Releer Los miserables

No. 7622 Bogotá, Lunes 12 de Diciembre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra

Por: Marco Polo / Bogotá.


Qué decir de los Miserables en el siglo veintiuno.

Que tenemos una novela histórica, de aventuras, en aquella época de luces y sombras de la revolución francesa.

La caída de la monarquía hace curas buenos y transforma la injusticia de los humanos en claridad. El mundo avanza de la miseria a la pobreza por caminos de tristes alegrías. El establecimiento no cae totalmente y prosiguen las costumbres del hambre y las carencias humanas.

La guerra quema las páginas de ésta novela y la provee de lo más hermosos ribetes dorados para explicar que Napoleón, primero consolidó en Francia la revolución y como emperador quiso hacerlo en toda Europa. Viene Waterloo con la restauración en una amplia digresión que nos evita el rumbo de la novela, solamente para conectarnos con el origen de dos de los personajes que luego llenarán éstas páginas.

Como buen romántico, en medio de todo está el amor.

Más el personaje fundamental, proscrito para éstas lides llega a desconocerlo. Aquel amor sencillo de un hombre y una mujer será desconocido por siempre para el personaje central. Precisamente porque es desgarrado de su propia historia y ubicado por el hambre en el lugar de insana depuración. Veinte años de cárcel por haber robado un pan para uno de sus pequeños familiares.

Ese amor no existe para el hombre señalado con el inri, su amor debe ir tejido con su propia consciencia, imponiéndose a las sucias artimañas de un mundo viejo, donde lo sacro se une a lo violento de un criminal, que va purificándose en la medida en que entrega su vida a su propia clase. Es su forma de absolución.

Pese a ser la última novela clásica, el esmero del genio del escritor, no puede abandonar la tercera persona, y pese a notarse que ya no quiere ser Dios para narrar, procura reporteros que le hacen saber las historias, testigos ficticios que le han referido el suceso, cuenteros orales que pululan ubicados en los acontecimientos, para que el narrador a veces autor, haga todo el esfuerzo por probarnos que estuvo allí, para fastidiarnos con sus digresiones, pero además para acercar al mundo la historia rematada con su juramento respecto de su veracidad.

Entonces el narrador, es personaje casi, historiador, poeta, sabio y romántico y quiere conmover al mundo, dotando de luz a su adalid, rescatando lo más sublime de un personaje de anonimia popular, un criminal que llega a tener la doble personalidad requerida para imponerse a la ruindad de la injusticia y ser amado por sus obras ante el pueblo.

Algunos manifestaron hace mucho tiempo que la novela era para niños. Que puede ser su público afortunado. Otros despotricaron al tildarla de socialista.

De todas formas hacia la mitad de la novela se nota otra cualidad, el autor produce suspenso, para justificar la verosimilitud, anuncia que fue el propio héroe quien comentó como había burlando por segunda vez a Javert su acérrimo perseguidor y aunque luego vuelve a la digresión, procura con ello borrar la magistralidad al ingresar a las interioridades del héroe y proponer de hecho que ese es uno de los problemas de la tercera persona.



La novela está dividida en dos tomos. El primero con tres libros, Fantine, Cossette y Mario. En el segundo tomo continúa la tercera parte y vienen los nuevos libros sobre dos calles de París: La Calle Plumet y la de San Dionisio que es la cuarta parte y finalmente la quinta parte con el libro, Jean Valjean.





Caminé por las páginas de Victor Hugo y el conmigo en medio de sus digresiones.

Lo he podido criticar un tanto. Sus amplias explicaciones, a veces jurídicas o éticas o poéticas que quiso guardar de forma totalitaria en éste libro.

Sus personajes carecen de la vara mágica de los personajes contemporáneos, con la que la literatura infantil arrasa con los mayores, obligándolos al consumo general. Aquí esa vara mágica usada y abusada por el cine, es la piel viva de seres que se inmiscuyen en las páginas arrastrando, no mundos imaginarios, sino vida.

Se retrata a Paris, con la mejor acuarela que he podido ver diluida, no en agua, sino en la húmeda sangre de sus personajes. Nos lleva a la comprensión del concepto de justicia por encima de los códigos. Como atributo del ser humano. Más allá de su conciencia. La justicia a la que nos lleva Jean Valjean, es tan pragmática como efectiva y tiene que ver con su capacidad de visualizar su interioridad. La justicia de los hombres apenas está escrita en esos códigos de hojas humedecidas por los hombres jueces, que las hacen inanes.

La vida es la única que al pintarse en las páginas nos puede regresar al paraíso.



La vida que perdona, la que permite que el héroe anónimo desvalido no disfrute para sí y provea al otro, tornando en sofisma la ley de los hombres.

Y luego de tal catarsis, el hombre encuentra su paraíso.

Jean Valjean oteó su paraíso y hasta llegó a vivirlo.

Pero como decía al comienzo, nunca antes experimentó el amor sencillo o normal o legítimo con una mujer y es cuando todo se vuelca en la persona de su ahijada, con la que no puede sublimar sino el amor de hija, quedando por fuera su derecho al amor maternal, de esposa, de amante y llegando a la mayor perturbación que el personaje puede llegar a ejercer, al otorgar a los demás la felicidad y perder su pequeña felicidad lograda.

Se inculpa, se injuria, se abandona a su derecho.

Creo que por ello su muerte es tan dolorosa para quien ha escrito alguna vez una historia vital.



Al culminar su relectura el 23 de Noviembre de 2016, no puedo dejar de remitirme a la actual necesidad de volver a nuestros los personajes anónimos, al rescate de la memoria histórica del pueblo por encima de los personajes con varita mágica, que tanto necesita mi país para labrar la paz.



Marco Polo

Altillo de Villanova

Bogotá

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