Por qué soy ocañero


Por: Lobito (Alfonso Lobo Amaya*)


Soy ocañero, porque nací en Ocaña, Norte de Santander, en el legendario barrio “El Carretero”, de padres ocañeros y abuelos centenariamente ocañeros. Mi padre, Lubín Lobo Quintero, ocañero por nacimiento y tradición; mi madre, Margarita Amaya, hija del poeta ocañero Adolfo Milanés (Euquerio Amaya), también ocañera de raíz y tradición, inyectaron en mi ADN la arquitectura psicofísica de la picardía ocañera, del carisma particular, la imaginación desbordante, el “mamagallismo” inagotable y la simpatía copiosa que tipifica a los ocañeros; porque así como la sombra siempre acompaña al cuerpo a todo lugar, igual va con la idiosincrasia del ocañero en donde quiera se encuentre.

Soy ocañero, porque la cuna que mi mamá balanceaba, con suave vaivén de olas marinas, para que durmiera plácido, fue hecha con madera de árboles ocañeros, tallada por ebanistas ocañeros y adornada con móviles imaginados y elaborados por las manos creativas de mi padre. Fui alimentado con la leche materna, con amor líquido almibarado con azúcar de dulces ocañeros, miel de ciruelas cocotas, tortas de guayabas arrayanas y vitaminas de las arepas de maíz cocido y molido, con pellejo crocante, rellenas de queso costeño rayado, carne desmechada o huevos pericos repletos de tomates y cebolla roja cabezona.

Soy ocañero, porque los años de mi infancia fueron mágicos, oyendo cuentos de espantos, en cocinas de casas viejas, como el de Antón García de Bonilla, jinete del más allá, que incumplió una promesa y fue castigado toda la eternidad. También escuchando leyendas de mi tierra con los amigos del barrio, sentados en las bancas de cemento del parque principal. Años sudorosos y alegres corriendo por la empedrada geometría de las calles de Ocaña, jugando fútbol en medio de la lluvia, con pelotas de trapos y marcadores de treinta goles por partido. Pescando lampreas, aguagatos y y corroncorros con costales de fique en el río Algodonal; o bien juntando hormigas culonas en tarros de vidrio. Otras veces elevando barriletes, hechos por nosotros mismos, en los cerros tutelares de la ciudad como el cerro de “Los muertos”, el de La Santa Cruz y el de Cristo Rey o jugando a apostar canicas, a rajar el trompo del contrincante o leyendo “paquitos” arrendados.

Soy ocañero, porque mi aventura escolar la pasé en escuelas y colegios de Ocaña. Aprendí a leer y a escribir en el “kinder” de “La Niña Sara”, allí en el parque histórico de San Francisco. La primaria en los colegios: San Luis Gonzaga, La Presentación, donde las monjas me recalcaron los valores espirituales a través de historias bíblicas y la escuela Adolfo Milanés donde me interesé por la lectura. Todo el bachillerato lo cursé en el Colegio Caro, con los mismos compañeros de clase, con los mismos profesores y con Emel, el portero que no nos dejaba entrar si llegábamos tarde. Tuve la bendita buena fortuna de caer en manos de profesores éticos, ejemplos de rectitud y honestidad, que nos trataban como a hijos y, que además de prepararnos en el conocimiento académico y científico, nos inculcaron los valores humanos universales para llevar una vida de rectitud.

Soy ocañero, porque iba a pie, en caminatas sudorosas, al Santuario de la Virgen de Torcoroma, donde María apareció en un madero, a pagar promesas para pasar los exámenes finales. Prender veladoras a Jesús Cautivo, allá en la iglesia de “El Carretero”, cuya imagen en relieve se formó en una piedra, para pedir por la salud de familiares enfermos o que no se cayera el bus de Copetrán en el alto de San In Villa. Y qué decir de las agotadoras caminatas, con morral al hombro, repletos de comida, por pueblos, impactantes miradores de la belleza de la naturaleza, como Buenavista, Pueblo Nuevo, La Playa de Belén (tierra de los Estoraques). Ábrego, con sus famosas paisajes, tipo Suiza, y sus misteriosas piedras negras. Convención, con sus casas coloniales y su gente amable.

Soy ocañero, porque montados en volquetas areneras o camiones de carga, toda una familia de más de veinte personas, con guitarras y triples, cantando bambucos y boleros, íbamos a las orillas del río Algodonal a lugares tradicionales como “La Rinconada”, “LA Ermita”, “EL trapiche” “San Luis”, etc., a hacer sancochos de gallina criolla, bailar con las tías y las primas y a tomar aguardiente “tres brincos” para sacarnos el frío de la tarde. Son los famosos paseos de olla que aún se conserven en la tradición ocañera.

Soy ocañero, porque con los amigos del barrio, en época de vacaciones escolares, tuvimos maravillosas experiencias ecológicas, a lo Tom Sawyer, en contacto con la exuberante naturaleza, haciendo excursiones a las montañas, cerros, ríos, lagos, bosques, a lo largo del Valle de los Hacaritamas, donde se encuentra localizada la provincia de Ocaña. En el “Cerro de los Cristales”, dormimos en colchones de hojarasca y musgo, en cavernas repletas de murciélagos, todo por conseguir unos cuantos cristales de cuarzo que yacían desperdigados por doquier. De estas experiencias, más tarde escribiría novelas y cuentos de literatura Infantil: “La Montaña de los Cristales”. “Tarrián, el gordo” (mis años en el Colegio Caro). “La Tortuga Desdentada” (Premio Nacional Susaeta de Literatura Infantil) y treinta cuentos más, galardonados en concursos de literatura.

Por todo lo anterior y por otras cosas maravillosas que no alcanzo a mencionar en este escrito para no extenderme más…!Es que soy ocañero!, de alma, cuerpo, corazón y mente.



*Escritor--Matemático.

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