Jorge: uno más del montón


No. 7589 Bogotá, Miércoles 9 de Noviembre de 2016 



Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra

Por: José Ignacio Escobar*


Reseña del libro Declive, de Antonio García (Literatura RandomHouse. Bogotá, 2016, 129 p.)



La lectura de Declive es muy amena. Es una literatura netamente urbana,

en la que se escudriña la vida interior sin recato.



No abundan muchas novelas como Declive en la literatura colombiana. Tal vez por eso se recibe con agrado. Los autores están preocupados por una realidad apabullante –y está bien–, pero eso hace que encontremos, por momentos, un panorama repetitivo, con historias desgarradoras en torno a la violencia que no da tregua. La violencia en esta novela del caleño Antonio García es diferente. Es una agresión a la estabilidad, a una mediana felicidad.

Al leer Declive surge una asociación: Jorge, el protagonista de Declive, puede ser el mismo K. de El proceso, de Kafka. Son treintañeros solteros, con trabajos absorbentes y un día se aventuran a buscar una caricia, robar un beso, sentir un aliento cálido. No obstante, Jorge y K. reciben desplantes, la imposibilidad y el absurdo los persiguen. Si Jorge tiene problemas con hormigas en su casa, y con los pies, que crecieron sin causa aparente un día cualquiera, K. tiene pendiente un proceso del cual nadie sabe nada, ni cuánto durará, ni cuánto ha avanzado, ni quién dictará sentencia.

Si en El proceso K. siente la opresión de la justicia en los espacios atosigantes a donde tiene que acudir –techos bajos, aire asfixiante, cuartos diminutos con ventanas pequeñas y selladas–, en Declive García nos muestra esa Bogotá nocturna y matutina, donde los seres humanos, más que pasión por el trabajo, parecieran querer aferrarse a un flotador para no sucumbir a ese oleaje siniestro en oficios deprimentes.

La propuesta de García es bastante interesante, pues parte con un elemento surreal: los pies de Jorge crecen cuatro tallas de la noche a la mañana. Se asusta y comienza a pedir citas médicas, preocupado, a la caza de una posible enfermedad incurable. Termina donde un internista que le sugiere que el problema puede ser más mental. En una entrevista, el autor confiesa que uno de sus referentes fue “Las manos que crecen”, un cuento de Julio Cortázar. Sin embargo, en el cuento de Cortázar se hace más relevante el hecho de que Plack, su protagonista, tenga las manos como unas orejas de elefante.

La lectura de Declive es muy amena. Es una literatura netamente urbana, en la que se escudriña la vida interior sin recato. En la que se develan esos ritos cotidianos de las comidas a domicilio, un pastel de pollo en la calle, tomar un autobús y quedarse dormido luego de 12 horas continuas de trabajo. Cualquier lector inmerso en la cotidianidad de la ciudad puede identificarse plenamente al encontrar cosas como esta: “Jorge salió al ruido de la carrera trece llena de carros, el olor a gasolina, los árboles tiznados de smog, el comercio y los peatones. Esperó a que cambiara el semáforo y cruzó. Le compró unas mentas al vendedor de dulces en la esquina del Banco BBVA, esquivó a la mendiga flaca y medio loca que estaba frente al restaurante Il Pimentón”. Se regodea el autor con los mil detalles que se extraen de los periplos de cualquier ciudadano de a pie, que toma un autobús, camina el centro de la ciudad, siente el smog, el caos, los tumultos, huele la comida de las cafeterías en las mañanas frías bogotanas.

Observo además una novela con un humor muy bien logrado. Poco importa que Jorge sea el típico antihéroe, el excluido, al mejor estilo de los protagonistas de Julio Ramón Ribeyro, pues ante todo queda la burla, de la propia vida, de la propia derrota. El padre de Jorge, Carlos, pone la nota hilarante en Declive. Está internado en un geriátrico, cerca de la casa de su hijo. Se queja de toda la mierda que tiene que aguantar allí, los malos olores de los baños, los viejos todos delirantes. Incluso el tener que aguantarse varios velorios diarios en la iglesia que se ve desde la ventana de su habitación. “¡Esas hijueputas campanas, esa música, esa cantadera, los carros, toda esa mierda…!”, se queja un día que va Jorge de visita. Y agrega: “Además, todo el puto día son funerales, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro o cinco de la tarde. He contado hasta ocho”. El típico viejo gruñón que trata de todas formas de ser cómico, de encontrar el chiste en la tragedia.

El punto débil que encuentro en la novela es que el detalle surrealista de unos pies que crecen sin explicación, que no es poco relevante, termina perdido, y toman al final fuerza otros aspectos de la vida gris de Jorge. ¿Por qué se olvida García de esos pies más grandes? ¿O por qué si no iba a representar algo trascendental no obvió ese detalle? No obstante, Declive, la tercera novela de García, es una historia absorbente que resultará clave en el futuro para estudiar las narrativas urbanas colombianas.

Foto tomada del Banco de La República / Actividad cultural





*Escritor y editor de Medellín, Premio Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán, 2010. Colaborador del Boletín Cultural del Banco de la República de Colombia.

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