Oriente extremo


Por Fernando Krapp / Radar libros / Tomado de Página 12


El libro de Maurice Pinguet, La muerte voluntaria en Japón, de 1980, era uno de los pocos clásicos del ensayo francés del siglo XX que quedaban sin traducir al castellano. Ahora, Adriana Hidalgo lo publica, con excelente traducción de Antonio Oviedo. Fue comparado en importancia con la Historia de la locura de Michel Foucault. A partir del seppuku ritual de Mishima que conmocionara al mundo entero en 1970, Pinguet desanda en forma retrospectiva siglos de tradición, mitología y costumbres acerca de los ritos del honor, el papel de los samurais y de los clanes guerreros, el romanticismo de los escritores de diferentes siglos y la violencia política, hasta el desenlace, desastroso para Japón, de la Segunda Guerra Mundial, tratando de indagar en las raíces más profundas del suicidio individual y colectivo. Fascinante paseo por la sociología, el psicoanálisis y la literatura, La muerte voluntaria en Japón es una hipnótica reflexión que confronta Oriente y Occidente, la vida y la muerte, la voluntad y el destino.

El 20 de noviembre de 1970, cinco hombres vestidos con trajes imperiales de una época inmemorial, irrumpieron en la base militar de Ichigaya. Tenían una cita con el general Mishita, jefe de los ejércitos del Este, en el cuartel general de la Fuerza de Autodefensa. Al verlos llegar, el General descubrió que las intenciones de los hombres eran otras. Lo ataron a la silla con la promesa de ponerlo en libertad si escuchaba el mensaje que el líder del amotinamiento tenía para darle a los colimbas. Mishita no tuvo más opción que acceder. Los cinco rebeldes dejaron la oficina y se dirigieron al palco desde donde el líder habló a los soldados, quienes, azorados por semejante representación teatral, no sabían si reír o someterse al mensaje apocalíptico aleccionado por un hombre de gran musculatura y mirada rasante.

Probablemente, ninguno de los militares que vieron cómo en unos pocos minutos esos hombres volvían a meterse en la oficina del director, llegaron a imaginar lo que sucedería. Horas después se descubrieron dos cadáveres. Los sobrevivientes balbuceaban mientras los dos hombres muertos se desangraban en el despacho del general quien había presenciado con una mueca de horror amordazada el viejo ritual japonés conocido como “seppuku por acompañamiento”, que consiste en clavarse una daga en el vientre, realizar un movimiento hacia la derecha y esperar el golpe de gracia en la cabeza del compañero, quien después procederá a quitarse la vida de igual modo. Antes del golpe de gracia –mal propinado en su caso– el hombre había lanzado el grito ritual del Japón feudal: ¡Tenno, Heika, banzai!

El hecho generó una conmoción mundial. Cables de noticias y programas de televisión se hicieron eco de lo sucedido en el cuartel general. Yukio Mishima, escritor mundialmente famoso, ponía fin a su vida de un modo espectacular y oscuro. El autor de Confesiones de una máscara y candidato al premio Nobel en tres oportunidades, figura inquieta del panorama literario de posguerra, había ensayado su muerte voluntaria en un cortometraje premiado en los festivales de cine más importantes de Occidente. Nadie se imaginaba que pasaría al acto. Menos aún de ese modo tan extravagante.

El nombre de Mishima sobrevuela y reaparece a lo largo de La muerte voluntaria en Japón. El último capítulo lleva su nombre: “El acto Mishima”. Es el único suicidio en todo el libro que Maurice Pinguet narra con detalles, y en cierta forma está ubicado estratégicamente como un cierre de sentido. El discurso previo al seppuku que puso fin a una de las mentes más atronadoras y desbocadas del siglo XX, es, para Pinguet, el fin de una era que abarca varios siglos de muerte voluntaria. ¿Cuál fue el mensaje que Mishima intentó dar al mundo moderno? Para desentrañar semejante mutilación personal, el ensayista y catedrático francés viajó hacia atrás en el tiempo, para entender la función o bien la construcción del símbolo del suicidio en Japón.


Nuestro hombre en Tokio


Japón: esa isla con forma de incógnita en el hemisferio. La tierra, que supo encerrarse sobre sí misma, atravesar años de violencia política e institucional entre dinastías y familias políticas, siempre fue cuna de especulaciones culturales occidentales (francesas sobre todo) como gran parte del Lejano Oriente. Pensemos en los diarios de Gustave Flaubert y sus observaciones acerca de Indochina, aquel territorio que Francia ocupó a mediados del siglo XIX y perdió a mediados de la década del 50 del siglo siguiente. En los viajes de Louis Althusser y Jean-Paul Sartre, y las experiencias maoístas de la extrema izquierda que derivaron en todo tipo de retratos literarios, poéticos y sobre todo cinematográficos, como La chinoise de Jean Luc Godard. En el mea culpa visual de Hiroshima mon amour, en varias novelas de Marguerite Duras, en los intentos novelísticos de Julia Kristeva o las visitas tardías de Claude Lévi-Strauss registradas en las conferencias La otra cara de la luna.

Roland Barthes viajó a Japón a fines de los 60, en plena aventura semiológica. Se perdió en sus calles y sus efectivos medios de transporte, se maravilló con la comida y sobre todo con la escritura. Volvió a París con un libro hoy canónico sobre los estudios occidentales acerca del país nipón: El imperio de los signos. Allí, un Barthes “desorientado” se rendía al impacto de la escritura japonesa y señalaba que “el signo japonés es vacío: su significado huye, no hay dios, moral o verdad en el fondo de los significantes que reinan su contrapartida”. El libro estaba dedicado a un tal Maurice Pinguet, el hombre que lo había recibido en Tokio y había oficiado como guía turístico, o bien, como dijo el propio Barthes, su Virgilio en su danza infernal abrumada por signos.

Nacido en 1929 en Montluçon, Allier, Maurice Pinguet se formó en Letras Clásicas en la Escuela de Estudios Superiores de París, donde fue compañero de Michel Foucault. Trabajó como profesor en 1953 y finalmente partió a Japón en donde obtuvo una plaza como profesor de la Universidad de Tokio en 1958, prestigioso cargo que desempeñó hasta 1963, año en que fue nombrado director del Instituto de estudios Franco-Japonés, una especie de casa de estudios culturales con mezcla de embajada, en donde Pinguet recibió y brindó asilo cultural a varios colegas, entre ellos Foucault, Barthes y Lacan. Pinguet no desempeñó su cargo como el clásico diplomático expatriado detrás de una mesa de oficina, encerrado en su despacho a la espera de la carta para volver a la tierra natal; su participación activa en el panorama cultural japonés de la época de posguerra le valió un lugar dentro de mundo intelectual japonés.

En tiempos de apertura mundial después de la guerra, Pinguet jugó un papel decisivo en la comunicación cultural entre ambos países. Vivió casi veinte años, con un período de regreso a Francia en 1968 aunque el acto de Mishima, en 1970, pareció llamarlo nuevamente a esa tierra ancestral como un temible canto de sirena. Retornó a Japón a fines de los setenta, y durante esos años de actividad al frente del Instituto, trabajó en su único libro publicado, y si bien hoy se lo recuerda como uno de los más finos interlocutores en las extensas entrevistas al último Michel Foucault del cuidado de sí, su libro, comparado justamente con Historia de la locura en la época clásica y Vigilar y castigar, es editado por primera vez en castellano por Adriana Hidalgo en una impecable traducción al castellano de Antonio Oviedo. Pocos años después de pisar suelo francés en 1989, Maurice Pinguet moría de un cáncer de páncreas en 1991. Es decir, por causas naturales.


La bella muerte


El viaje en el tiempo desde la puesta en acto de Mishima hacia el pasado pareciera no tener comienzo posible, aunque Pinguet haga un movimiento inevitable: asumir su propio lugar de enunciación, esa enorme mochila occidental que arrastra como buen ciudadano del mundo. Pinguet elige el suicidio de Catón y la postura de sus amigos frente al suicidado para dar inicio a su libro: lo que en Occidente se asume en forma de culpa, en Oriente funciona de otro modo.

Pinguet no puede evitar las comparaciones en los primeros capítulos de su ensayo. A la manifestación edípica-patriarcal de Occidente, que juzga el suicidio como un acto de rebeldía frente a la Ley del padre, la sociedad japonesa construye sus cimientos familiares desde el matriarcado. Remarca la diferencia entre culpa occidental y responsabilidad oriental, más ligada a cierta forma de organización estratégico familiar. Para definir el “alma” japonesa (“mentalidad”, “inconsciente”, como queramos llamarlo), se vale de diversos enfoques. Extraterritorial en sus observaciones, echando mano a todo tipo de procedimientos –psicológicos, antropológicos, sociológicos– que le permiten no sólo definir su objeto sino marcar el terreno y mapear el territorio, opone el capitalismo japonés al occidental. Mientras que Occidente ocupa y abre mercados en relaciones interpersonales, Japón, un país agrícola y campesino en sus orígenes y tierra salvaje para la China imperial, desarrolla su lógica puertas adentro. El capitalismo japonés es familiar, señala Pinguet, y basa sus relaciones en el respeto y la responsabilidad. El matriarcado funda la lógica de las relaciones. “La función del padre japonés es la de la mirada que da vergüenza, pero es en la relación con la madre que la angustia de culpabilidad adquiere toda su intensidad”, señala.

Es sabido el rol fundamental que las mujeres tuvieron para el desarrollo de la caligrafía y la escritura en la lengua japonesa (su novela fundacional Genji Monogatari de Murasaki Shikibu fue escrito por una mujer). Pinguet analiza aún más en profundidad y, con un giro psicoanalítico, señala los vínculos de los japoneses como una prolongación de la ley de la madre. Pero la pregunta excede a las motivaciones sociológicas o psicológicas: ¿Qué papel juega el suicidio en la construcción de la sociedad japonesa? Pinguet rastrea a lo largo de la Historia esa relación simbiótica entre responsabilidad, mito y tradición. Busca en documentos históricos, cantares de gesta y literaturas; en los ritos paganos y fundacionales; en los relatos de las mikko, mujeres vírgenes sometidas a la castidad que antes de perderla se quitan la vida; en el amidismo japonés y la presencia supersticiosa de los muertos en vida; en el bushido de los samuráis como postura frente a la muerte; en la violencia entre clanes familiares previa al estadío de falsa calma durante la era de Heian en el siglo VIII y X, punto álgido del confucionismo en la isla, tras la importación de la política china, el desarrollo de la escritura y el arribo del budismo hindú, que inscribía “en los corazones su mensaje de precariedad: nada dura”.

Pinguet categoriza los distintos tipos de suicidio que forjaron una tradición del pasaje al acto no como una oposición a la vida, sino como su complemento: un modo de afianzar la voluntad. El suicidio “de solidaridad” (ikka shinju) que acorta aún más los lazos con la madre (abundan los casos de pareja), y el suicidio “de acompañamiento” (Junshi) entre los guerreros posteriores a la época de Heian, cuando la lucha de clanes derivó en la figura del seppuku (vulgarmente conocido como harakiri) en el siglo XII y su práctica ética de evisceración: clavarse una daga en el centro del cuerpo y esperar el golpe de gracia del acompañante en la cabeza. Pinguet analiza este famoso y típico ritual entre los ronin, viejos samurais sin trabajos ni amos, que desde la influencia zen, encuentra un modo de liberar al cuerpo del yo; práctica que se forja como institución, exime al ejecutante de la ética marcial y la subordinación utilitaria, le asegura soberanía sobre la vida y le confiere una sinceridad arraigada en el prestigio.

Finalmente arriba al fin de la era de Meiji, la llamada “apertura al mundo de Japón” y sus consecuencias funestas en las distintas guerras: por el territorio de Manchuria a principios del siglo XX y su papel protagónico en la segunda guerra mundial. Antepone las figuras del suicidio de honor en combate, a los suicidios románticos como consecuencias del desasosiego que Japón vive en su período de entreguerras. Las muertes de sus escritores y poetas. Caso Ryunosuke Akutagawa, quien puso fin a su vida para terminar con “la vaga inquietud” que lo atormenta. O el gran Osamu Dazai, escritor urbano de Japón que retrata los diversos “perfiles del nihilismo” japonés. Ambos son un síntoma del malestar en la cultura japonesa, país que se debate entre la apertura al mundo, la reorganización político empresarial y las convenciones de la tradición.

La puesta en acto de Yukio Mishima, entonces, resume y clausura esa larga tradición: su gesto es de protesta, atenta contra la humanidad y la afianza desde un oblicuo sentimiento de sinceridad. Mishima no estaba interesado en hacer una revolución al tomar la base militar. Ambicionaba con transformarse en el signo de su tiempo. Un llamado de atención frente al desequilibrio de la sociedad moderna; del mismo modo que en 1703, 47 ronins vengaron a su señor feudal obligando a un alto funcionario y a toda su familia a realizar un seppuku, y después de su operación, se entregaron a la Justicia que los sentenció a todos a quitarse la vida con el mismo procedimiento: se convirtieron ellos en un signo de la época feudal. Antes de eviscerarse en el despacho del general Mishita, el entonces escritor se quitó la máscara de mil personajes, y gritó a los soldados si podían considerarse a sí mismos hombres: “quiso morir –dice Pinguet–, más aún, quiso morir voluntariamente: su conciencia de sí se dedicó a reflexionar en la conciencia de los siglos. Se terminó una vida que acababa una historia de la cual era fruto. En el breve y sangriento esplendor de ese sol poniente se resumió y apagó la tradición japonesa de la muerte voluntaria”.

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