Todo va a estar bien de Ricardo Silva Romero y Paula Bossio


Por: Colectivo Bicicleta


Una nueva historia que tiene que ver con la bicicleta está por llegar a las librerías, textos de Ricardo Silva Romero e ilustraciones de Paula Bossio. Acá algunos detalles del proceso detrás del arte del libro.

Han pasado algunos años desde que charlamos con Paula Bossio sobre su libro El lápiz pero siempre estamos pendientes de las novedades y proyectos de esta talentosa ilustradora y diseñadora gráfica, justamente este noviembre nos enteramos de su participación en Todo va a estar bien, libro en el que Paula comparte créditos con el escritor y periodista Ricardo Silva Romero, cuyo texto se acompaña de las obras de esta reconocida artista.

Paula estudió diseño gráfico en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y trabaja en el campo de la creación artística desde 2000, ya sea en dirección de arte para agencias de publicidad o como ilustradora para diferentes editoriales, sin dejar de lado sus proyectos personales que incluyen varios libros infantiles en los que pone no solo su gráfica, sino también sus ideas y formas de ver la vida. Su propuesta de ilustración infantil y su convicción acerca del poder de la gráfica para comunicar más allá de los idiomas y las fronteras, han dado como resultado varios merecidos reconocimientos entre los que se destacan el Noma en Japón (2002) y (2004), Katha Chitrakala en la India (2009) y A la Orilla del Viento en México (2010). A El lápiz, del que ya antes nos contó parte del proceso creativo y que resultó ganador del premio Caniem (2013), se suman los libros Los Direfentes y Había una vez tal vez. Y recientemente su participación en Todo va a estar bien, una historia que le viene bien debido a su gusto por las bicicletas y la nostalgia por otras épocas.

El trabajo de Paula Bossio para esta novela infantil significó un reto interesante en varios sentidos pero como es costumbre, el resultado gráfico es excepcional e inspirador, por eso quisimos conocer algunos detalles del proceso de ilustración y esto fue lo que nos contó:

“Llegué muy tranquila a la sede de Penguin Random House al lado del Parque Nacional en Bogotá; ese día estaba soleado, eso siempre vaticina un buen augurio. Días antes había recibido un correo de Natalia García, la editora de Literatura infantil y juvenil de esta editorial, para hablarme de un proyecto. Así que cuando me vio en la recepción me invitó a pasar a la sala de juntas y acepté agua aromática para la sed mientras me iba explicando el por qué de su invitación.

¡Ilustrar un libro de Ricardo Silva! Me incorporé en la silla, ¡es que no era cualquier fulano y menos un tal perencejo de quien yo iba a tomar palabras para volverlas dibujo! Yo ya había leído varias de sus columnas en El Tiempo (eso sí, debo reconocer que no había leído sus novelas) cuando varios de mis contactos en Facebook lo reposteaban semanalmente desde hace ya bastante tiempo e inclusive lo había visto por TV. Ilustrar una novela para niños de Ricardo significaba un reto. No solo por él sino por sus lectores (que no serían pocos), por la confianza que Natalia me estaba dando para imprimirle un estilo propio al libro de uno de sus queridos autores con mi forma de ilustrar y porque eran escenas muy descriptivas y muy propias de una época en Bogotá. Mejor dicho, retos por todos lados. Eso era casi tan aterrador como una hoja en blanco para un ilustrador. Lo que me tranquilizó fue el nombre de la novela Todo va a estar bien, así que lo tomé como un doble buen augurio. Y sí que lo fue. Guardé entonces parte del manuscrito y me lo llevé a casa, feliz.

Un psicólogo de perros y una niña genio en bicicleta en busca de un lanudo con crisis perruna en medio de una Bogotá (y algunos pueblos cercanos) en los años 80 narrado con el fino, sutil y tranquilo humor con el que sabe escribir Ricardo, parecía una tarea interesante. Leer las primeras líneas ya me empezaba a arrojar cientos de imágenes, las palabras tenían el poder de recrear los espacios y los personajes que casi llegaban corriendo a zancadas a mi cabeza. El mismísimo acento cachaco del Dr. Jeremías Rey se colaba en mi lectura mental. Empecé a encontrar muchos referentes acariciados en mi niñez, programas de televisión, productos, personajes de la época. Y es que todo tiempo pasado, si que fue mejor. ¡Yo le tengo gran cariño a los años 80!

Así que sentir la emoción de traer a la memoria tiempos pasados me sorprendió. De verdad, le tomé cariño a esas líneas escritas. Creo que para que un ilustrador se tome a pecho, se monte al hombro un proyecto (sobre todo cuando son encargos más que iniciativas propias) debe encontrar un puente entre su trabajo y su mundo personal. Creo que eso fue lo que pasó con este libro. Me recordó el carácter particular y huraño de mi abuelo, la casa de la abuela en la 66, la afición casi religiosa de mi papá por la bicicleta y a mi tía Martha Bossio, cosas que sentí familiares, mías. Amé al Dr. Rey, a Olguita y a Góngora. Leer el libro fue delicioso, había mucho por recrear, muchos detalles que podía incluir, mucha información visual que debía buscar, recordar, investigar. Eso de investigar, documentarse antes de ilustrar siempre es maravilloso, va uno teniendo serendipias. Eso es bonito y enriquecedor.

Hubo algo muy especial en el trabajo con Ricardo y con Natalia. Fue realmente un trabajo en equipo. Normalmente a los ilustradores les llega como del cielo un manuscrito por correo, así llega frío e impersonal. Algunas editoriales no son entusiastas en sentar a escritor e ilustrador a tomar un café. No me pregunten por qué, seguro los afanes de la vida moderna y la rapidísima industria editorial.

Pero con Todo va a estar bien tuvimos la oportunidad de sentarnos, conversar, conocernos cara a cara (que tanta falta hace en estos tiempos) y hasta comernos un brownie gluten free a tres cucharas. Eso creo que fortaleció el ingrediente humano que es necesario en cualquier proyecto que involucre a más de dos personas, nos dio más confianza entre todos y sobre todo a mí me invitó a un terreno de mayor compromiso en mis trazos.

Afortunadamente los tres coincidimos a menudo en las ideas propuestas y toda sugerencia siempre fue bienvenida, fue una democracia impecable. Eso ayudó al proceso cantidades.

Creo que es importante que el escritor y el editor crean y depositen confianza plena en el ilustrador, de otro modo el trabajo se puede ver interrumpido y se crean dinámicas de retroceso agotadoras. En este Todo va a estar bien sentí que hubo un respeto enorme, una confianza grandísima que agradezco sobre todo por parte de Ricardo. Claro, no es fácil que venga otro (otra) y le de vida a un imaginario que ya se ha ido construyendo en la cabeza desde hace tiempo y se ha ido escribiendo y creando con tanta dedicación, es una actitud grande y muy generosa.

Ojalá puedan leer el libro que pronto estará en librerías, un libro divertido, dulce, lleno de remembranzas y detalles de nuestra historia colombiana que los mantendrá con la dosis de emoción necesaria para devorar página a página hasta el final”.

Este libro es, en esencia, una especie de homenaje a la palabra: Juan Gossain

Un libro es siempre un mundo nuevo, una caja de misterios, un territorio sembrado de sorpresas. Pero pocas veces he ojeado y hojeado un libro de autor colombiano que me cause más asombro que este. Voy a tratar de explicarme, pero no les garantizo que lo consiga.

La primera sorpresa consiste en descubrir que Gustavo Dajer Chadid se propuso, al escribir esta obra, escrutar los laberintos de la mente pero también los vericuetos del corazón. Sondear los pensamientos que se le ocurren a la razón humana y al mismo tiempo, los sentimiento que anidan en el espíritu. Pensar y sentir: esa es la mejor síntesis de este libro.

Es un viaje sin escalas. Cierro la última página, en medio de la alta noche del insomnio, leyendo sin parar, y en ese momento me hago la pregunta clave: ¿es este un libro de pequeños poemas en prosa o es un libro de reflexiones? Me quedo pensando, pero también sintiendo, porque al final comprendo que se trata de ambas cosas.

Entonces, en ese mismo instante, y envuelto por las sombras y los olores que vienen del mar, uno trata de saber si la vida consiste en aprender a sentir o en aprender a pensar. Y este libro le da la respuesta: “Cuando respiras profundo”, escribe Dajer, “la mente se aquieta”. La presencia del hombre sobre la tierra, en esencia, es eso: pensar pero también sentir.

En las frases breves que campean a lo largo de estas páginas, como si fueran aforismos de un viejo filósofo, está registrado el valor en singular, como símbolo de la valentía y el coraje, pero también aparecen registrados los valores en plural, como cualidades del alma. A eso me refiero.

Por esa misma razón yo podría decir, si ustedes me lo permiten, que este libro es, en esencia, una especie de homenaje a la palabra. No es coincidencia que tenga un capítulo dedicado a ella. La palabra, que es el arma más poderosa del mundo, y al mismo tiempo la más débil. Ya el gran Jorge Zalamea, escribió que la palabra es tan poderosa que puede, incluso, destruirse a sí misma, como lo demuestran esos proverbios sobre el silencio que es oro, o sobre aquella boca cerrada en la que no entran moscas.

Y todo eso, reflexiones y sentimientos mezclados, la razón que camina tomada del brazo del corazón, el alma y la mente juntas, para terminar concluyendo sabiamente que otra vez tenía razón Voltaire cuando decía que, para viajar lejos sin necesidad de moverte de tu casa, no hay mejor nave que un libro. Y los proverbios hebreos sostienen que los libros y los días dan a un hombre sabiduría. He aquí la confirmación.

Aunque no he vuelto a verlos desde hace tantos años, así podría imaginarme a Gustavo Dajer Chadid: cargado de días y de libros, con un nieto sentado en las piernas, en el taburete de vaqueta recostado a la puerta de su casa en Sincelejo, saludando a los compadres que pasan por la calle, tarareando una vieja canción de esa sabana infinita mientras va pensando, pensando. Pensar y cantar: eso es la vida. La verdadera vida.

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