De gozar leyendo: H de halcón


Apuntes, d.j.a. / www.lunalibros.com


H de halcón: un libro apasionante.- Aquí me volvió a suceder lo mismo que hace más de veinte años con Juan Belmonte, matador de toros de Manuel Chaves Nogales; entonces fue una amiga que me dijo que, aunque yo fuera ajeno a la tauromaquia, tenía que leer esa biografía que resultó, para mí, magnífica y ampliamente recomendable. Ahora la cosa me pasó con la cetrería, un universo desconocido, al cual llego gracias al excelente H de halcón de Helen Macdonald (1970), un libro que ha merecido, de sobra, premios como el Samuel Johnson y veredictos siempre elogiosos.

Cuando la poeta, historiadora y profesora del Cambridge de nuestros tiempos Helen Macdonald perdió a su adorado padre, se sintió completamente extraviada en el mundo. En cierto momento tiene una especie de revelación, que su duelo será entrenando el ave más difícil, malhumorada y rebelde entre las aves de cetrería, un azor.

Desde niña, acompañando a (y acompañada con) su padre fue una apasionada de la cetrería, no solamente en contacto con las aves sino, fiel a sus disciplinas académicas, leyendo toda la bibliografía sobre el arte y la ciencia de la cetrería, que en H de halcón le sirve como fuente de datos maravillosos y como espejo de lo que le va sucediendo con el adiestramiento (dudo de la palabra) de su azor. Es aquí donde tropiezo de nuevo con T. H. White, el autor de Camelot, que merece un capítulo y muchas menciones por parte de Philip Hoare en El mar interior. T. H. White era un tipo que no se parecía a nadie y una de las cosas únicas que hizo fue convivir con un azor, Gos, y escribir un libro sobre esa experiencia, libro que para Helen Macdonald se convierte en un testimonio y en un aprendizaje (casi siempre para hacer lo contrario de lo que intentaba White) para su convivencia con Mabel, su azor hembra, su azora, su azorina.

Cuenta Macdonald que “a finales del siglo XIX los azores británicos se extinguieron. […] Pero en las décadas de 1960 y 1970 los cetreros iniciaron un plan discreto y extraoficial de reintroducción de esas aves en la Gran Bretaña. […] Hoy sus descendientes alcanzan las cuatrocientas cincuenta parejas. […] Lo salvaje puede ser creado por el ser humano”.

Pero me voy por las ramas, cosa nada extraña hablando de un libro sobre seres voladores: lo principal de este libro es la historia de un amor, del perdido, intenso, irracional y persistente enamoramiento de una mujer por un azor, Mabel. En forma literal, un azoramiento.

Los tratadistas del siglo XIX coinciden en subrayar el mal humor de los azores. Evans dice que “su ira es terrible”. Blaine señala que el azor “decidirá ser tan desagradable como pueda” y añade que “te exasperará hasta el punto de querer retorcerle el pescuezo”. Illingworth exclama: “¡el azor es el pájaro más obstinado que existe! Su único propósito parece ser sacar de quicio a su dueño”. Al respecto, Macdonald anota que “leyendo textos anteriores, descubro que en el siglo XVII los azores no se consideraban malos en absoluto”. Eran “sociables y familiares”, aunque por naturaleza “tímidos y miedosos”, escribió Simon Latham en 1615. “No les gusta que el hombre se comporte en forma brusca o molesta”, pero si los trata con amabilidad y respeto, son “tan cariñosos y muestran tanto afecto por su dueño como cualquier otra ave de presa”. Pero lo que oyó sobrepasaba lo que había leído: “Los azores eran rufianes: asesinos, difíciles de adiestrar, gruñones, díscolos y extraños”. Y alguien más pragmático le dio el siguiente consejo: “Si quieres que tu azor se porte bien, basta con que hagas una cosa. Tienes que darle ocasión de matar. Matar tanto como sea posible. Matar los calma”.

Su, cómo llamarla, ¿irritabilidad?, parece ser la constante entre todos los comportamientos, aun los amorosos, como lo testimonia la experiencia de su reproducción en cautiverio: “para un azor la línea que separa la excitación sexual y la violencia letal y terrible es muy fina. Debes vigilar constantemente a tus pájaros, estar atento a su actitud, aprestarse a intervenir en cualquier momento. No basta con poner un par de azores en una jaula grande y dejar que la naturaleza siga su curso. La mayoría de las veces la hembra matará al macho. Así que lo que haces es alojarlos en jaulas contiguas de paredes sólidas con una ventana barrada entre ambas a través de la cual la pareja pueda verse”.

Esa, pues, es la psicología de los azores, la clase de pájaros que pretendía seducir nuestra escritora, una especie nunca sometida plenamente por el hombre: “durante miles de años aves rapaces han sido capturadas, enjauladas y llevadas a casas de personas. Pero, a diferencia de otros animales que han vivido tan cerca del hombre, nunca han sido domesticadas. Eso las ha convertido en un poderoso símbolo de lo natural en una miríada de culturas y también en un símbolo de todo lo que debe ser domado y dominado”.

Helen Macdonald adoptó un método que no le fallaría: “Los azores son pájaros nerviosos y susceptibles y lleva mucho tiempo convencerlos de que no eres el enemigo. Nerviosos, por supuesto, no es la palabra exacta: simplemente tienen sistemas nerviosos acelerados en los que las conexiones entre ojos, oídos y neuronas motoras que controlan sus músculos tienen enlaces secundarios con las neuronas correspondientes del cerebro. Los azores son nerviosos porque viven la vida diez veces más rápido que nosotros”. Aclara que “estas aves no son animales sociales como los perros o los caballos; no comprenden ni la coerción ni el castigo. La única forma de domesticarlas es mediante refuerzos positivos como premios de comida. Tienes que hacer que el pájaro coma la comida que sostienes: es el primer paso del camino para ganarlo y acabéis siendo compañeros de caza. […] Sólo a través de recompensas de comida un ave salvaje pasará a verte como una figura benevolente y no como una afrenta a todo cuanto existe”.

Esa relación cetrero-ave es un refundimiento, una absorción recíproca. T. H. White lo dice de una manera que entendemos bien mi pierna derecha y yo: el cetrero recibe el azor en su puño “integrándolo como un hombre cojo se vuelve a colocar su vieja pata de palo después de haberla perdido un tiempo”. Al respecto, la autora recuerda que “el escritor y ecologista norteamericano Aldo Leopold escribió en una ocasión que la cetrería es un acto de equilibrio entre lo salvaje y lo doméstico, no sólo en el halcón, sino también en el corazón y en la mente del cetrero”.

Sí, ésta es una historia de amor que comienza con el acercamiento de una mujer a un pájaro que cree que la agresividad es un supuesto de la existencia misma. Ese acercamiento produce efectos en ambos (“A medida que el azor se amansaba, yo me volvía más salvaje”) y es muy gradual. Visto desde afuera, comienza por una etapa en recinto cerrado con el pájaro imposibilitado para huir y culmina con el azor desatado, volando a campo abierto y siempre regresando al puño del que partió, provocando así la suprema emoción de la cetrera: “… el batir de sus alas lo llevó directamente a mí, y el golpe de sus fuertes garras aferrando el guante fue un milagro. Siempre era un milagro. Escojo estar aquí, querría decir. No me importa el aire, ni los bosques ni los campos. No había mejor bálsamo para mi dolorido corazón que el retorno de mi azor. Pero ahora ya era muy difícil distinguir entre mi corazón y el azor”.

Se llama amor: “volar al azor libre, sin la molestia del fiador, sin que nada impida su vuelo a lo lejos más que los vínculos que nos unen, vínculos palpables, pero no físicos, vínculos hechos de costumbre, de compañerismo, de familiaridad. De algo que los antiguos cetreros llamarían amor. Volar a un azor libre siempre da miedo. Porque es entonces cuando pones a prueba estos vínculos. Y no es fácil cuando has perdido la confianza en el mundo y tu corazón se ha convertido en polvo”. La experiencia tiene aspectos iniciáticos, colindantes con el misterio: “cazar con el azor me había empujado al auténtico límite de lo que es ser humana. Y luego me llevó más allá de ese lugar, a un sitio en el que ya no era humana en absoluto”.

Helen Macdonald es consciente de los reparos que suelen aparecer contra la cetrería: “sé que algunos de mis amigos piensan que tener un azor es moralmente discutible, pero no podría amar ni comprender a las aves de presa tanto como las comprendo y amo si sólo las viera en pantallas. He convertido al azor en parte de una vida humana y viceversa, y eso hace que para mí el azor sea un millón de veces más complejo y maravilloso”.

Y concluye: “de todas las lecciones que he aprendido en mis meses con Mabel ésta es la más importante: que hay un mundo de cosas ahí afuera –rocas y árboles y piedras y hierba y todas las cosas que reptan y vuelan–. Son cosas por derecho propio, pero las hacemos nuestras dándoles significados que sustentan nuestra visión del mundo. En mi tiempo con Mabel he aprendido que te sientes más humana una vez has conocido, aunque sea en tu imaginación, lo que es no serlo”.

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