Gozar Leyendo: Bowie (Sexto Piso) de Simon Critchley




Apuntes, d.j.a.
Simon Critchley (Inglaterra, 1960) es uno de los filósofos más notables de nuestro tiempo. Y uno de los más desenvueltos para hablar. Y, tal vez, uno de los más irreverentes y más cuestionadores. Pocos días después de la muerte de David Bowie (1947-10 de enero de 2016) emprendió este libro: “Bowie ha sido mi banda sonora: mi compañero constante, clandestino. En los buenos tiempos y en los malos. Míos y suyos”. Y el resultado es memorable. A Bowie le correspondió ser el gran negador, el ‘doctor no’ del baby boom. A pocos meses de su desaparición, la sensación que se respira traduce que estamos ante un inmortal que muestra el mundo con mayor fidelidad que la colección de lugares comunes y de mentiras repetidas como verdad que heredamos.
Critchley comienza señalando: “La identidad es un asunto muy frágil. En el mejor de los casos, se trata de una secuencia de anomalías pasajeras, más que de una gran unidad narrativa. Como dejó sentado David Hume hace mucho tiempo, nuestra vida interior se compone de haces inconexos de percepciones, tirados por ahí como ropa sucia en los cuartos de la memoria”, de manera que “por medio de la impostura, y a causa de ella, sentimos una verdad que nos guía más allá de nosotros mismos, que nos lleva a imaginar otra forma de ser”. Pues, en medio de esa confusión, precisa Critchley que la genialidad de Bowie “consistía en convertirse en otra persona lo que durase la canción, y algunas veces a lo largo de todo un álbum o incluso de toda una gira. Bowie era un ventrílocuo”. Y añade: “por frágiles y espurias que sean nuestras identidades, [Bowie] nos dejaba (y sigue dejándonos) creer que podemos reinventarnos. De hecho, podemos hacerlo porque nuestras identidades son así de frágiles y espurias. Bowie, que, según parece, se reinventó a sí mismo sin límites, también nos hizo creer que nuestra propia capacidad para el cambio era ilimitada”.
Por otra parte, “se supone que las estrellas del pop, como el espantoso Bono, tienen que convertirse en versiones descafeinadas de Salman Rushdie y soltar tópicos liberales sobre el estado del mundo y lo que podemos hacer para remediarlo. Pero Bowie, aquí, desmonta esa complacencia liberal exponiéndola a una crítica sencilla y visceral. Las alfombras baratas con las que decoramos nuestros hogares las hace gente que vive en cabañas de mierda de camello. En lugar de entretenernos con fraudulentos programas políticos, Bowie afirma sencillamente que ‘no es ningún juego’. Esta mierda es algo serio”. En otras palabras: “La base, la constante, el fundamento de las obras más importantes de Bowie es que el mundo está jodido, agotado, viejo y acabado”.
Por eso mismo, señala Critchley, “La lucha por la realidad que es como Bowie describe toda su carrera artística, se revela un fracaso. No existe realidad fundamental con la que podamos dotar de sentido al mundo. Cuanto más luchamos, más nos acercamos a la nada. El sentido se disuelve en el sinsentido”. Esto explica que “la palabra nada aparece recurrentemente en sus letras y en los afectos que esas letras buscan señalar. Por ejemplo, en Heroes, Bowie canta: ‘no somos nada y nada puede ayudarnos’. En el núcleo de la música de Bowie encontramos la exaltación en torno a una experiencia de la nada y la tentativa de aferrarse a ella. Eso no significa que Bowie sea un nihilista. Au contraire. (…) ¿Dónde estamos ahora? He hablado ya de la disciplina extraordinaria de Bowie como artista. Es un creador de ilusiones que sabe que lo son. Aprendimos a seguirlo de una a otra, y al hacerlo, crecimos. Detrás de la ilusión no hay una realidad escurridiza, sino nada. Aun así, esa nada no es nada, por así decirlo. No es vacío, ni descanso, ni cese de movimiento. Es una nada tremendamente agitada, moldeada por nuestro miedo, sobre todo por nuestro timor mortis, nuestra terrible enfermedad hasta la muerte”. Bowie mismo lo dijo en I can’t give everything away: “ver más y sentir menos / decir no y querer decir sí / ésta ha sido toda mi intención / ése es el mensaje que envié”.

Tres de Bowie
Bowie en I can’t read: “el dinero va al cielo del dinero / los cuerpos van al infierno de los cuerpos”. Bowie en Survive: “eres el gran error que nunca cometí”. Bowie en The next day: “saben que Dios existe porque se los dijo el diablo”.

Citas de Bowie
  • La unidad de nuestra vida consiste en la coherencia del relato que podamos contar de nosotros mismos. Lo gente lo hace continuamente. Es la mentira que subyace en el concepto de ‘memorias’. Es la razón de ser de un pedazo enorme de lo que queda de la industria editorial, que se alimenta del horroroso submundo de los cursos de escritura creativa. En contra de esto, y como Simone Weil, yo creo en una escritura decreativa que avanza por espirales de negación en continuo ascenso hasta alcanzar la… nada.
  • El genio de Bowie reside en el meticuloso encaje del sentimiento con la música por medio de la voz.
  • La música como la de Bowie no es una forma de restituir afectivamente a los seres humanos una especie de armonía preestablecida con el mundo. Eso sería banal y mundano, en el sentido literal con el mundo.
  • A mi humilde entender, la autenticidad es la maldición de la música de la que debemos curarnos.
  • Bowie/Ziggy recalibró la sexualidad de un modo disoluto pero destilado, decididamente atrevido, pero lleno de refinamiento. Era una especie de ascetismo degenerado.
  • Si bien la música de Bowie nace del aislamiento, no es en absoluto una afirmación de soledad. Es una tentativa desesperada de sobreponerse a la soledad y encontrar alguna clase de conexión. En otras palabras, lo que define realmente bien la música de Bowie es la experiencia del anhelo.
  • Aunque me alegraba que Bowie fuese feliz, secretamente prefería la música que producía cuando tocaba fondo.
  • Si a Sócrates se le considera el hombre más sabio de Grecia porque afirma no saber nada, entonces puede que la postura de Bowie con respecto a la realidad no sea tanto posfilosófica como poscientífica, o esa que viene tras el fracaso de una concepción positivista de la ciencia.
  • Hay un anticlericalismo persistente en Bowie, y una oposición a cualquier forma existente de religión organizada, con una particular vehemencia reservada al cristianismo.
  • Bowie ansía una auténtica religiosidad, una dimensión de la vida espiritual que no esté contaminada por la Iglesia o el Estado.
  • Lo que negaba era la palabrería; la falsedad; todos esos significados sociales, tradiciones y marañas identitarias acumuladas que nos constriñen, en especial en cuestiones de género y de clase.
  • La obra de Bowie trató de la muerte desde el principio.
Tomado de Gozar Leyendo correo-e enviado por http://www.lunalibros.com


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