Para mí era muy importante escribir sobre la manera en la que somos criadas las niñas: Gloria Susana Esquivel, autora de Animales del fin del mundo




Bogotá.
Animales del fin del mundo (Alfaguara, 2017) es el más reciente libro de la periodista, traductora y poeta Gloria Susana Esquivel, cuya obra presentará en próximo Martes 28 de marzo en Bogotá.

Esta es la historia de Inés, una niña de 6 años que vive con sus abuelos y su madre en una casa enorme. Se desarrolla en la Bogotá de finales de los 80, y la violencia que está ocurriendo fuera de la casa —Inés escucha carros bombas estallar afuera de su casa y a sus familiares comentar las noticias de candidatos presidenciales que son asesinados con frecuencia— irrumpe en sus juegos y en la manera en la que intenta entender el mundo. Pero esa no es la única violencia que ronda a esta niña. Dentro de la enorme casa en la que vive, las relaciones familiares también están contaminadas por mucha tensión. Los deseos y fantasías de Inés por sentirse a salvo se verán truncados por la manera torpe en la que los adultos a su alrededor se relacionan.

-¿De dónde viene el título Animales del fin del mundo?
Viene de la manera en la que Inés intenta relacionarse con el mundo que la rodea. El libro está lleno de metáforas sobre animales: Inés ve a su mamá como una felina y su padre es a veces un tiburón, otras un pez de río. La misma Inés se va transformando a lo largo de la historia y pasa de ser una niña domesticada a ser una criatura salvaje.

-¿Cuál es la mirada a la infancia que propone Animales del fin del mundo?
Hay una cita de Flannery O´Connor que dice: “Cualquiera que haya sobrevivido su infancia tiene información suficiente sobre la vida para el resto de sus días”, que me parece que es muy acertada a la hora de hablar de la infancia. Existe un lugar común y es pensar que la infancia es una época idílica y que se debe resguardar a los niños de las cosas terribles del mundo, sin reparar que las dinámicas familiares o escolares muchas veces están llenas de tristeza y crueldad. Recuerdo que alguna vez Yolanda Reyes comentó en su columna de prensa que la infancia es un momento lleno de secretos a voces, pues los adultos quieren silenciar el lado más duro de la vida para resguardar a los niños, como si esa censura sirviera de algo a la hora de enfrentar el mundo; y que es la literatura la que le da voz a esos agujeros negros.
La idea que está latente detrás de este libro es hacer el ejercicio inverso: ¿qué pasa cuando una niña no tiene más remedio sino nombrar ese universo difícil y cruel que subyace detrás de algunas emociones humanas, para poder entender su propio mundo?



-¿Por qué ubicar la infancia en una situación de apocalipsis?
En el caso de Animales del fin del mundo, la protagonista tiene un temor profundo de que el mundo se acabe. Su mente infantil construye fábulas exageradas y le da licencias para imaginar cómo será ese fin del mundo: tal vez un estruendo terrible, similar a la explosión de un petardo al lado de su casa, o una avalancha silenciosa que borre todos los animales de la Tierra. Pero lo cierto es que su mundo familiar, la inminente separación de sus padres, su madre intentando rearmar su vida, son también pequeños fines del mundo mucho más devastadores que esos apocalipsis que ella imagina.

-¿Cómo aparecen los hombres y las mujeres en ese fin del mundo?
Para mí era muy importante escribir sobre la manera en la que somos criadas las niñas: a veces resguardadas del mundo, pidiéndonos que nos comportemos y que “seamos buenas”. Creo que muchos de esos comportamientos que nos piden regular cuando niñas, y que no son necesariamente regulados para los niños, luego se convierten en una parte fundamental de nuestra identidad femenina. Además, me interesaba mucho pensar en esa generación de mujeres colombianas jóvenes que fueron madres a mediados de los 80, pues ellas fueron las primeras en experimentar los cambios producidos por la liberación femenina de mayo del 68. La madre de Inés trabaja y es madre soltera, y muchas de sus decisiones de vida son retadas violentamente por el orden que ha impuesto el abuelo. Me interesaba mucho explorar esas tensiones, pues finalmente se convierten en los retos y experiencias que tenemos las mujeres día a día. Esa convivencia ambigua con nuestra feminidad y nuestra fuerza, muchas veces reprimida por el orden establecido, es la que moldea el lugar desde el cual ocupamos el mundo.

-¿Cómo dialoga esta novela con la realidad colombiana?
Para mí era muy importante situar la novela a finales de los 80, porque habla también de la experiencia que yo viví creciendo en una Bogotá azotada por la violencia del narcotráfico. Fue solo hasta que conocí colegas y amigos de otros lugares de Latinoamérica que entendí que no había sido normal crecer entre la zozobra, y que la violencia regulara nuestras rutinas, nuestras actividades, hasta nuestra manera de hablar. Aún hoy, con los más recientes petardos que han puesto en la ciudad, resulta normal escuchar la frase: “cuídese de las bombas, mejor no salga”, como si la ciudad no fuera un territorio habitable sino una zona de guerra. Me parecía importante pensar en la mente de una niña que escucha primero hablar sobre magnicidios, sicarios y carro bombas que del coco, y en cómo se diferenciaría esa psique de la de otros niños que no tienen tan cerca la amenaza de la muerte.

Piedad Bonnett dice que el lenguaje de esta novela es “metafórico, profuso, deliberadamente artificioso” ¿A qué se refiere esto?
Creo que escribir sobre la infancia, desde la infancia es muy difícil, pues es una época en la que hasta ahora estamos adquiriendo habilidades lingüísticas. Todo lo que experimentamos cuando niños de alguna manera se encuentra por fuera del lenguaje, pues la vida pasa mucho más rápido, es mucho más compleja y se desborda más allá de las frases sencillas que aprendemos en las cartillas de lectura. Por esta razón, hubiera sido un error y una ingenuidad intentar escribir sobre la infancia con un lenguaje denotativo y realista. Mi interés a la hora de escribir sobre esta época de la vida era encontrar otras posibilidades del lenguaje, llevar al máximo sus expresiones poéticas, y convertir al lenguaje también en un lugar lúdico que refleje lo sinuoso y agridulce de esta época.

*Entrevista a Gloria Susana Esquivel enviada por Alfaguara.




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