El Fidel que yo conocí


Por: José Luis Díaz-Granados *


No es casual que la parábola vital y revolucionaria de Fidel Castro haya ocurrido entre dos milenios.

Comienza su epopeya finalizando la década de los 40, intentando derrocar a Trujillo. Construye el primer pilar de su gloria con el asalto al Cuartel Moncada en 1953, año del centenario de Martí; detenido y enjuiciado, escribe el alegato La historia me absolverá; sufre prisión en la Isla de Pinos, luego sale para México donde conoce al Che; desembarca en la isla con sus heroicos compañeros dos años más tarde; triunfa sobre la tiranía batistiana en 1959; derrota la flotilla mercenaria en Playa Girón en 1961, conduce y edifica la Revolución cubana en los 60, 70, 80, 90 y primeras décadas del siglo XXI.

Amenazado de muerte durante todos esos años y bloqueado su país por el más poderoso imperio jamás visto, lo desafía, lo reta y lo enfrenta, aún sin el apoyo del campo socialista que se derrumbó en el 90 y sigue adelante liderando su proyecto, resistiendo al frente de su pueblo y rompiendo el muro del tiempo para penetrar indemne en la historia universal.

Fidel habla y cada palabra suya se consigna en libros, medios de comunicación y memorias, y la humanidad anota con asombro que es el único líder mundial que tiene ascendiente político en los pueblos de Asia, África y América Latina. Además, hay un hecho curioso corroborado en el mundo de la informática: es el personaje más fotografiado de todos los tiempos.

Este hombre entre dos siglos, entre dos milenios, tiene algo extraterrenal, rasgos de chamán hispano y precolombino, que le confieren una poderosa fuerza interior, insospechada, que hace que, por ejemplo, entre una multitud heterogénea y ferviente alrededor del Lincoln Memorial en Washington, en 1960, sólo a él se le pose una paloma blanca sobre el hombro izquierdo. Posteriormente, este fenómeno se ha repetido muchísimas veces, en Cuba y en otros lugares del mundo.

Conociéndolo, conversando con él, escuchándolo, admirándolo de cerca o de lejos, cualquiera se da cuenta que Fidel es un ser humano excepcional, que puede ser amado u odiado, pero en todo caso grande, único e irrepetible.


2


Siempre quise conocer personalmente a Fidel, desde que luchaba contra la tiranía en la Sierra Maestra, y sus hazañas se registraban con frecuencia en la prensa colombiana. Luego, en enero de 1959, mis 13 años se estremecieron, bajo el luminoso influjo de mi padre, con su ascenso al poder revolucionario de Cuba.

Acaricié ese sueño durante mucho tiempo, pero una y otra vez se desvanecía ante realidades de mi vida cotidiana. En 1992, después de haber presidido la delegación colombiana a un encuentro de solidaridad con Cuba, al momento de dirigirme al Aeropuerto José Martí para tomar el avión de regreso a Bogotá, me informaron que Fidel acababa de llegar al lugar del evento para saludar a los delegados.

No pude en esa ocasión estrecharle la mano al Comandante. Pero, por fin el sueño se realizó en Bogotá, el 8 de agosto de 1994, después de haber asistido el líder cubano a la ceremonia de posesión del presidente Ernesto Samper Pizano.

Los integrantes de los diferentes comités de solidaridad con Cuba organizamos un acto masivo en el Salón Rojo del Hotel “Tequendama”, que se inició a las diez de la mañana del citado día.

En la primera fila, junto a Gladys Siabato Fernández, mi compañera, mi hijo Federico, el poeta Armando Orozco Tovar y varias decenas de amigos y simpatizantes de la Revolución Cubana , adiviné tras las luces de los reflectores que fulguraban a un costado de la mesa de honor, el rostro esplendente de Fidel Castro. Vestido con uniforme de gala con las insignias de Comandante en Jefe, avanzó hacia la mesa seguido por el entonces canciller Roberto Robaina y el embajador cubano en Colombia, Jesús Martínez Beatón, en medio de la más estruendosa y entusiasta ovación.

Fidel levantó el brazo derecho y saludó a la multitud apiñada en aquel recinto legendario, testigo mudo de diversos actos y sucesos históricos de nuestro país. Dos o tres minutos después escuché que el Embajador anunciaba mi nombre. Me situé justo frente al Comandante y leí el discurso de bienvenida que había preparado la noche anterior.

Le recuerdo que de Colombia, país donde es hoy el huésped más ilustre, partieron hace un siglo decenas de compatriotas a acompañar a Antonio Maceo en su hazaña de libertar a Cuba del imperio español; hago alusión a la solidaridad de los colombianos y de los habitantes del Tercer Mundo, como legiones jubilosas y crecientes, que en mil formas materializan día a día su comunión con la Revolución cubana y reafirmo nuestra fe en la eternidad de su proyecto, recordando unos versos de Neruda (Cuando dije el mágico nombre, Fidel levantó las cejas en actitud de admiración y asombro), que dicen:



Y si cayera Cuba caeríamos / y vendríamos para levantarla, / y si florece con todas sus flores / florecerá con nuestra propia savia”.



En medio de los aplausos me acerqué a la mesa. El Comandante se puso de pie y con cálida cordialidad me estrechó la mano. Coloqué la otra mano encima de la suya y él hizo lo mismo. Solo atiné a decirle: “Hace 25 años esperaba este momento”. Fidel entrecerró los ojos, hizo una ligera venia al tiempo que sonreía y luego me siguió con la mirada hasta que ocupé de nuevo mi puesto.

Minutos más tarde, durante su brillante intervención ---en la cual recordó su estancia en Bogotá cuando ocurrieron los trágicos sucesos del 9 de abril de 1948---, me sentí muy halagado cuando dijo que escuchando a quienes lo habían antecedido en la palabra había reafirmado su convicción de que en Colombia se hablaba y se escribía el mejor español del mundo.

3


En noviembre de 1994 asisto en La Habana al I Encuentro Mundial de Solidaridad con Cuba. La sesión plenaria en el Teatro Carlos Marx la preside Fidel.

Intervienen delegados de Sudáfrica, Italia, España, Libia, Angola, Australia y Laos; también el Comandante sandinista Daniel Ortega, de Nicaragua, el pastor norteamericano Lucius Walker, la vicecanciller de Zambia y el ex agente de la CIA Phillip Agee, quien denuncia horrores y atrocidades cometidas por la agencia gringa.

Entretanto, Fidel escucha con paciencia a cada orador; a veces toma nota, con mucha calma, con un bolígrafo. De pronto traza unas líneas sobre el papel, mira hacia todos los lados como si quisiera escudriñar cada uno de los tres mil rostros allí presentes. Si alguien anota algo gracioso, ríe; luego aplaude. Cuando un delegado formula una pregunta de teoría marxista, mira a sus compañeros de mesa y los señala bromeando como diciéndoles: “Esa respóndanla ustedes”.

En el intermedio, al mediodía, Fidel se levanta pausadamente y sale a pasos lentos, dejando en el piso la huella recia de sus botas. En la tarde, escucha un informe de un delegado mexicano que plantea la construcción de un canal interoceánico entre su país y Cuba, y parece que estuviera adormecido, pero de pronto sorprende al orador con una pregunta:

¿Y en esa construcción no se contaminarían las aguas? ¿Ya consultaron la opinión de los ecologistas?”. Se vuelve a sus compañeros de mesa y ríe irónicamente, mientras dice: “porque nosotros también debemos hacer preguntas”. Otro orador se excede en el tiempo y Fidel, tolerante, abre los brazos y hace un gesto de resignación; de pronto ante alguna afirmación ingeniosa aplaude con entusiasmo. Se suceden varias intervenciones: a todos escucha respetuosamente; se frota las manos, alarga los dedos, levanta las cejas y se mira las uñas, una a una: cuando Agee narra las anécdotas del terror de la CIA, Fidel lo mira asombrado, luego nos mira y se ríe de buena gana mostrando todos sus dientes.

Cuando se acerca el fin de la sesión se queda mirando la madera de la mesa presidencial, coloca las puntas de los cinco dedos de su mano izquierda con firmeza y comienza a tocar un piano imaginario o a colocar objetos invisibles sobre la mesa. Entretanto, el moderador pide brevedad a los oradores. En esas, pasa el Comandante Shafik Handal de El Salvador con un centenar de hojas en la mano y Fidel lo señala con los índices de las dos manos, muerto de la risa.

A las 6 y15 de la tarde me anuncian y me dirijo al podio. Con voz serena y clara le expreso al “querido Presidente, Comandante y compañero Fidel” que vengo de un país sitiado por oscuras fuerzas que pretenden eliminar las expresiones de la inconformidad; le recuerdo que también Cartagena de Indias fue sitiada por otro imperio, pero que al final salió victoriosa; de ahí nuestra fe en el futuro de Colombia y de América Latina, estimulados por la fuerza extraordinaria de la Revolución cubana. Y termino recitando una décima que escribí en 1966:

Cuba, patria de Martí, / isla que Fidel libera, / cierta amenazante fiera / jamás podrá contra tí. / Nunca tanto valor vi, / ni tanta fértil pasión / que cuando con tu canción / valerosa y guerrillera / pusiste en jaque a la fiera. / ¡Viva la Revolución !”.

Me parece que he sido objeto de una ovación atronadora. Los integrantes de la mesa, con Fidel a la cabeza, se ponen de pie y aplauden largo rato. Me acerco al Comandante, quien me da la mano efusivamente y luego me abraza juntando el rostro con el mío, al tiempo que dice, mirándome a los ojos: “Muy bonitos sus versos, José Luis”.

La mirada penetrante, bajo las pobladas cejas, me envuelve en una conmoción jubilosa. Aguarda a que yo me despida, sin palabras, y me ve ir con una sonrisa plácida. Este momento único, indeleble, revive la emoción del saludo de Bogotá.

He sido el último orador de la plenaria. El moderador levanta la sesión y convoca a los delegados para las comisiones del día siguiente.

4


Entre las 11 de la noche del primero y las 4 de la madrugada del 2 de febrero de 2001, sostuvimos con el Comandante en Jefe Fidel Castro un extenso diálogo, una amena conversación en la que participamos los miembros del jurado del concurso Casa de las Américas en sus diversos géneros.

Horas antes, Sergio Ramírez ---excelente narrador nicaragüense, ex vicepresidente de su país--- y yo, conversamos en un rincón apartado del Palacio de la Revolución , mientras saboreábamos un exquisito whisky, a la espera de Fidel, quien se hallaba en el acto de clausura del Congreso Internacional de Economistas en el Palacio de las Convenciones.

Estaban también allí el presidente de la Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar, el poeta Pablo Armando Fernández y otros prestantes escritores e intelectuales cubanos. Entre los miembros del jurado recuerdo a la novelista española Belén Gopegui, al narrador ecuatoriano Javier Vásconez, al guatemalteco Méndez Vides, a la argentina Sylvia Iparaguirre, el brasilero Fernando Morais, la puertorriqueña Mayra Santos-Febres y los argentinos Andrés Rivera y Néstor Kohan, entre otros.

A las 11, Fidel nos estaba esperando en una estancia con paredes y biombos de madera cubiertos por helechos. Al fondo, una mesa con toda clase de viandas y licores.

Me acompañaba mi esposa, Gladys Siabato Fernández, a quien el Comandante saludó con especial cariño. Luego, Fidel y yo nos dimos un estrecho abrazo y pasamos a una sala iluminada que se fue llenando de personalidades del mundo político: Carlos Lage Dávila, el vicepresidente, Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Abel Prieto, escritor y ministro de Cultura, entre otros.

El Comandante escuchó el acento español de Belén Gopegui y la abrazó con afecto. La acompañaba su esposo, el editor Bértole y conversaron animadamente con el Jefe de la Revolución durante largo rato.

El joven filósofo y ensayista argentino Néstor Kohan y yo nos acercamos al Comandante y comenzamos a dialogar de diversos aspectos de la situación política de América Latina. Kohan prácticamente asediaba con preguntas, todas interesantes, a Fidel, quien le respondía con largas reflexiones, mientras me miraba de reojo. De pronto desvió el tema hacia sus comienzos políticos en los años 40 y comienzos de los 50, la iniciación en la vida revolucionaria, cuando militaba en el Partido del Pueblo (Ortodoxo), que lideraba Eduardo Chibás, el sacrificado dirigente que denunció la corrupción de los gobernantes de Cuba.

--- Yo militaba con los ortodoxos ---decía Fidel---, porque era el partido que aglutinaba en ese momento la mayoría del pueblo.

En un momento dado vuelve a mí sus ojillos vivarachos, me miran con picardía y, colocando su mano derecha sobre mi corazón, palmoteando varias veces, comenta:

---... ¡porque en ese entonces yo no era miembro del Partido Comunista...!

Gladys suelta una carcajada y comenta en voz alta: “¡Ahí tiene, pues!”. Fidel sigue hablando del partido Ortodoxo y de Chibás, y en un momento dado le pregunto ---yo con un vaso de whisky, Fidel con una copa de mojito---:

--- Comandante: si Batista no hubiera dado el golpe del 10 de marzo de 1952 y si, por ejemplo, Chibás hubiera sido electo presidente de Cuba ¿cuál hubiera sido su papel, su trayectoria política, su presencia en la historia de Cuba?

--- Yo hubiera seguido en la lucha ---respondió Fidel, sin perder el hilo temático ni el tono de la charla---. Hubiera seguido trabajando por un cambio revolucionario... Chibás hubiera sido un presidente tradicional. No un corrupto, no. Pero tradicional. Corrupto no, porque él dio su vida precisamente por denunciar la corrupción gubernamental. Y yo en aquellos días estaba buscando las pruebas que Chibás necesitaba...

Fidel mientras hablaba, me colocaba la mano en el pecho y en el hombro.

--- A Chibás le pedían las pruebas, porque había denunciado una finca que había adquirido ilícitamente un ministro... y le pedían pruebas, pruebas y no las tenía, y en un momento de depresión Chibás se suicidó. Eso produjo una enorme conmoción en la población, sobre todo porque en aquella época existía un ambiente preelectoral. Un director muy decoroso decía: “No hay que ir a 'Guatemala', sino ir a los registros...”. En fin. Yo me fui a investigar en una avioneta. No sé cómo estoy vivo. Yo tenía conmigo las pruebas que Chibás necesitaba, los documentos que probaban que desde Palacio habían mandado a matar a los que reclamaban sus derechos. Cuando ellos iban a firmar la renuncia de sus tierras llegué yo, que era el abogado de su causa, y les dije: “¡Alto...!” y demostré que Chibás tenía razón en denunciar la corrupción del gobierno de Prío. Prío había comprado quince fincas en un año, que eran parte de una operación fraudulenta con sus hermanos, que compraban montones de fincas por la quinta parte de su valor real. Luego revendían esas tierras, pero la denuncia mayor iba a salir precisamente el 10 de marzo de 1952, el día del golpe de Batista.

Otros invitados, curiosos, comenzaron a desplazarme e interrumpieron al Comandante para hacerle variadas preguntas.

En ese momento apareció Gladys con un plato lleno de diversas carnes con tostones y me regañó porque no había comido en toda la noche. Javier Vásconez también me llamó la atención: pareces petrificado, me dijo, y los dos me alejaron afectuosamente de aquel momento histórico, casi irreal.

Cuando salimos del Palacio de la Revolución, La Habana mostraba las bellas luces de su amanecer, tan celebrado por Hemingway y Luis Cernuda. Gladys y yo también teníamos muchos motivos para celebrarlo.



Foto: Cálido abrazo de José Luis Díaz-Granados con Fidel Castro. Observan: su esposa Gladys Siabato Fernández y el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar (febrero de 2001).

*Poeta colombiano.


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