La alquimia sin fin


Por: Luciana De Mello / Tomado de Pagina 12


El ceramista y escritor británico Edmund de Waal, que en 2012 había sorprendido con La liebre con ojos de ámbar, vuelve con un libro sobre su obsesión: la porcelana. Historia de estos objetos preciosos y muy personal crónica de viaje, El oro blanco también es el retrato de un artesano que reflexiona sobre su oficio y enlaza vida y escritura.

¿Cuántas veces es posible volver a empezar de cero? En la historia de los objetos, que es también la de los hombres, podría llegar a ser una constante. Tal vez toda la historia del arte sea una historia de volver a empezar. Una historia de pruebas y fracasos, roturas e incendios. Habrá, sin duda, algunos pocos momentos de luz, esos pequeños éxitos tan efímeros como imprescindibles para que a una sola persona le valga la pena los innumerables sacrificios y postergaciones que vienen en el combo de la vocación. En la medición cuantitativa entre inversión y ganancia, resaltan siempre los números en rojo de ese quehacer cotidiano que a pesar de los fracasos, o más bien a causa de ellos, termina por volverse primo hermano de la obsesión. La historia de nuestros objetos será entonces la historia de nuestras obsesiones, nacidas de la insensatez y la convicción de los locos, defendidas con argumentos que no tienen lógica en el mundo en el que esos objetos se irán a insertar después: museos, librerías, almacenes, farmacias, palacios, chozas o galerías de arte. La historia de nuestros objetos, sus clasificaciones, roturas, herencias y grietas nos cuenta a nosotros mismos en detalle, cuenta el camino de espanto y redenciones por el que tuvimos que andar para llegar a hacerlos. Sin embargo, desde el punto de vista narrativo, ¿cuántas veces es posible disponerse a escribir sobre volver a empezar? Eso se pregunta Edmund de Waal, porque en El oro blanco persigue las historias de quienes, como él, se lanzaron a la búsqueda de la receta de la porcelana, desconocida en Occidente durante más de quinientos años. En 2012, De Waal sorprendió al mundo literario con su primer libro de no ficción, La liebre con ojos de ámbar, la historia de unos netsukes (esculturas en miniaturas japonesas) que fueron pasando de generación en generación hasta llegar a su familia. El oro blanco también se mueve alrededor de la implicancia personal de los objetos en la vida de De Waal, porque antes de ser autor de un libro, firmó con su sello de alfarero la base de cientos de cacharros de porcelana durante más de treinta años. No es un dato menor, porque en la escritura de De Waal se lee al artesano que invirtió su vida entera en lo que hace, al trabajador que reflexiona sobre su oficio y va enlazando la vida y la escritura de los que lo precedieron, en una meditación en voz alta sobre el propio camino hacia los objetos, su relación con ellos, lo que le devuelven, lo que siempre guardarán de la historia de sus hacedores.

De Waal comienza el viaje en Jingdezhen, la ciudad china donde la porcelana tuvo origen. Su principal referencia son las cartas de un monje jesuita francés que a comienzos del siglo XVIII ya estaba buscando la fórmula secreta para llevarla de vuelta a la corte de Versalles. Pero el jesuita se queda en China hasta su muerte y nunca deja de escribir a casa. Escribir todo lo que vieran a su alrededor era parte constitutiva de la misión de los jesuitas, y el monje va a extenderse en la propiedad de los materiales o los pedidos de porcelana de las diferentes dinastías, como también en las vidas que se cobra, en forma de esclavitud, la producción imperial de la porcelana china. Una esclavitud que, tres siglos más tarde, apenas civiliza sus modos dentro de las fábricas donde se produce la cara de Mao for export. Conoce a tu testigo, anota De Waal a comienzos del libro, y en esa frase está advirtiendo la condición de testimonio que implica la escritura, porque en estas casi 600 páginas de viaje, se relata desde las peripecias del pastor cuákero que logró hacer porcelana en Inglaterra y murió pobre, hasta la vida cotidiana en la fábrica de porcelana Allach que los nazis emplazaron dentro del campo de exterminio de Dachau. El relato de los protagonistas de estas historias –que se cuentan en presente– es recreado por De Waal en una segunda persona testigo, que solo por momentos vuelve a la piel del autor para preguntarse su propia razón para estar haciendo lo que hace, convirtiendo a este libro en un testimonio de sí mismo. Escribir sobre el oficio es, de alguna manera, ser testigo de un proceso por el que ya han pasado otros en diferentes circunstancias y tal vez en ese punto radica la riqueza de este libro, en el intento de abarcar todas las maneras en la que podría contarse la historia de la porcelana. Podría ser la historia de lo roto, de cada uno de esos fragmentos que se le incrustaron en los zapatos al andar por esa montaña de basura hecha de porcelana destruída en las afueras de Jingdezhen. Podría ser la historia de las discusiones de los expertos que “polemizan sobre la identidad, el valor y el significado de estas mercancías, mil años de afirmaciones y rechazos que siguen produciéndose hoy, en torno a la idea de pureza”. Pero no solo en la escritura de El oro blanco De Waal intenta convertirse en ese testigo que cuente sin ponerse en el medio de la escena. “¿Por qué sobresalir cuando podemos desaparecer?”, se pregunta. Entonces sus exhibiciones de porcelana se convierten en instalaciones que insisten sobre esa idea, ligada a la de luz y sombra que lo hermana a Sally Mann (su última exposición fue acompañada por un catálogo ilustrado que contiene una conversación entera entre la fotógrafa y el alfarero-escritor). De Waal exhibe su producción de cuencos, platos y cacharros de porcelana en lo alto de una repisa, colgando frágiles del techo, como si en cualquier momento todo se pudiera caer, romperse en mil pedazos, volver a ser polvo, volver a empezar.

Las obsesiones cuestan caro, y perseguir lo blanco tiene su precio. De Waal advierte, tanto al final como al principio, que ha leído a Melville, que conoce el peligro que atrae hacia algo tan puro. La porcelana, sin embargo, pertenece al mundo de la alquimia, es, con todo su misterio, producto final y consecuencia de la transformación de los materiales. “Diez mil cosas se producen y reproducen para que la variación y la transformación no tengan final” escribe Zhou Dunyi en el siglo XI. La variación interminable: intentar escribir su historia es, al igual que el concepto de pureza, una falacia que sin embargo ha dado origen a empresas tan atroces como imposibles. Por eso al final del viaje, el alfarero se dispone a preparar una nueva exhibición de sus cacharros mientras repasa sus anotaciones al margen en un poema de Celan: “Esto, creo, es lo que he estado tratando de rastrear, el vislumbre del blanco al alzarse y luego hundirse bajo las olas de nuevo, el viento trayendo y llevando el polvo blanco, asentándose y volviéndose a asentar.”

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