenta), el periodista encuentra sistemáticamente la larga mano de la Operación Gladio, una organización secreta creada por la CIA en Europa occidental para impedir la llegada al poder de los comunistas y cuya existencia confirmó Andreotti en 1990. A falta de las confabulaciones góticas que tanto amaba.

La transcripción literal de la autopsia de Mussolini tras su ejecución y posterior linchamiento en 1945 da pie al periodista a sostener que el difunto no era el dictador fascista sino un doble, sobre la base de que el informe forense no había registrado dolencias hepáticas previamente diagnosticadas. Y a partir de ahí elabora una rocambolesca fuga a través del Vaticano que con ayuda de los americanos le habría conducido a Argentina bajo la sombra protectora de Perón. Se habría intentado devolverlo al poder en 1969 con su golpe de opereta de los guardias forestales, aunque lamentablemente el anciano dictador de 86 años habría fallecido cuando el viaje. Un sainete fiero y a la vez divertido. Lo que se conoce como verdadera parodia del periodismo controlado por poderes.

* Escritor, poeta y comentarista literario. Colaborador de Mundiario.

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