Peregrinaje inmóvil. Cada vez importa menos la poesía y más los poetas


Por: Juan Sebastián Peña Muette* / Bogotá


El lector, antes que lector, es un caminante. Desgajar la primera línea de un texto es iniciar un peregrinaje. La lectura será implacable: arrastrará al lector abismos insondables; lo elevará, después, a paraísos dulces. Lo hará desplomar sobre la tierra de nuevo. El caminante seguirá errante. Su alma estará perturbada, confusa, saltando imprevisiblemente de un estado de ánimo a otro.

Existen sentimientos que preceden este exilio voluntario. Entre estos, hay uno tan benevolente como terrible: la admiración por el autor. Creer, antes de leer un texto, que este será digno de admirar porque lo escribió determinado escritor, es como pensar que si se viaja a Italia todas las pizzas que se prueben serán exquisitas per se. El lector deviene en sofista (y el comedor de pizzas en un romántico).

La poesía también sufre por esta vanidad del lector: se convierte en objeto que, aparentemente, una vez alcanzado, le pertenece al artista. Como si la literatura no fuera desbordamiento, caos, profundidad, extrañeza, mito, angustia, plegaria, epifanía, azar. En su afán de ordenar el mundo, el hombre/lector termina condenando a las palabras a habitar en los límites que le asigne una burda etiqueta (como el nombre de un autor).

La admiración desmedida condiciona el adentramiento en los textos. El lector proclama su propia muerte al tiempo que erige la tiranía del autor. Entonces leer ya no es la precipitación de la conciencia; el lector adivina de algún modo lo que autor dirá, y le parece que está bien que sea así. Las palabras dejan de hablarle; solo escucha la voz de aquel nuevo Dios que él mismo ha entronado: el Artista.

La deidad naciente es intocable y, además, piadosa. En el autor están todas las respuestas; ya no hay una voz que cuestiona, sino una que consuela. Para congraciarse con su Dios, el lector le perdona que sea un tirano, que sea arrogante, que calle cosas que no debería callar, que le de voz a cosas que deberían permanecer en silencio.

Leer deja de ser una travesía del ánima. Aquello que prometía ser éxodo ya no es más que performance pétreo y mudo. El sentimiento desbocado de admiración anuló el movimiento. Como un narcótico que anestesia al lector, la devoción que siente por el autor le vedó el derecho a sentir. Ha dejado de ver, oler y escuchar para solo comprender. Entonces es normal que en las letras no halle más que a ese ser amado. Nada más.

Se instaura la paradoja: la lectura como viaje que ha concluido antes de la partida.


*Estudiante de Comunicación social y Literatura

Pontificia Universidad Javeriana

Tomado de http://www.eliberico.com/concurso-poesia-gran-bretana.html

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