Relato: Cuando atendí a una puta y no sabía que era puta

Por: Felipe Lozano / Bogotá.


A los ocho años me pasaba lo mismo que a muchos niños: quería salir pronto de la niñez para ser adulto. Cuando estaba en época de vacaciones o llegaba el fin de semana, mi mamá me llevaba al centro comercial de la calle 64 con carrera 13, donde tenía dos locales con mi papá. Yo aprovechaba las visitas para hacer una de esas cosas de gente grande: trabajar. A veces, cuando mi mamá se ausentaba por alguna razón, me ponía al frente de uno de los locales y con muchas ansias esperaba a los clientes. En varias ocasiones se acercaron a las vitrinas para ver los aretes, pulseras, collares o gargantillas que ofrecíamos. Aunque era pequeño, mi habilidad para vender era bastante buena. Les hablaba de la calidad de los productos, de su belleza y procedencia, salía con cosas como “esto no lo consigue por acá, el precio es bastante bueno. Señora, cómo le luce”. Pagaban, les daba el cambio si era necesario, empacaba el producto y me despedía como el niño decente que era. Y ese adulto de menos de metro y medio que era yo, sacaba pecho.

De todos los clientes que atendí, solo recuerdo a uno. O mejor dicho, a una clienta. Llegó una noche en la que mi mamá se ausentó por un momento y yo me quedé solo en el local 56, un espacio en el que me sentía bastante cómodo por su amplitud. Estaba sentado en la silla-escalera y miraba lejos, hacia la rampa que conducía al único restaurante que tenía el centro comercial, cuando por la derecha brotó una mujer bien particular: tenía el pelo negro, largo hasta la mitad de la espalda, ondulado y englobado al frente, como bien se usaba a principios de la década de los noventa; un vestido negro que escasamente tapaba sus protuberantes glúteos, con múltiples caminos que parecían cosidos con hilos de oro, unas hombreras exageradas de las que se desprendían uno flecos dorados y unas candongas inmensas que descansaban en sus hombros. Su maquillaje era bastante vistoso y el olor que despedía era dulzón, un tanto a insecticida.

Después de ponerme a la orden, me saludó de forma muy cortés, tal vez bastante, y me miraba como si quisiera meterse en mis ojos. Se acercó lo suficiente para que las luces de la vitrina resaltaran el delineador que se extendía casi hasta las sienes, las sombras azuladas de sus ojos y el intenso rojo de su labial. Apoyó sus voluptuosos senos en el vidrio y se inclinó un poco. Un dedo índice larguísimo me señaló una balaca que tenía en un mostrador al interior del local. Yo me levanté en uno de los escalones de la sillita y me di vuelta para alcanzar el accesorio. El dedo me señalaba más cosas en la vitrina y yo me empinaba para ver lo que la mujer buscaba y ponerlo a su disposición.

Entre risas, una conversación amable y algunos roces de sus dedos con el envés de una de mis manos, le fui ubicando sobre la vitrina una increíble cantidad de mercancía que ella parecía dispuesta a comprar. En ese momento me sentí todo un adulto capaz de ponerse al frente del negocio familiar, un tipo exitoso que puede venderle cantidades de cosas a mujeres que saben poner sus senos en un vidrio para que descansen de tanta gravedad. Ella no dejaba de mirarme de esa manera que era nueva para mí y me producía una extraña cosquillita que no sabía exactamente de dónde provenía, pero me hacía sentir diferente frente a aquella mujer. Y entonces, se oyó la voz más seria de mi mamá por detrás de la clienta: “¿En qué puedo ayudarle, señora?”. Se volteó asustada y encontró una mirada desafiante. Mi mamá corrió la puerta de rueditas del local y entró para hacerse a mi lado. La mujer había bajado sus manos a donde yo no podía verlas y la expresión de su rostro había cambiado, aunque no dejaba de sonreír. Se alejó unos pasos de la vitrina y sus senos recuperaron su redondez. Le señaló algo a mi mamá, ella le dijo el precio, la mujer le entregó el dinero y mi mamá le empacó lo que fuera que se haya llevado. Así de rápido. Mi mamá solucionó en segundos lo que a mí me había llevado minutos. “Gracias por su compra”, le dijo. La mujer le agradeció también por la atención, dio la vuelta y caminó unos metros. Le vi el vestido por detrás. Era tan corto que se notaba claramente dónde terminaban sus piernas y se veía una pequeña sombra entre ellas. Luego se detuvo, como si hubiera olvidado algo. Volteó su cabeza y me miró. Levantó sus dedotes y los movió como si fuera una caricia a la distancia, más que una despedida. Yo le correspondí el gesto y le regalé una sonrisa.

Mi mamá me tomó del hombro y me giró bruscamente hacia ella. Tenía esa cara de estar conteniendo una explosión de ira, parecía una olla a presión. “Tienes que aprender a identificar a esas mujeres, ¿entendiste?”, dijo entre dientes con todo el énfasis en “¿entendiste?”. Comenzó a recoger la mercancía que la mujer no había llevado y luego la acomodó en los lugares que le correspondía. No volvió a salir del local hasta que llegó mi papá con una de mis hermanas. Claro, fueron informados del suceso y me veían con el ceño un poco fruncido. Los vecinos de los locales, que habían visto todo, hacían lo mismo o se aguantaban las risas.

Tiempo después de esa orden disfrazada de consejo o ese consejo en tono de orden que me dio mi mamá aquella noche, puedo decir que me cuesta identificar a “esas mujeres”, sobre todo cuando saben entablar conversaciones amables y persuaden con una dulce voz, una risita tímida o una mirada que tiene algo de familiar con la de mi clienta (aunque eso lo comprendí mucho después, cuando ya era tarde). No necesitan vestidos cortos con grandes hombreras o exceso de maquillaje, porque recurren a múltiples disfraces. Algunas entraron a mi casa como estudiantes, profesionales y hasta madres, usaban perfumes exquisitos, se sentaron como damas en la sala, compartieron algunos momentos gratos en familia y hasta lavaron la loza.

“¿Entendiste?”: no, mamá, no entendí.




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