Los milagros de la ciencia

Por: Carla del Cueto / Tomado de Pagina 12 / Argentina


El más reciente libro de Soledad Quereilhac parte del cruce entre lo científico y lo sobrenatural en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX, tal como aparece en la literatura fantástica, el periodismo y en disciplinas como el espiritismo, la magnetología y la teosofía. Crónica de una época en la que la ciencia aún era un campo de contornos difusos y dialogaba con lo oculto.

Sleepy Hollow, la película de Tim Burton, el personaje de Johnny Deep se empeña en develar el misterio de las muertes del pueblo a partir de la lógica científica. En este relato basado en la historia de terror “La leyenda Sleepy Hollow”, publicada en 1820 por Washington Irving, el protagonista tiene instrumental y tecnología de avanzada para desentrañar la lógica del asesino. Mientras tanto, en el pueblo todos le dicen que los asesinatos son autoría del jinete sin cabeza. A los ojos del joven investigador –hijo de un sacerdote y de una mujer acusada de brujería– entusiasta de la criminología positivista, parece imposible. Sin embargo, el caso de las muertes se resuelve sólo cuando el detective logra incorporar a la lógica de explicación a fuerzas del más allá, del mundo de los muertos que no tienen paz.

Cuando la ciencia despertaba fantasías, el fascinante libro de Soledad Quereilhac, doctora en Letras e investigadora del CONICET, también toma como punto de partida el cruce entre lo científico y lo sobrenatural pero en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. Se concentra específicamente en los vínculos entre el periodismo de divulgación científica, los espiritualismos con pretensión científica –el espiritismo, la magnetología y la teosofía– y la literatura fantástica de corte cientificista. El inicio del libro parte de un dato curioso: un extraño caso cubierto por la prensa en 1880 en el que se contaba la historia de una niña que había sido atacada a través de la almohada por un híbrido entre vampiro y garrapata que le succionó la sangre hasta la agonía. Una criada descubrió a la bestia y salvó a la niña. Veintisiete años más tarde, en la revista Caras y caretas, Horacio Quiroga publica “El almohadón de plumas”, una historia de ficción que repone a grandes rasgos y con recursos literarios el mismo relato.
Por esa época, la ciencia no se había constituido en un campo de contornos definidos. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando un campo de saberes está conformado queda claro cuáles son los temas y los modos en que es legítimo conocer. La objetividad, la lógica y el método son aspectos constitutivos del conocimiento científico, qué duda cabe. Sin embargo, Quereilhac se concentra en las fronteras difusas y el diálogo fluido entre la ciencia y lo oculto. El libro recorre ese diálogo a través de la prensa y la literatura. La fascinación por la ciencia a través de la cual podían explicarse eventos asombrosos se enlazaba con la vocación del espiritismo, el magnetismo y la teosofía por legitimar su existencia a través de procedimientos propios de la ciencia.
Las crónicas de la época que aludían al científico como un “mago” en su laboratorio o “los milagros de la ciencia”, “sorprendentes progresos”, “estupendas maravillas” muestran tanto las fronteras porosas entre la ciencia y lo sobrenatural como el asombro y la fe en las ciencias. Al respecto dice Quereilhac que “mientras prácticas consideradas pseudocientíficas o meras supercherías como la hipnosis se incorporaban ya definitivamente a la psiquiatría, el darwinismo social dio forma a la eugenesia.” El campo científico de la época se constituye en un espectro amplio en la cobertura que diarios y revistas hicieron de descubrimientos locales y de otros países con mayor desarrollo científico y que colocaban en contigüidad materiales heterogéneos. A su vez, la incorporación de los fenómenos psíquicos y de las “ciencias del alma” al terreno de lo científico amplió el espectro de los fenómenos que podían explicarse racionalmente. Quereilhac describe los procedimientos de las distintas disciplinas ocultistas en su pretensión de cientificidad y muestra cómo el surgimiento de las sociedades espiritistas, magnetológicas y teosóficas, en su afán de dotar de cientificidad sus diferentes prácticas, se ubican más cerca de planteos materialistas que de una reacción oscurantista o irracionalista.
Los espiritistas aplicaban criterios científicos para la explicación de los fenómenos misteriosos con metodología rigurosa. Estos hechos misteriosos no se presentaban en oposición al conocimiento científico sino que eran planteados como nuevos desafíos para la ciencia. Al respecto es interesante el desplazamiento del nombre de la revista Constancia en donde se publicaban las novedades de la disciplina: primero, llevó como subtítulo Revista Espiritista bonaerense, luego Revista sociológico-espiritista y finalmente Revista de espiritualismo, psicología y sociología.

La magnetología por su parte se ocupaba del “fantasma de los vivos”, sostenía la posibilidad de curaciones a distancia gracias a la existencia de fluidos magnéticos en el cuerpo humano. A través de la revista Magnetología difundían sus descubrimientos y mantenían diversas discusiones. Como, por ejemplo, con la medicina, por considerar a los cirujanos como carniceros que cometían atrocidades. Otra vertiente de la magnetología era la hechicería. Al respecto Quereilhac señala que a partir de este doble linaje tradicional y moderno de la hechicería y la ciencia, los magnetólogos renovaron el imaginario de la magia al mismo tiempo que se preocuparon por dotar de rigor científico a sus explicaciones, reemplazando las sesiones con médiums por el gabinete científico.

La teosofía, la tercera expresión del ocultismo al que refiere Quereillhac, con epicentro tanto en Oriente como en Occidente, tenía una estrategia diferente respecto del campo científico. Se definía como la unión de la religión y la filosofía con la ciencia. En lugar de buscar materializar lo espiritual, tal como sostenían los espiritistas, la teosofía “tendía a espiritualizarlo todo”.
La literatura fantástica es el tercer ámbito cultural en el que se concentra el libro. A partir del análisis de la obra de Holmberg, Lugones, Chiappori y Quiroga, Quereilhac muestra cómo se entrelazan temas científicos con los de las ciencias ocultas. Muchos de esos relatos fueron publicados originalmente en diarios y revistas de modo que eran leídos en simultáneo y en sintonía con los artículos de divulgación. Ambos, literatura y prensa, compartían la maravilla por los nuevos descubrimientos al mismo tiempo que construyeron un mundo de certezas en torno de la ciencia.

Cuando la ciencia… puede leerse como una precuela de los trabajos de Beatriz Sarlo en los cuales se describía la fascinación por la técnica característica de los años 20 y 30 o las reflexiones de Oscar Terán en torno de las “derivas de la cultura científica”. También estimula a preguntarse por los ecos de esos espiritualismos en la vida cotidiana actual, cuando en cualquier conversación se cuelan expresiones como buena o mala “energía” para referirnos a la impresión que nos causa una persona. Podemos preguntarnos además hasta qué punto es posible pensar la relación entre ciencia y otros saberes como espacios completamente separados entre sí y sujetos a lógicas de funcionamiento imposibles de traducir. En definitiva, en el libro de Quereilhac no vamos a encontrar jinetes sin cabeza cometiendo asesinatos, pero seguramente quienes lo lean quedarán atrapados por la trama de relaciones entre laboratorios y fantasmas, prensa y literatura.

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