De cómo un periódico convierte en asesina a Katharina Blum

No. 7590 Bogotá, Jueves 10 de Noviembre de 2016 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra





Hoy, la lectura de El honor perdido de Katharina Blum puede ser, para lectores jóvenes, una suerte de “tour de force”, porque hay que acercarse a los contextos históricos, a ciertas condiciones sociales, a circunstancias específicas de las dos Alemanias existentes entonces.



Por Reinaldo Spitaletta


La Guerra Fría, en los setentas, había alcanzado un punto cumbre de tensiones mundiales, de distribución del orbe entre las dos superpotencias de entonces (la gringa y la soviética) y de tira y afloje entre ellas. Alemania, donde desde 1961 se construyó el denominado “muro de la infamia” que separó a Berlín, estaba dividida entre la pronorteamericana y la promoscovita, en Federal y Democrática. La literatura de entonces, la misma que va a originar los libros de espionaje, tiene aspectos que dan cuenta de aquella situación.

La Alemania derrotada en la Segunda Guerra, tras la conflagración comienza a narrarse en su nueva manera de salir de los escombros y la literatura no es ajena a aquella reconstrucción. Un escritor como Heinrich Böll (Colonia, 1917-Langenbroich, 1985) va a ser parte de la generación de la Posguerra y al que se le concederá el Nobel en 1972. En ese año, en nuestra casa paterna, sita entonces en Copacabana, en un barrio de casitas uniformes y de amplios antejardines, pertenecientes a la parroquia, comenzaron a aparecer en la incipiente biblioteca familiar varias novelas de este autor: Opiniones de un payaso, Billar a las nueve y media, El pan de los años mozos y ¿Dónde estabas, Adán?, las que llevaba mi hermano Rodolfo, estudiante entonces de un liceo en la vecina población de Bello. Las leí con un entusiasmo de adolescencia a punto de acabarse y cuando, según la legislación de aquellos días, todavía me faltaban más de tres años para sacar la cédula de identidad (a los 21).

Años después, cuando ya era estudiante de la carrera de comunicación social-periodismo, en la Universidad de Antioquia, leí una obra del mismo autor, el Honor perdido de Katharina Blum, publicada en 1974. Me pareció por esos tiempos, muy apropiada para discutir en torno a la prensa amarilla, la mentira como lema de ciertos periódicos, pero, ante todo, porque había en su contenido una suerte de técnica, retomada, a propósito, de los diarios sensacionalistas, en particular del alemán Bilt-Zeitung, en el cual, sin duda, se basó el novelista para escribir su relato, al que él denominó años después como una “novela de tesis”.

Por esos mismos almanaques, eran muy mentados en el mundo los golpes de la banda terrorista de Alemania Federal, la Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo, con una manifiesta tendencia hacia lo que se llamaba el foquismo, una deplorable desviación (parte de la etiquetada como la enfermedad infantil del izquierdismo), según los marxistas clásicos, que le hacía más daño a la revolución proletaria que a la burguesía y el imperialismo.



Hoy, la lectura de El honor perdido de Katharina Blum puede ser, para lectores jóvenes, una suerte de “tour de force”, porque hay que acercarse a los contextos históricos, a ciertas condiciones sociales, a circunstancias específicas de las dos Alemanias existentes entonces. Y aun así, es una narración reveladora, fundamentada en hechos reales, que son tratados con rigor y documentación pertinente. Su autor, en el epílogo que adicionó diez años después de la publicación original, advierte que se trató de un panfleto “disfrazado de narración”, con la salvedad, según Böll, de que este género, el panfleto, es parte de la “mejor tradición de Occidente”.

El escritor, un simpatizante de izquierda, apeló para su novela de tesis a la historia del macartismo y a las prácticas del anticomunismo que entonces eran una rutina en la Alemania capitalista y aunque la protagonista nada tenía que ver con política ni militancias, los métodos utilizados, en particular por un diario sensacionalista, sí estaban acordes con la tergiversación y calumnias, propias de aquellas formas políticas y en uso (bueno, creo que todavía en 2016) del amarillismo, como el del “Periódico”, que así nombra el autor a la publicación que va a acabar con el honor de una muchacha, doméstica en casas de burgueses, que se enamora de un bandido, Ludwig Götten, defraudador y desertor de las Bundeswehr (fuerzas armadas alemanas).

La obra maneja una hipótesis, que, además, le sirve de subtítulo: Cómo surge la violencia y adónde puede conducir. Y, pese a que en su tiempo se señaló al escritor de estar haciendo una novela de terroristas (nada que ver), es una narración casi a lo folletín, en la que una muchacha “delinque por amor”, y, sobre todo, cuando calumniada por un periódico, cambia toda su manera de ser y en plena época de carnaval asesina al periodista que le convirtió su vida más o menos apacible en un infierno.

El escritor, como si fuera un reportero o un historiador, maneja fuentes primarias y secundarias, las que cita desde el comienzo de su narración (que podría estar emparentada con el género de novela negra) y se basa en atestados policíacos y sumarios judiciales, y desde el principio, también, presenta disculpas por el uso de términos como “fuentes” y “fluir” que de hecho no “parecen compatible con el de composición literaria”, en la que, según el propio autor, habrá recursos de la ficción, y ficción misma, y se utilizará en el libro el mecanismo narrativo del dato escondido, amén de la pesquisa detectivesca. Lo que permite mantener al lector en vilo hasta el final.

Böll, un escritor que quizá hoy pocos leen (aventuro una hipótesis, cuya demostración no es parte de este breve ensayo), demuestra en la obra un dominio absoluto de personajes y situaciones, de datos y caracterizaciones, que hacen emparentar el texto, digo ahora, con un retrato no solo de los métodos de desecho y contra la ética (o antiética) que utilizan los medios de comunicación, no solo los sensacionalistas, sino con una radiografía histórica. Una panorámica de aquellos años de agitación mundial, de conflictos y disputas ideológicas de gran calado.

El asesinato de un periodista, bueno, tiene ese título de oficio, pero en la práctica no es más que un delincuente, un tergiversador de la realidad, una especie de “sicario moral” (término que hace años utilizó en Colombia un alto asesor del gobierno de Virgilio Barco contra un destacado periodista y columnista), que empaña y demuele la vida personal y social de algunas de sus fuentes, con la utilización de mentiras y sugerencias vulgares, digo que ese crimen cometido en las carnestolendas, es producto de una venganza inútil, asumida por Katharina, a quien el Periódico no solo enloda, sino que con sus reportajes falseados es causa de la muerte de la madre de Blum.

La novela es un tratado sobre pesquisas, seguimientos, transformaciones psicológicas y, más que todo, un cuestionamiento de alto nivel a un tipo de prensa dañina y abusiva. De Katharina Blum se sugiere, cuando no se dice en forma directa (y falsa) que es una prostituta, cuando en la práctica no lo es; una farsante aliada a grupos de izquierda, una mujer peligrosa para la sociedad, y así, con el uso de “inmundicias”, como en algún momento calificará las informaciones amañadas y calumniosas del Periódico la ofendida, se teje sobre la mujer de veintisiete años, divorciada, metódica e inteligente, una red que la conducirá a un desenlace fatal, sangriento.

En la novela, en la que desde el principio se sabe que Katharina ha asesinado a un periodista (asesinato que el Periódico despliega con grandes titulares, ediciones especiales, obituarios exagerados, “como si —en un mundo en el que se disparan tantos tiros— el asesinato de un periodista fuera algo excepcional, más importante, por ejemplo, que el de un director, un empleado o un atracador de banco”, dice el narrador), se mantiene la tensión con la utilización de fragmentos de declaraciones, con hechos alrededor de Katharina, los defensores, los fiscales, los amigos de la acusada y las investigaciones alrededor de un crimen.

Entre tanto, el lector se va enterando cómo acaecieron los hechos, qué detalles (incluidos los disfraces del carnaval) hubo para que Katharina se trasformara en una delincuente y se derribara su mundo, en el que había conseguido un apartamento pequeño, un carro, algunas amistades en la clase alta (que el Periódico utilizará a su manera para irla catalogando como una bandida). Quizá una de los ángulos más asombrosos, y que causan náuseas, es el de la tergiversación de los hechos que el diario sensacionalista realiza para poner como un ser detestable y amenazante a Blum, sobre la que adulteran parte de su pasado familiar, la relación con sus padres, y llegan al límite injuriante de decir que la madre de ella murió cuando se enteró de lo que había pasado. La culpable, entonces, según la aberrante óptica del libelo, es Katharina.

El buen nombre de la muchacha sufre un severo enjuiciamiento social, las informaciones corrompidas la van aislando. La estigmatizan. Es, se dice, cómplice de un bandido, ayudó a su fuga, aprovechó su puesto en un apartamento de alta sociedad para facilitarle el escape. Y en pocos días, mejor dicho, en cuatro, ya es toda una antisocial dadas las características que los “periodistas” le atribuyen. Todo un montaje pervertido. Se trata del ejercicio de un periodismo venal y mentiroso, al que nada le importan los acontecimientos, sino, más que todo, la desinformación acerca de ellos. Katharina, en un callejón sin salida, está de boca en boca, por culpa de la vergonzosa prensa, que entre sus premisas tiene el cultivo pernicioso de la irresponsabilidad.

Pero a la joven no solo le esperaban más sustos, sino más desgracias, todas arraigadas en las páginas del nefasto Periódico. No era suficiente con que algún vecino la llamara para ofrecerle caricias con “palabras malsonantes”, sino que su buzón se llenara de cartas, una de las cuales, de un sex-shop, le ofrecía toda clase de artículos, y de tarjetas postales anónimas con ofertas de relaciones sexuales, en las que se le decía, además, “cerda comunista”, otras con insultos de intención política, que la señalaban de “pájara al servicio del Kremlin” e “intrigante roja”. También le mandaron recortes del Periódico, con apuntes marginales en tinta roja. Uno de ellos le advertía: “Lo que Stalin no logró, tampoco lo conseguirás tú”.

La desesperación ante tanta infamia junta hizo presa en Katharina que de un momento a otro comienza a estrellar contra las paredes botellas de jerez y de whisky, de vino tinto y aguardiente de cerezas, además de envases de salsa, aceite, vinagre, lo mismo que en su baño acaba con polvos, cremas y sales. Es posible que estos eventos fueran sintomáticos del inicio de sus deseos de asesinar. Metida en un lío enorme, por estar acusada de proteger a un delincuente, en Katharina, y según se publican las informaciones del grosero pasquín, se van gestando las ganas de vengarse, de matar a quien ha destruido su vida.

El “periodista” Tötges, que entrevistó en el hospital a la mamá de Katharina, publicó en el periodicucho una nota en la que, tergiversando las palabras de la progenitora, la hace decir cosas contra su hija. Este nuevo ataque y la consecuente muerte de la señora Blum, hacen cambiar a Katharina sus modales y el respeto que tiene por la vida.

“La primera víctima segura de la misteriosa Katharina Blum, que todavía se encuentra en libertad, ha sido su propia madre, que no superó el shock sufrido al tener noticia de las actividades de su hija. Si ya es bastante raro que esta última bailara con entrañable ternura con un atracador y asesino, mientras su madre se estaba muriendo, el hecho de que este fallecimiento no le arrancara una sola lágrima ya limita con la perversidad”, dice un reporte del Periódico, que también continuará disparando calumnias y despropósitos contra la honra no solo de Katharina sino de sus patrones, defensores y aun del fallecido padre de la muchacha, muerto cuando ella tenía solo seis años.

Después, el lector sabrá cómo diseñó el plan de asesinar a Tötges, por qué Katharina sabía manejar armas, cómo en pleno carnaval cita a su casa al reportero tras no hallarlo en un lugar que él frecuentaba, pero después de dejarle la invitación a su casa para una entrevista, y cómo, al final de cuentas, sucede el desenlace. “Fui al bar de los periodistas solo para conocerle. Queria saber qué aspecto tiene un individuo así; cómo gesticula, cómo habla, bebe y baila el hombre que ha destrozado mi vida”, dice Katharina, en el clímax de la narración.

Böll, un novelista de largo aliento, consignó en este libro corto una crítica contra el poder y la prensa desvirtuada en sus orientaciones y contenidos. Contra aquellas publicaciones irresponsables, calumniosas y putrefactas que actúan con villanía y sin respeto por los derechos humanos. Ni por las fuentes ni por los lectores. Una auténtica inmundicia, que aún sobrevive en muchos países. El honor perdido de Katharina Blum, es, se ha dicho, una novela de tesis, es decir, aquella que se crea para demostrar o ilustrar una teoría, una manera de ser de una ideología, o para suscitar un debate en torno a asuntos sociales, políticos o de otra índole. O a una injusticia. Del diario en cuestión, el novelista dice: “está tan empapado de mentira que incluso un hecho no falseado, viniendo de él, parecería falso. En pocas palabras: embrutece hasta la verdad cuando la recoge de forma ‘verídica’”.

Böll, en su posdata al epílogo, advierte que en la realidad el diario Bild se volvió un periódico oficial del gobierno alemán, con espacios generosos para los comunicados oficiales. Nada extrañas estas alianzas entre el poder (una inmundicia) y los periódicos, casi todos otra manera del asco y la náusea, como bien lo cantara, en una balada de los setentas, el cantante argentino Piero: “Y todos los días, y todos los días, los diarios publicaban porquerías…”. Ah, y parece que a muchos compradores de periódicos les gusta leer esas porquerías. El Bild sigue siendo uno de los más vendidos en Europa.

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