Idas y vueltas

No. 7593 Bogotá, Domingo 13 de Noviembre de 2016 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Rodrigo Fresán / Tomado de Pagina12


Elegancia experimental e intensidad realista conviven con armonía en la obra de Stephen Dixon. Cultor de los más diversos formatos narrativos, desde la gran novela hasta el relato largo, la nouvelle y el cuento, Dixon logra en Interestatal dar todos los rodeos posibles y certeros a lo que se vuelve indecible.

Una de las frases más citadas del escritor James Salter –cuya hija de veinticinco años murió en un accidente doméstico– es “Nunca he sido capaz de escribir sobre eso. Puede recitarse la muerte de reyes, pero no la de un hijo propio”.

Sin embargo Nathan Frey –protagonista de Interestatal– no puede dejar de recitar exactamente eso. Entra y sale, vuelve una y otra vez, desde diferentes ángulos, salta entre realidades opuestas pero complementarias, avanza y retrocede, se acerca o se aleja de una mala idea que todos tuvimos y tenemos y tendremos: el que algo completa y total y verdaderamente horrible puede sucedernos en cualquier momento y sacudir la estabilidad de nuestra vida tal como la conocimos hasta entonces, hasta ahora mismo. Y a partir de la próxima línea nada volverá a ser igual y todo será peor.

Y aquí vienen Frey y sus dos pequeñas hijas, por la autopista, de regreso a casa luego de un fin de semana en Manhattan. Y de pronto se encienden los motores de un terremoto terrible que lo cambia todo para siempre: un episodio de violencia irracional y absoluta y absurda en el que pierde la vida la inocente Julie y en el que Margo encuentra la culpa de la superviviente. Lo que ocurre es algo tan incomprensible y monstruoso que el único consuelo que queda es contarlo y recontarlo, escribirlo y reescribirlo, una y otra vez. Del ánimo y resistencia del lector dependerá el acompañar a Frey y leerlo y releerlo.

De atreverse y –superado el shock de las primeras páginas– seguir viaje se habrá subido a uno de los libros indispensables de Stephen Dixon. Nacido en Nueva York en 1936 –y de quien la editorial argentina ya ha publicado y distribuido en España dos magníficos volúmenes de cuentos– Dixon acelera y frena y vuelve a acelerar en Interestatal: una de esas Grandes Novelas Americanas (nominada al National Book Award en 1991) y una de esas contadas ocasiones en las que lo elegantemente experimental no está reñido con el sentimiento desgarrador que suele alcanzar lo más clásico e intenso de eso que –a falta de un mejor y más preciso nombre– se conoce como realismo.

Aquí, el muy prolífico Dixon –escritor de escritores y maestro de la auto-ficción antes de que eso se pusiese de moda, paladín del relato largo y de la novela corta y de la novela muy larga y del relato breve, ganador de premios de verdad y a quien, como le gusta precisar, The New Yorker viene rechazando sus envíos desde hace más de medio siglo– combina a John Cheever con Nicholson Baker, a Thomas Bernhard con el Billy Pilgrim de Kurt Vonnegut, a Georges Perec con Donald Barthelme, al Día de la Marmota de Bill Murray con Una noche de invierno un viajero de Ítalo Calvino, a Kafka con Seinfeld y a Louie C. K. con Beckett.

Así, la primera de las ocho secciones -el aria que precede a las sucesivas siete variaciones- se lee, y se sufre, como a una perfecta nouvelle abarcando décadas y condensando la totalidad del argumento. A continuación, Dixon –con su ojo clavado en un microscopio y el otro en un telescopio– se concentrará en lo que sucede a un costado del camino, intentando que la vida de tu hija no se escape por un agujero de bala en su pecho. O en el hospital. O en el auto. O en el pasado y en el futuro, antes y después. O en la plegaria de una segunda persona del singular como único recurso posible para enfrentarse a la identificación de un pequeño cadáver. O en ese otro tiempo en el que muere alguien más o en el que nadie muere. Así hasta alcanzar el más feliz de los finales que, sospechamos, no es nada más que un mecanismo de defensa o una orden de al ataque: el anhelo o la posibilidad merecida si no alcanzada de que nada malo suceda. ¿Pero es posible creer en semejante milagro? ¿O se trata de un nuevo giro de Frey por las circunvalaciones de su cerebro intentando negar lo sucedido o admitiendo lo que podría llegar a suceder?

A diferencia de Salter, Dixon –el hombre es un verdadero experto en el tensar los resortes de la narración y, por momentos, Interestatal funciona casi como una manual de instrucciones para un modelo a armar y desarmar una trama– escribe mucho sobre algo que no conoce en carne propia. Pero en lo que sí parece ser todo un experto es en el convencimiento de que en cuestión de segundos puede salir tu número y tu nombre en la lotería de la catástrofe. En este sentido, Interestatal (en una entrevista Dixon reconoció que lo escribió pensando que si lo escribía conjuraría la maldición y él y los suyos serían invulnerables a semejante desgracia) es un libro más que generoso: da y da y da y no deja de dar miedo.

Interestatal lleva en su ADN los genes de otra incontestable obra maestra de la literatura norteamericana, otra novela con padre enloquecido por su entorno y enloquecedor por sus obsesiones, otra cumbre del micro-macro detallismo: Algo ha pasado, de Joseph “Catch-22” Heller. Pero donde el ácido Bob Slocum de Heller, buscando extraviarse en desvíos y caminos secundarios, es incapaz hasta la última página de decirse y decirnos qué fue eso que pasó (y es algo también escalofriante, y también involucra a un hijo); el dulce Frey de Dixon (marca de la casa) no duda en contarlo absolutamente todo. Y, sí, Frey también es muy pero muy gracioso. Con fraseo y dicción de un oscurísimo stand-up comedian trasnochado, de aquellos que comienzan por la punchline de la cuestión. Y que te hace reírte mucho. Y que, de pronto, provoca que te preguntes, entre lágrimas de dolor (los libros más recientes de Dixon giran alrededor de la esposa enferma y muerta y luego inmortal), cómo es posible que te estés riendo de todo eso.

Así que, mejor, pedirle un chiste de reyes y no de hijos.

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