Ínsula del viento, el nuevo poemario de Carlos Fajardo Fajardo



El escritor colombiano Carlos Fajardo Fajardo presenta Ínsula del viento, su más reciente poemario publicado por la Editorial Rosa Blindada.

Presentamos apartes del prólogo que realizó el poeta colombiano Jorge Eliécer Ordóñez, como también algunos poemas:


Un árbol auscultando sus raíces
Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz



El poemario Ínsula del viento de Carlos Fajardo Fajardo fue finalista en el Concurso Internacional de Poesía Paralelo Cero 2016, Quito, Ecuador; y Primera Mención en el XX Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, 2016, Colombia.

En este libro, el poeta Carlos Fajardo Fajardo vuelve a su barrio de casas blancas, insulado en una colina con carboneros y chiminangos, murciélagos y renacuajos, grillos y culebras, pero de pronto, en ese peregrinaje se le atraviesa la casa, primero y último eslabón de su verdadero viaje: La Poesía. No es una entelequia metafísica, es el receptáculo de todo lo vivido y postergado a causa de indescifrables odiseas. De ella, al frotarla un poco con la palma de unas palabras, empiezan a salir los seres que la configuran hacia adentro y hacia afuera. En el gineceo esta la figura poderosa de la Madre, curiosamente poderosa porque es desde el silencio, desde el bajo perfil de sus oficios cotidianos y su mesura femenil que instaura su presencia, consubstancial de ausencia: Ella tatuaba en barro mis signos secretos/ la fragilidad de mis días// Ella acariciaba sus plantas como pequeños dioses /Partera de mis palabras, /milagro del mundo.

Y de nuevo la lámpara frotada con vehemencia y profunda pasión, y van llenando el recinto, el padre, los hermanos, las cosas cotidianas en la urdimbre del hogar. Como en un juego concéntrico, la ciudad contiene al barrio, el barrio a la casa, la casa a sus seres, sus seres a sus emociones, evocaciones y atmósferas. Se respira una atmósfera de misterio, de música secreta y de violencia insinuada por la conflagración constante que ha vivido Colombia durante tantos años. La casa, donde la radio exultaba boleros, tangos y baladas, también dejaba la impronta del país otro, no el bucólico de veranera y torcaza, sino el de la violencia partidista primero, o la irrupción de la insurgencia en campos y ciudades, después. La casa era el tambor que amplificaba la hecatombe. A escasas cuadras de la Ínsula del Viento fue rodeado y acribillado un comandante guerrillero, con exuberantes pertrechos e hiperbólica logística aérea. Bárbara pero poética la historia de nuestros barrios, sus calles y sus casas: Mientras el país ardía entre pavesas/ esas canciones arrullaban el silencio / hospederas del amor /caricias del mundo

Hay profusión de imágenes, visuales, olfativas, connaturales a la atmósfera de ciudad tropical, barrio limítrofe entre la urbe que se estira en lontananza y el bosque montañoso que la separa del mar pero le trae, a cambio, efluvios cotidianos de brisa y de pájaros, historias de viajeros y tambores, heridas de guerra, peripecias de muchachos, olor a casa natal, a barrio primitivo con olor a geranios, a mango, a perfume de muchachas:Desde los matorrales espiábamos a las más bellas/ mientras el río les bañaba los pechos /erectos como una bandera

Los temas recurrentes: el barrio con sus trashumantes y peleadores callejeros, sus muchachas que nos evocan los desnudos de Delvaux, por su esfumato e idealización frente al mundo prosaico, la infancia, más padecida que encantada, por una suerte de predisposición apocalíptica en cada palabra, en cada gesto, depositados por los adultos; el amor como entelequia, como bengala tímida en la batahola de un mar embravecido, la muerte, todo el tiempo, como ese viento que sopla de donde quiere y cuando quiere, tocando cada cosa, cada rincón: el arpa en la colina, los renacuajos agonizando en su elemento, el estertor de la ciudad circundante, con su sirena y su metralla, en plena siesta de los ángeles, y siempre, siempre, la raigambre de un poeta argonauta que salió hace muchos años de su ínsula, y como Ulises o Eneas, se empecina en regresar a constatar el crecimiento de sus monstruos.


Poemas de ínsula del viento



La tierra traía aromas de helechos


Al mediodía oíamos las maderas de los árboles,

su sonido entrando a nuestra casa.

Los hermanos se unían a ese coro que cantaba

junto a nerviosos insectos.

Las telarañas se acumulaban en las alcobas

y fuertes palabras se decían sin ninguna moderación.


En diciembre las hormigas se volvían más temibles,

los reinos del agua hablaban con las piedras del río

y la tierra traía aromas de helechos.


Cantábamos casi sin edad.

Bastaban pocas palabras,

espejismos de hembras en las orillas rumorosas.


No era todo lo que en realidad deseábamos,

pero en los cuerpos de las jóvenes veíamos la luz,

algo de alegría.


Desde los matorrales espiábamos a las más bellas

mientras el río les bañaba sus pechos,

erectos como una bandera



De la noche colgaban las estrellas



De la noche colgaban las estrellas,

se reflejaban en la laguna donde íbamos a pescar renacuajos.

Cada captura era un trofeo.

Comparábamos el tamaño de los renacuajos

que aterrorizados chocaban en la bolsa de plástico.

Luego los lanzábamos al estanque.

Uno a uno a lo profundo iban cayendo,

rayo a rayo morían de hastío.


El viento hoy sigue azotando puertas

pero ninguna estrella se refleja en el agua.


Ahora somos nosotros

los que con temor

rayo a rayo

vamos cayendo


Barrio de inviernos



Desde las colinas

nuestras casas avanzan hacia una estación de bruma.

La lluvia golpea las estancias secretas

y el viento se extiende como mantel de plomo.


Alguien cuida amapolas en el azotado jardín,

frágiles maderos quemados en la aurora.


En la profundidad de los recodos

escuchamos a los muertos,

oímos sus voces a la hora de la siesta.

Mientras las casas permanecen bajo los golpes del agua

la noche se roba el silbo de los pájaros,

la eternidad del día.


Luego, tendidos de espaldas bajo un cielo apacible,

pensamos en nuestros vivos con su luna imantada,

efímeros, como la hierba que crece



Tierra quemada



De repente despertamos con temor

al escuchar los truenos.

-no es lo que pensamos-

En las montañas suena el trino del pájaro

junto al sonido de fusiles.

Lo comentamos como guardando un secreto.

El vuelo del chamón

agita la tranquilidad del hogar.

Es la tierra quemada por el sol impasible,

los aullidos de los perros,

el ruido de cañones

y una madre nerviosa

oyendo boleros en el crepúsculo.


Miramos la montaña

donde disparos inventan la patria

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