La versión del toro. Dramatización de un hecho verídico


Por: Ruffo Beltrán Badani


El torero, en toda la fanfarria y ovaciones del público que colmaba las graderías de la plaza de toros, estaba parado firmemente y empuñaba una espada apuntando a la cerviz del toro, listo para matarlo. El toro a su vez, ya casi moribundo y dispuesto para recibir la estocada final que lo librará del tormento que está padeciendo, con la mirada vidriosa y fija en los ojos del torero, parece decirle… ¿y yo, qué te hice? ¿Cuál tu odio contra mí?... No lo puedo entender pues de inicio cuando abrieron la reja de donde estaba preso, salí a toda carrera, furioso por la forma en que me molestaron para ponerme más bravo. Entonces el público me aplaudió y daba gritos que yo no alcanzaba a comprender de qué se trataba, a mi bronca se sumó un estado de ebullición y empecé a rugir. Luego te vi; estabas vestido muy elegante y llamabas mi atención con un lienzo rojo. En mi estado de ánimo enojado, aterrado y ofuscado por los vítores de la gente, solo se me ocurrió arremeter contra ti, que eras el único ser humano dentro del redondel de arena. Tú, muy diestro con el lienzo, burlaste mi ataque y pasé de largo a toda carrera, luego me di la vuelta y con más rabia corrí a embestirte y nuevamente me hiciste pasar de largo ¡Que coraje que sentía! Así fue otra y otra vez hasta que me cansé, luego me diste la espalda, y con el pecho hinchado de orgullo comenzaste a caminar cadenciosamente; el público te vitoreó y festejó la forma cruel en la que te habías burlado de mí, haciéndome pasar por un estúpido. Tomé aliento nuevamente y corrí a embestirte, pero tú, muy ágil y dominando la situación, me volvías a engañar ¡Que rabia espantosa! Esta vez me cansé más, pero seguí intentando; un par de veces pasé rozando tu cuerpo pero, definitivamente eras un “maestro” y con todo ese garbo y fina silueta, todo orondo te seguías mofando de mí, y el público te admiraba y te aplaudía ¿Es eso lo que buscabas?... Luego apareciste sin la capa y blandiendo unas banderillas de colores con las que nuevamente me retabas. Ahora sí, me dije, y corrí para embestirte y arrojarte si es posible hasta las tribunas, pero esta vez, con mucha más agilidad no solo me volviste a engañar y ridiculizar sino que me clavaste en el lomo las dos banderillas. ¡Qué dolor! No obstante mi cansancio y mi indignación me puse más furioso y luego de descansar unos minutos volví a la carga y fue lo mismo ¡me volviste a clavar otras dos banderillas! y ya sentía la sangre que me chorreaba por todo el lomo mermándome las fuerzas y produciéndome mucho más daño y dolor. Me paré nuevamente y por vez primera me pegunté ¿y yo, qué le hice a este hombre? ¿Por qué se burla de mí y ahora incluso me hiere con las banderillas? y lo peor: la gente lo aclama y lo aplaude ¿Qué está pasando? Con los músculos entumecidos y los ojos irritados, logro ver que además se me viene encima un jinete con una lanza y me empuja hiriéndome hasta hacerme caer. Insisto ¿Qué quieren de mí? Pero luego haciendo un último esfuerzo logro pararme sobre mis cuatro patas, y solo se me ocurre tratar de envestir al hombre una vez más, y nada; Es cuando, nuevamente parado, casi ciego por la mezcla de sangre y sudor que me inundaba los ojos, con doloroso esfuerzo levanto mi cabeza, y ahí está mi verdugo, quien ahora me apunta con una espada reluciente, y vuelvo a cuestionarme ¿Cuánto más va a durar esta tortura? …Ya no puedo más.

Es entonces, que en un fugaz golpe de humano raciocinio, el torero parece que captó la angustia y el terror de su víctima, y lo peor: captó lo incomprensible que era para éste, todo lo que estaba pasado… Y botó la espada, se le aflojaron los músculos, exhaló todo el aire que mantenía contenido en sus pulmones, se le bajaron los hombros, le temblaron las piernas y cayó de rodillas mirando a los ojos del toro, y transmitiéndole con lágrimas su arrepentimiento, parecía decirle: perdóname hermano toro, nunca más lo haré.

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