Mirando tus libros, Nicolás (Homenaje a Nicolás Suescún)



para Margarita


Por: Álvaro Castillo Granada / Bogotá.


Mirando tus libros, las dedicatorias de tus libros, las que me hiciste en algunos casos a regañadientes porque en el fondo sabías que no era necesario, ¿para qué escribir con letras en una página lo que está escrito con el alma en actos?; volviéndolas a leer una a una, hasta detenerme en la primera que me hiciste en Los cuadernos de N (“para Álvaro colega, hermano, que como yo ha vivido entre libros y para los libros, éste, mío, fragmentario, pero con algo, espero de poesía, con mucho afecto, Nicolás Bogotá, Dic. 5/94”), que me llevaste para mi asombro a la librería donde en ese entonces trabajaba y me entregaste con esa sonrisa de tímido/pícaro que siempre te acompañó, como quién no quiere la cosa pero sabe que desea hacerla.

Mirando tus libros recorro los espacios, el circuito de nuestra amistad larga, muy larga… Una amistad en la que entregaste todo sin pretender hacerlo, sin saberlo, sin quererlo. Porque ese eras tú: un hombre que vivía y habitaba la literatura sin poses ni aspavientos. Respirabas y pulsabas literatura como el aire y la sangre que necesitamos para vivir. Sin nombrarla, sin hacer de ella una panacea o una tribuna. Como si leer y escribir fueran lo más natural del mundo. Lo más simple. Lo más sencillo. Lo más obvio.

Oírte hablar de tus autores favoritos (cosa que no hacías todo el tiempo) era adentrarse no en un bosque encantado sino en un camino asfaltado, un laberinto de calles, en el que lo fascinante era ir descubriendo paso a paso, esquina a esquina, todas las voces que nos pueden hablar para permitirnos encontrarlas en nosotros mismos y de ahí, a partir de ese encuentro azaroso, ver el mundo con otros ojos. Nombrabas autores como nombrar esquinas: posibilidades de aventuras.

Y estabas cuando tenías que hacerlo. Cuando eras necesario y útil. Recuerdo cuando quedé desempleado y sin rumbo claro en 1998. Me invitaste a tu casa y sacaste tu agenda para buscar a quién pudiera yo venderle libros a domicilio. Ese instante, ese gesto tuyo, se quedó grabado en mi alma con tinta roja indeleble (como deben fijarse los recuerdos).



Recuerdo ahora ese viaje maravilloso que hicimos, junto a Álvaro Rodríguez Torres, Alvarito, a un “Encuentro de la palabra” en Riosucio (Caldas), gracias a la complicidad de Sonia Cárdenas. Estabas feliz. Dichoso. Rodeado del afecto inmenso y la admiración de una multitud de jóvenes que de repente se encontraron con un escritor que era más joven, contemporáneo e irreverente que cualquiera. Un escritor que nunca perdió la capacidad de asombrarse y de estar en el mundo. Una noche hubo una lectura tuya de Los cuadernos de N. Te rodeaba una multitud que no cesaba de gozar ante la revelación que se le estaba dando: la literatura está en la vida y hace parte de ella sin poses ni artificios. Sin estruendos. No dejaban que interrumpieras la lectura de tu libro. Creo que lo leíste todo. Llegó un momento en que dijiste “Los estoy viendo triple”.

Cuando en el 2004 se celebró el centenario del nacimiento de Pablo Neruda me encargaron hacer una exposición en su honor en la Biblioteca Nacional de Bogotá. Trabajamos intensamente junto a Alvarito. Una mañana me llamaste y me dijiste que fuera a tu casa. Al llegar tenías en tus manos la edición de Obras completas de Neruda que publicó la editorial Losada en 1962. Un tomo rojo inmenso algo trajinado por el tiempo. Estaba dedicado a ti por Pablo Neruda en 1965, en París. Me le extendiste con esa sonrisa tuya que veo ahora y que me va a acompañar siempre. “Quiero que tú lo tengas pero tienes que darme otro igual”. Sin poder creer (pero creyéndolo) el acto que estabas haciendo te dije que “Sí, claro. Yo tengo uno igual”. Y los intercambiamos. Ese libro permanece junto a mí como uno de mis más grandes tesoros.

Confiaste en mí para ser el editor de tres libros tuyos en Ediciones San Librario: Los cuadernos de N, Este realmente no es el momento y tu traducción de Un verde pensar bajo una sombra verde, de Andrew Marvell. Aprendí del oficio junto a ti que me enseñabas sin hacerlo. Hablando y mostrando. Dejando que yo descubriera.

En el 2005 te propuse hacerte una entrevista. Aceptaste intrigado. Respondiste una a una mis preguntas en tu biblioteca (la misma que muchos años después ordenamos y clasificamos junto a Margarita durante varios fines de semana. Casi no terminamos porque cada libro que sacabas o dejabas era motivo de una conversación que era para mí una revelación). La conversación fluyó de una manera extraordinaria. Tus recuerdos rodaron uno tras otro sin parar. Esa entrevista fue después publicada por la revista Número y Casa de las Américas. Don Roberto Fernández Retamar me escribió preguntándome si tú estarías interesado en ser jurado del premio Casa. Yo le respondí que con toda seguridad lo estarías. Le di tu correo, te llamé, te escribió y en enero de 2006 compartimos junto a Margarita, tú Margarita, unos días maravillosos en La Habana. Hay una foto entrañable que te tomé caminando por el parque Lennon. Llevas puesta una camiseta con un ave de Magritte. Andas distraído dejando que tu mirada se pose y se vaya como un pájaro de nubes y espacios.

Estaba esta mañana mirando tus libros, las dedicatorias que me escribiste, después de enterarme de la noticia de tu partida. Hablé con Margarita. Hacía unos días había ido a verte. Me despedí con un beso en tu frente. El único beso que te di en casi treinta años de amistad. Junto a los libros había una revista del Departamento de Humanidades de la Universidad Industrial de Santander de 1970 donde estaba incluido un cuento tuyo: “De pronto uno se despierta”. Había metido en ella (como acostumbro hacer con los autores que amo y admiro) recortes de periódicos y revistas. Encontré unas hojas impresas con poemas tuyos (entonces inéditos, después incluidos en Poemas Noh) que me habías regalado. Leí el primero en voz alta:


La voz de nadie



La palabra de un hombre
Es como la de nadie
Ambas deben oírse
Pero más la de nadie
Que es la de todos


Ese eres y serás tú: alguien que quiso ser nadie y de tanto quererlo y pretenderlo se convirtió en uno solo, inolvidable e irrepetible: Nicolás.

Me quedo contigo, con tus libros, con tus sonrisas, con tu mirada de pícaro, con “el retorno a casa”, compañero…


Abril 15 de 2017

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