Ramón Gómez de la Serna en el olvido

No. 7606 Bogotá, Sábado 26 de Noviembre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra




Por: María Ascensión Fernández Pozuelo / España.


Ramón Gómez de la Serna es el que mejor se identifica con el sabio proverbio «Nadie es profeta es su tierra». Su ingente obra es desconocida para muchas personas, exceptuando sus greguerías por las que es conocido y que le permitieron subsistir al final de su vida en Buenos Aires alejado de su querido Madrid.

Creó su propio estilo sin pertenecer a ninguna generación porque su independencia en cualquier ámbito era lo más importante y sólo en su tertulia de Pombo, rodeado de sus amigos y de quienes quisieran participar, sin ofender a nadie o provocar conflictos, encontró su refugio: «Pombo nunca ha tenido normas ni programas, siendo fiel al lema español de la individualidad, y allí se han dado de lado esas ideas con apariencia morrocotuda que no suelen servir sino para enmascarar ambiciones, habiendo yo procurado conducir la discusión de cada noche hacia la bagatela, que por lo menos es algo limpio de engaños y de contumaces intenciones.»

Ramón amaba Madrid y lo conocía como muy pocos. Le encantaba recorrer las plazas, las calles y callejuelas, no solo para deleitarse con el paseo, sino para observar todo cuanto se iba encontrando y después escribir lo que sentía sin preocuparse por las opiniones de nadie. Reprobaba los abusos, desaires y falta de educación de personajes o tipos sin importarle su estatus y defendía y justificaba a las personas desvalidas que eran ignoradas por la mayoría. Transcribo algunas de sus reflexiones publicadas en prensa:



«El pobre español va ganando su paraíso en la penitencia de los pies helados y de las manos entumecidas. Toca la guitarra para entrar en reacción y se hace mitones de notas en el constante rasgueo de las cuerdas, que alambran su prisión de esperas.»

«Muchos son los padres de los que han hecho fortuna en Madrid o han tomado tipo de señoritos en la corte, y no me parece bien ese aire de avergonzados que llevan conduciendo a su familia por la ciudad. Debían de encontrar que en el aire de verdad en que se plantean hoy las cosas es digno de mayor altivez mostrar su raíz pueblerina y sana.»

« Los inválidos se preparan como los niños para ir a la plaza de Oriente. En medio de su desgracia, son felices si saben ser resignados y si han sabido reconquistar por completo su alma de niños. Les queda el asueto eterno, la posibilidad de pasearse con su pierna de menos por los jardines. Todo lo encuentran alegre, y parece que su invalidez les hace humoristas.»

«Ante esos bautizos de gran mundo, resultan roñosos esos otros bautizos que realiza la abuela pobre llegándose un momento a la iglesia a que la cristianen al retoño. Ese niño, sin las espumas y los rebatimientos de los niños de promontorial traje de cristianar, es como un esparraguillo triguero, algo así como un polichinela de verbena, un niño barato y de confección más al por mayor.»


Defraudado por las tramas políticas que habían causado la lenta agonía de su padre D. Javier Gómez de la Serna, se exilió a Buenos Aires en 1936 porque no podía soportar la idea del enfrentamiento entre españoles. Su individualismo y apoliticismo le supuso la ingratitud de sus contactos editoriales y periodísticos en España y en Buenos Aires.

Tras su fallecimiento el 12 de enero en Buenos Aires, fue trasladado a Madrid como él deseaba y enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de la Fundación Sacramental de San Justo. Gerardo Diego publicó en Arriba el martes 15 de enero de 1963:


«Lo grande de Ramón, lo más grande de Ramón ha sido su bondad, su prodigalidad increíble con el amigo y el compañero, su derramamiento inagotable de todo y para todos, enteramente parejo en su conducta moral y en su proceder literario. Aquel Ramón que regalaba sus libros con un despilfarro sin precedentes y que además regalaba su amistad sin envidia ni doblez, fue para mí, como para tantos otros, ejemplo máximo de bondad humana, encarnación vivo de la alegría de existir y de la fidelidad a la ilusión y a la vocación. Él nos contagiaba optimismo, pureza de conducta, insobornabilidad, olvido de miseriucas y generoso perdón de infamias. No he conocido ánimo más generoso que el suyo.»

Cuando su féretro llegó a Madrid, Edgar Neville escribió en ABC el 24 de enero de 1963: «Cruza hoy por última vez tu querido Madrid, y Dios quiera que percibas lo que no te dieron en vida tus contemporáneos en la medida que te merecías: estímulo calor, ayuda, admiración y respeto… Hoy te lo dan todo; con la muerte le llega la gloria y la fortuna al escritor español. ¿Qué quieres? Ya sabes que es así…»

Coincido con Ramón: ¡Lo necesitada que está la vida de nuevas experiencias e intentos, de tocar nuevos cielos, de abrir nuevas cajas de sorpresas!

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