20 años de 'La broma infinita'

No. 7585 Bogotá, Sábado 5 de Noviembre de 2016 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Jaír Villano* / Bogotá.


Los editores de Little, Brown & Company nos evitaron la futilidad. En una entrevista Foster Wallace lo dijo: “El manuscrito tenía más notas al pie”. Es decir que de no ser por esa persona que se atrevió a cortarlos, nos hubiéramos tenido que aguantar más inanidades o, para decirlo en jerga, seudo bromas, que los esnobs –el hecho de leer las 1208 páginas los hace sentirse superiores (sí: “que yo me jacto de lo que he leído”– le idolatran sin explicación alguna.

Quienes le conocían dicen que era un buen hombre, pero podía ser impredecible. Adicto a las drogas, la novela demuestra su sapiencia en esta materia; a los programas de televisión, de malas: si no se hubiera ahorcado habría conocido Netflix; al cine, tenía la capacidad de hacer inmensas elucubraciones. Foster Wallace fue panadero, conductor de una buseta escolar, profesor de escritura creativa y estrella de rock, su parecido con Axel Rose le ayudaba con las chicas que no tuvo, aunque luego fue apodado el Kurt Cobain de la escritura. (Ah, y como todo desempleado, escribió artículos de prensa, hoy convertidos en libros).

Antes de La broma infinita era un escritor con poca trascendencia; había parido La niña del pelo raro, había escrito la tesis con la que se graduó (y que, claro, las editoriales volvieron libro), pero no había puesto su nombre a la altura de Thomas Pynchon. El arco iris de gravedad…de lejos.

Jonathan Franzen dice que era un genio. El uso del polisíndeton demuestra su influencia en su obra.

Pero viene siendo hora de esgrimir las razones de por qué es una Bronca infinita.

A ver, en primer lugar hay que decir lo obvio, a saber, que su título corresponde muy bien al desarrollo del libro: una broma vasta, excesiva, inconmensurable, tediosa, digresiva… sí: infinita.

El problema, huelga precisarlo, no estriba en su anchura, sino en lo innecesarias que son muchas de sus disquisiciones. La estructura es más bien liviana. No hay una urdimbre que sepa adobar las historias de los Incandenza, de los chicos de la Academia de Tenis, de los miembros de la Onan y de todo ese rebaño enfermizamente consumista que retrata con acierto en algunos paisajes – Año de la Ropa Interior Para Adultos Depend, Año de La Muestra del Snack de Chocolate Dove, Año de Los Productos Lácteos de la América Profunda–y yerra en otros.

Y sin embargo, hay párrafos cuya construcción es admirable. En las primeras páginas hay varios de ellos (recuérdese la 152), y no solo por el ritmo, y la reiteración afinada de la conjunciones y-que, también porque aprovecha para hacer en cortas líneas profundas reflexiones.

“Que te importará muy poco lo que los demás piensen de ti cuando te des cuenta de lo poco que piensan en ti”; “que el noventa y nueve por ciento del pensamiento de los pensadores compulsivos versa sobre sí mismos”; “que casi todo el mundo se masturba”; “que, perversamente, a menudo es más divertido querer algo que poseerlo”; “que todo el mundo es idéntico en su secreta y callada creencia de que en el fondo es distinto de todos los demás. Que eso no es necesariamente perverso”. Cáustico y soberbio, podrán darse cuenta.

Lo dijo Constantino Bértolo: “(…) su mirada es agria, y muy crítica aunque se haga bajo un registro irónico”.

Agrio, crítico y algo de fatalista. La vida de los Incandenza, por decir algo, está llena de desvaríos, tanto la del padre cineasta, creador de la película que lleva el mismo nombre del libro, cuyo desenlace no puede ser más absurdo: dizque metió su cabeza a un horno de microondas; hasta la del superdotado Hal, quien es versado en gramática, adicto a la marihuana e incomprendido por su entorno.

Y ni hablar de otros personajes que se cruzan cuando el lector incauto cree que ya le ha encontrado el hilo conductor, la historia de don Gately –otro– drogadicto delincuente que cuenta en su vida la de todos; además, de su paso en el centro de desintoxicación, EnnetHouse, y su imposibilidad por adaptarse a su espacio circundante.



Intentar describir un libro de semejante desproporción es algo insensato, de modo que podemos decir que la Broma tiene minitramas fallidas, como del grupito terrorista canadiense –cuyos miembros son minusválidos– que no termina en nada.

Es ahí donde Foster Wallace peca. Alguna vez alguien dijo que los libros buenos eran aquellos que nos hacían sentir estúpidos, digamos que está bien demostrarle al lector que el escritor está por encima; pero, hombre, al menos hay que disimularlo.

Eso, no obstante, se podría entender como una burla con el lector. Hay fragmentos en los que sus reflexiones son aluviones de palabras que no tienen nada que ver con la trama del libro. Es más: no se pierde nada si se quitan.

En últimas, es una novela pesada, a la que le sobran muchísimas páginas. Es un misterio saber por qué se ha vendido como el magnum opus, la obra post modernista y toda esa pléyade de ditirambos.

Pese a todo, en algo aciertan los amantes del libro: es una pieza irrepetible. Y es que ¿quién se atrevería a tejer otro mamotreto de esos?

Foster Wallace era profundamente triste y la novela, de alguna manera, da cuenta de ello.

La ficción como refugio. Lo dijo Franzen una parte de Pureza: “La gente feliz no miente”.



* Escritor y periodista


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