De Gozar Leyendo: El mar interior de Philip Hoare



El mar interior (Ático de los libros) de Philip Hoare.
Por: Apuntes, d.j.a. / Tomado de Gozar Leyendo /Luna Libros


Philip Hoare (Southampton, 1958) es conocido en castellano gracias a la edición (2010) de Leviatán o la ballena, un excepcional libro que le mereció el premio Samuel Johnson en su país y que no recomiendo sino que receto a todo lector gozoso. Siguiendo idéntica línea, la misma editorial de aquel laureado libro, Ático de los libros, publicó El mar interior, un espléndido reportaje/ensayo sobre el mar, que uno no puede detenerse de leer hasta no terminarlo. A través de sus 384 páginas, Hoare lleva al lector desde su familiar Báltico hasta los mares del sur, tanto en Ceilán como en Tasmania; pasa por las islas Azores y viaja también a Nueva Zelanda. Varios autores han dicho que si nuestro planeta hubiera sido bautizado según la apariencia que presenta desde la luna o desde Marte, se llamaría Mar y no Tierra, pues los océanos ocupan mucho más de la mitad de la superficie del planeta. Y ese territorio es tan desconocido que “no resulta difícil creer que de entre todos los millones de especies que habitan el mar, tres cuartas partes todavía están pendientes de ser descritas y un tercio son desconocidas para la ciencia”. Además de los mares y de sus habitantes, Hoare intercala perfiles de algunos personajes como T. H. White, el autor de El libro de Merlín y de Camelot, uno de los locos más cuerdos que haya conocido la humanidad, que dijo que “el hombre (…) sólo tiene a su favor la palabra”, pero que esto “no confiere una superioridad absoluta sobre el resto del mundo animal… Qué sosiego si en el mundo no quedara ni un solo ser humano”. White también llegó a preguntarse si “¿podemos aprender de los animales el modo de abolir la guerra?”.



Algunas citas de El mar interior.-

– Cualquier pájaro te ve mucho antes de que tú lo hayas visto.

– Los submarinos nucleares son tan eficientes que pueden mantenerse bajo el agua durante más de tres años. En Escocia un taxista nos dijo que había trabajado en la base de submarinos de Faslane (…y) habló con naturalidad de hombres que habían enloquecido en el mar, que habían perdido la cordura confinados en un tubo de metal en el que ni siquiera tenían su propio catre, ya que estaban obligados a compartirlo por turnos con sus compañeros. Dijo que en una ocasión un marinero se vistió con su ropa de civil en plena travesía submarina, se echó su petate al hombro y dijo que quería irse a casa inmediatamente.

– La corneja coloca nueces en los pasos de cebra para que los coches las abran al pasar, y espera a que el semáforo se ponga en rojo para el tráfico antes de ir a recoger su comida. El cuervo de Nueva Caledonia saca comida de los agujeros utilizando hojas y palos y demuestra la misma creatividad y capacidad de análisis que Esopo relató en su fábula del cuervo y la jarra, en la que el sediento pájaro aprende a echar guijarros en una jarra para elevar el nivel del agua lo bastante como para poder beber. La urraca se reconoce en el espejo, lo que sugiere que posee una identidad individual. (…) Los grajos apoyan a sus congéneres después de una pelea de un modo que los humanos no dudamos en calificar de compasivo. Todos estos pájaros son capaces de cooperar de un modo que claramente no es instintivo. Son animales inmensamente sociales, se unen en parejas vitalicias y poseen el tipo de vínculos que generalmente asociamos a especies con capacidades cognitivas más desarrolladas como nosotros mismos. Inteligentes, astutos y mañosos, a veces parece que la familia entera de los córvidos conspire para ocultarnos su inteligencia, por miedo a lo que podría suceder si descubriéramos lo que realmente saben.

– Muchos padres del desierto demostraron una notable afinidad con los animales. San Marcos el Luchador curó a un cachorro de hiena que había nacido ciego escupiéndose en los dedos y haciéndole el signo de la cruz en los ojos. San Paconio caminaba entre serpientes y escorpiones sin que le hicieran daño y convocaba a cocodrilos para que lo transportasen por el río ‘como uno llama un taxi en una parada’. Y san Simón el Estilita, que vivió sobre una columna durante cuarenta años, le sacó un árbol de un ojo a un dragón, lo que hizo que la agradecida criatura se convirtiera inmediatamente al cristianismo (…). En el siglo VI, san Benito, el fundador de la célebre orden, fue salvado por un cuervo que le arrebató de la mano un trozo de pan envenenado que el santo estaba a punto de llevarse a la boca.

– Gritar es lo que mejor se les da a las ballenas. Viven en un elemento en el que el sonido viaja cinco veces más rápido que en el aire. Sus cerebros están diseñados para el sonido, su córtex auditivo es mayor que su córtex visual. Esta habilidad es esencial para animales que cazan en las tinieblas de las profundidades. Su experiencia del mundo es muy distinta de la nuestra, puesto que su mundo también es muy distinto del nuestro. Para las ballenas dentadas bendecidas con un sonar de precisión milimétrica, todo es transparente, nada permanece oculto. Viven en otra dimensión, capaces de ver a través de lo sólido y de discernir las estructuras que existen en su interior. Una ballena o un delfín pueden ver el interior de mi cuerpo con tanta precisión como yo puedo ver el exterior del suyo; debo parecerles uno de los monigotes educativos que teníamos en la escuela, figuras de plástico transparente de un hombre y de una mujer con sus órganos internos impúdicamente expuestos. Para los cetáceos, el mundo está desnudo.

– En su libro En defensa de los delfines, el profesor de ética Thomas I. White destaca que los delfines que ha estudiado son capaces de utilizar su sonar para detectar los estados emocionales de los otros delfines, como si fueran un polígrafo, guiándose por la forma en que asciende o desciende su temperatura corporal. En consecuencia, no pueden disimular lo que sienten del modo que podemos hacerlo nosotros. Saben si otro delfín está enfadado o excitado. (…) White sugiere que puede que estén emocionalmente más desarrollados que nosotros, quizá como consecuencia de su alto nivel de actividad social: necesitan llevarse bien unos con otros porque viajan muy juntos y en gran número. Puede que esto resulte todavía más importante para los cachalotes, como afirma Hal Whitehead, el eminente cetólogo, pues en cualquier momento podrían volver su poderoso sonar contra alguno de sus semejantes y causarle graves daños. Las ballenas, por consiguiente, deben de disponer forzosamente de código de etiqueta, quizá incluso de algún tipo de moral. Los buenos modales son tan deseables en las reuniones de cetáceos como lo son en las nuestras.

– Hal Whitehead refiere un incidente en que un solitario cachalote varó en una orilla remota mientras dos de sus compañeros nadaban de un lado a otro de la bahía, cada vez más angustiados. Al final, terminaron por vararse ellos también, para morir junto a su camarada.

– Recientemente se encontró un cachalote joven flotando muerto frente a Míconos. El animal estaba demacrado pero tenía el estómago distendido: cuando se le abrió durante la autopsia, se sacaron de él casi cien bolsas de supermercado y otros trozos de basura plástica.

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