El escritor que escribía para que sus amigos lo quisieran más

Por Antonio Acevedo Linares.


Muchos años después, frente a la máquina de escribir, el escritor Gabriel García Márquez habría de recordar aquella tarde remota en que terminó de escribir la novela Cien años de Soledad, con su pueblo imaginario situado al oeste de Riohacha llamado Macondo fundado por José Arcadio Buendía. La novela era entonces un género costumbrista y nuestras más representativas novelas eran La Vorágine de José Eustasio Rivera y María de Jorge Isaac. La historia del coronel Aureliano Buendía y sus treinta y dos guerras perdidas en las muchas guerras civiles que asolaron al país desde finales del siglo XIX, fundaron lo que más tarde se conocería como el realismo mágico con su precursor de lo real maravilloso en Alejo Carpentier, con sus inolvidables personajes como Mauricio Babilonia y sus mariposas amarillas, Melquíades y sus inventos traídos de todo el mundo, Remedios, la bella, que se eleva al cielo con sus sábanas blancas, etc. He leído el Quijote americano, dijo Carlos Fuentes en una carta a Julio Cortázar. La crónica de los Buendía es narrada desde la fundación de Macondo con todas sus relaciones incestuosas en donde sus hijos nacen con cola de cerdo y con la llegada del ferrocarril se presagiaría la matanza de las bananeras. Los más de tres mil muertos de ese episodio hacen más real la versión literaria que la versión oficial del gobierno o la historia. Entre la realidad y la ficción está construida su obra. No hay una sola línea de la obra que no tenga una base o un sustento en la realidad dijo alguna vez García Márquez.


La crónica de los Buendía es narrada desde la fundación de Macondo con todas sus relaciones incestuosas en donde sus hijos nacen con cola de cerdo y con la llegada del ferrocarril se presagiaría la matanza de las bananeras

Nuestro más universal de los escritores de la literatura colombiana, así no le hubieran otorgado el premio Nobel, se sentía orgulloso de ser no más que el hijo del telegrafista de Aracataca. Su universalidad le viene porque fue capaz de describir su aldea, como lo señalo Tolstoi y toda su obra fue una trasposición poética de la realidad como lo afirmó siempre. En América Latina no hubo escritor más popular que hasta las reinas de belleza lo consideraban su escritor favorito. El escritor que escribía para que sus amigos lo quisieran más, entendía el compromiso político diciendo que el deber revolucionario de un escritor era escribir bien. Se le criticó su fascinación por el poder, pero en realidad era el poder el que estaba fascinado con él. La literatura, dijo, es el mejor juguete que se ha inventado para burlarse de la gente.

García Márquez tuvo la suficiente irresponsabilidad para ser escritor, como el mismo lo dijo, que aguantó hambre en Paris mientras escribía, El coronel no tiene quien le escriba y se desentendió de los deberes domésticos para encerrarse a escribir Cien años de soledad en México. Su obra literaria nos deja un enorme legado de sabiduría en torno a la definición o visión del amor, el poder, la vejez, la soledad, la muerte etc., que existirá por siempre en el cielo de la literatura universal, así lo hayan condenado a vivir en un lugar que no existe. Un día caminando por las calles de Cartagena de Indias me lo encontré a la entrada del Museo de Arte Moderno y de ese encuentro escribí este poema.


El escritor que escribía para que sus amigos lo quisieran más, entendía el compromiso político diciendo que el deber revolucionario de un escritor era escribir bien



Poema para recordar a Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias



Ella junto a mí

y yo junto a ella

caminábamos por

las calles de Cartagena de Indias

el mar nos abrazaba

desde la orilla

y resplandecía como un espejismo

en el desierto

las calles de piedra

de la Inquisición tenían los árboles

a la intemperie azotados por el viento

y entramos, como tomados de la mano

al Museo de Arte Moderno

ella seguía caminando

junto a mí y yo seguía

caminando junto a ella

mientras recorríamos mirando

las fotografías en blanco y negro de

/Ellen Reigner

y allí, en la soledad del salón

mirando estaba las fotografías

y yo llevaba en mi mano

“Bajo el signo de Ellen”

su hermoso prólogo a las fotografías

en el catálogo.

Se quedó mirándome

estuve mirándolo por un momento

me le acerque y mientras estrechaba

su gruesa mano de viejo marinero

ella se había quedado mirando los niños

que la miraban tristes desde las fotografías

conversamos, por breve momento

sobre el difícil arte de la escritura

y luego se alejó mirando los cuadros

de fotografías en la pared

ella había llegado a mi lado

y como tomados de la mano, salimos del

/Museo.

Afuera hacía mucho viento

y el mar resplandecía como siempre

y ella seguía caminando junto

a mí y yo seguía caminando junto a ella

por la carretera junto al mar de Bocagrande.


 *ANTONIO ACEVEDO LINARES.

Poeta, ensayista y profesor universitario. Ha publicado: Arte Erótica, 1988. Seis Plegables de poesía. Los girasoles de Van Gogh, 1999, Antología Poética (1980-1999) Vol 1. Atlántica, 2004, Antología Poética, (1980-2004) Vol 2. CD de Poesía de viva voz, 2004. En el país de las mariposas, 2007, Antología Poética, (1980-2007) Vol 3. Por la reivindicación del cuerpo y la palabra, (Reseñas criticas) 2008. La pasión de escribir, 2013. La poesía está en otra parte, 2016. 

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