Entre literatura y partituras (Crítica a la obra literaria de Felisberto Hernández)


Por: Mónica Chávez González */ Ecuador


¿Un narrador pianista o un pianista narrador? Un escritor amante de las melodías del teclado, no un literato musicólogo como Alejo Carpentier, pero sí un tecladista apasionado; por sus letras se cuelan su ferviente devoción por el piano y su talento magistral para crear personajes ‘extraños’, ‘marginales’, tendenciosos. La literatura de Felisberto Hernández es un ejemplo de libertad desde el mero hecho de que sus letras, tan tercas como él, se opusieron a ser encasilladas en algún estilo literario concreto; sus historias surgen desde la memoria, el recuerdo, la evocación.

Felisberto nació en Montevideo el 20 de octubre de 1902 y a los nueve años ya empezó sus estudios de piano, bajo la enseñanza del maestro Clemente Colling; a los dieciséis, debido a sus carencias económicas, comenzó a ganar dinero dando clases de piano y a tocar en las salas de cine mudo, hasta llegar a los veinte años para ofrecer recitales de piezas consagradas y de creación propia.

Aunque sus primeras publicaciones literarias fueron a los veintitrés años, nunca alcanzó a ver una gran repercusión de su obra mientras estuvo vivo; el primer libro en salir a la luz, Fulano de tal, fue en 1925, edición financiada por su amigo José Rodríguez Riet; después le seguiría el Libro sin tapas, literalmente un libro que no tenía tapas, publicado en 1929 con ayuda de Carlos Rocha.

A pesar de que nunca fue un escritor famoso, hubo quienes se convirtieron en fieles admiradores de su obra, entre ellos se destacan Julio Cortázar, Ítalo Calvino, Juan Carlos Onetti; siendo este último quien señalaría acertadamente que “(…) Felisberto nunca fue ni será un escritor de mayorías”[1].



La literatura de Felisberto Hernández es un ejemplo de libertad desde el mero hecho de que sus letras, tan tercas como él, se opusieron a ser encasilladas en algún estilo literario concreto; sus historias surgen desde la memoria, el recuerdo, la evocación.

Se lo ha vinculado con autores representantes de la literatura fantástica como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Macedonio Fernández, pero, aunque lo fantástico ha estado presente en sus relatos, solo ha sido un recurso para permitirle una reflexión de sí mismo; los textos del uruguayo van mucho más allá, se topan con la estrategia de un escritor que teje caminos con el lector, sumergiéndolo en la sospecha, al participar de sus historias que son un juego confuso entre memoria y creación; porque nadie como él para otorgarle vida propia a sus cuentos, con un lenguaje estructurado–no desde la lógica, sino desde la conciencia–para crear el mundo exterior desde dentro, donde la historia da inicio a partir del recuerdo.

Además de Onetti hubo otro gran literato, admirador confeso de la literatura de Hernández, como Julio Cortázar, quien le escribió el prólogo a Las hortensias (1975); a decir del autor de Rayuela, la obra del montevideano posee una “realidad total que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio”[2].

En Nadie encendía las lámparas (1946), el uruguayo nos demuestra cómo es capaz de darle voz a esos ‘seres’ que llevan una vida paralela a la nuestra: las joyas, el reloj, los muebles… y que son parte de ese universo ficcional; al mismo tiempo, a medida que reparamos en su existencia vemos cómo esos objetos tienen, además de una vida propia, lo que es mejor aún, una conciencia. Nos encontramos con la calle que le brinda cariño y compañía a una muchacha, con el balcón que se suicida, con el resto de cuerpos inertes pero que iluminan las noches oscuras; asimismo, a través de sus personajes, se filtran en sus relatos los rezagos del Felisberto concertista: un gato que se sube encima del piano durante un concierto del músico, mientras en otro relato un pianista es contratado por una mujer para acompañar sus labores del hogar con la melodía de las teclas. Son historias sencillas pero que narran con eficacia ese conflicto humano entre sueño y realidad, logrando que el lector quede prendado y quiera seguir leyendo. 


Y es que Felisberto transgrede todas las normas del canon literario de la época, va en contra de cualquier orden de verosimilitud y le da una nueva disposición a su escritura ambivalente fundada en la alteración del nivel verbal

Y como si esto fuera poco, para agrandar el talento de este narrador genial, podemos encontrar atisbos de autoficción en sus páginas; aunque este término surge mucho después (1977), ya sabemos que los precursores de este recurso han sido Borges, Macedonio Fernández, entre otros; fiel a su poética, en esa búsqueda incansable por el “yo”, por encontrarse, podemos destacar Por los tiempos de Clemente Colling, una obra de gran trascendencia y considerada la más importante, a criterio de Juan Carlos Onetti[3].No en vano se atrevió a sentenciarlo, pues esta novela corta, publicada –por primera vez– en 1942 supondrá un texto de gran composición literaria haciendo que autor y personaje se entrecrucen en el mismo plano, a través del músico; compuesta a base de tintes autobiográficos, que le hacen guiños al lector, nos cuenta la historia de un ciego que le enseña música a otro ciego, es el proceso de aprendizaje de un artista y su composición.

La historia se nos presenta mediante signos que solo comparten los ciegos, para comunicar sus conocimientos musicales; es una especie de misterio que se nos revela a base de testimonios, anécdotas, consejos, entre maestro y discípulo para ir indagando en algo más profundo que es el conflicto de si Felisberto (el propio autor) será o no escritor al lograr desprenderse de las subjetividades de sus recuerdos. Por lo tanto, los datos externos como las anécdotas, los rasgos de verdad o ficción, corresponderán a la eficaz estructuración estética que servirá para develar el juego narratológico, donde lo realmente importante consiste en que el lector descubra e interprete ese significado del conflicto oculto dentro del relato.

El personaje, que surge como álter ego del autor, es el que nos permite ir entrando en este juego ambiguo y confuso entre fantasía y realidad; nos encontramos ante un contrato de lectura versátil o manipulable que enlaza a autor y lector en la elaboración de un juego de búsquedas, interrogantes y sospechas que proporcionan la reelaboración del texto a la medida de los intereses o convicciones previas del lector; en este carácter lúdico el lector asume el rol de receptor activo que lo ejerce a partir de su comprensión de ideas y reflexiones en función de la obra, la esencia de la vida que se está narrando.

Por ello no es extraño seguir sumando literatos adeptos a la narrativa felisbertiana, como Ítalo Calvino, quien abre el prólogo para la edición italiana de Nessuno ascendeva le lampade (Nadie encendía las lámparas) y asegura del uruguayo que “es un escritor que no se parece a ninguno; a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un ‘irregular’ que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero a cada página se nos presenta como inconfundible”[4].

Y es que Felisberto transgrede todas las normas del canon literario de la época, va en contra de cualquier orden de verosimilitud y le da una nueva disposición a su escritura ambivalente fundada en la alteración del nivel verbal; como todo escritor que escribe en voz baja, el tiempo se encargó de otorgarle una importancia relevante póstuma, ya cuando las modas y los encasillamientos no lo hayan atado para otorgarle un lugar en la literatura hispanoamericana.




[1]Onetti, Juan Carlos, “Felisberto, el naïf”. Revista Cuadernos Hispanoamericanos # 302, agosto de 1975, página 257.


[2] Cortázar, Julio. “Prólogo”. La casa inundada. Buenos Aires: Lumen, 1975.


[3]Hernández, Felisberto. Obras completas. Vol.3. México, D.F.: Siglo XXI, 2009.


[4]Hernández, Felisberto. Obras completas. Vol.1. México, D.F.: Siglo XXI, 2009.



* Mónica Chávez González. Periodista. Licenciatura en Comunicación y Literatura.





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