Arte. Leo Matiz: el fotógrafo de los muralistas mexicanos (I)

Los aportes de México a la cultura latinoamericana han sido fundamentales; muestra de ello es la influencia que el país manito ejerció sobre el maestro colombiano Leo Matiz quien, por su parte, logró impactar aquella nación con su extraordinaria obra fotográfica, que alcanzó a captar la grandeza del muralismo. Aquí algunas anécdotas de su vida en la nación hermana. 

POR: JUAN CAMILO RINCÓN


Mientras en Europa las décadas de los treinta y los cuarenta se teñían de sangre, producto de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, Latinoamérica florecía económicamente y recibía a los migrantes que huían desde el otro lado del océano. De Uruguay y Argentina salía la carne que alimentaba a los aliados en las trincheras, y México ofreció su techo a quienes habían perdido el propio. De los barcos se bajaban personalidades de todas las artes, como las pintoras surrealistas Leonora Carrington y Remedios Varo, y los escritores Max Aub y León Felipe. Aquella nueva patria, la patria de los exiliados, se fue convirtiendo en un espacio libre en un mundo marcado por el fascismo y la muerte. Todos querían conocer su cultura, sus murales, su arte. A sus tierras arribaron también el director español Luis Buñuel para hacer películas magistrales, y León Trotski para morir bajo la sombra de un hacha.

El ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941 llevó a Estados Unidos a involucrarse en la guerra que se peleaba lejos de casa. El país americano orientó gran parte de sus esfuerzos y recursos hacia el conflicto bélico, generando un vacío que México fue llenando de alguna manera, colmando con obras magistrales la necesidad de arte que tenía Latinoamérica. Los tocadiscos de lejanos pueblos colombianos enclavados en la cordillera central dejaron de reproducir las notas de Carlos Gardel, para inspirar a los enamorados con vinilos que contenían las voces de Agustín Lara y Javier Solís. En las proyecciones de cine las películas del lejano oeste fueron reemplazadas por las de Jorge Negrete, Pedro Infante y María Félix, aquella mujer de cuerpo renacentista que se convirtió en icónico objeto de deseo de los jóvenes de la época.

Mientras el celuloide era usado en Estados Unidos con fines bélicos, en México siguió siendo utilizado para el cine y, así, logró enamorar al continente. Contó sus historias de amor y despecho, se mostró en blanco y negro, nos regaló rancheras y corridos.

En las salas de cine bogotanas -2.600 metros más cerca de las estrellas- otro joven visionario cataquero (diez años mayor que Gabriel García Márquez) se deleitaba con las obras del cine manito. A Leo Matiz la película Allá en el rancho grande le reveló parte de su futuro.

Desde joven le dijeron que sería un buen pintor y así empezó a acercarse a las artes. Sin embargo, su gran habilidad estaba en el dibujo, y enfocó su talento hacia lo que estaba de moda en los periódicos de la época: la caricatura. Encomendándose al suicida santo del lápiz, Ricardo Rendón, empezó a crear una línea propia.

Leo Matiz y José Clemente Orozco. Fuente: Fundación Leo Matiz
Leo Matiz y José Clemente Orozco. Fuente: Fundación Leo Matiz



En una de aquellas funciones entendió que su porvenir estaba en otro suelo y entonces migró hacia el norte. Pasó por varias ciudades de Centroamérica en un largo recorrido hecho a pie, exponiendo dibujos, caricaturas, fotografías y pinturas, hasta llegar a México el 20 de agosto de 1940, día en que León Trotski fue asesinado.

Aunque los trazos sobre el papel le dieron cierto reconocimiento en publicaciones como La Nación, La Prensa y El Heraldo (Barranquilla), La Voz del Magdalena y El Estado (Santa Marta) y, además, lo llevaron a hacer exposiciones individuales de su trabajo en el Café Excelsior, la Asociación Cooperativa de Empleados del Magdalena y el Teatro Variedades (todos en Santa Marta) entre los años 1933 y 1937, esto no le bastaba y decidió trasladarse a Bogotá.

En la capital colombiana lo recibió el entonces director del diario El Tiempo, Enrique Santos MolanoCalibán”, quien le regaló una cámara y lo invitó a trabajar como reportero gráfico. En los ratos de ocio que le dejaba su labor como fotógrafo para aquel diario, además de El Espectador y la revista Estampa, pasaba sus tardes en los teatros de la ciudad asistiendo a las muchas películas mexicanas que deleitaban al público. En una de aquellas funciones entendió que su porvenir estaba en otro suelo y entonces migró hacia el norte. Pasó por varias ciudades de Centroamérica en un largo recorrido hecho a pie, exponiendo dibujos, caricaturas, fotografías y pinturas, hasta llegar a México el 20 de agosto de 1940, día en que León Trotski fue asesinado.

Ya en la capital azteca, se encontró con un poeta casi moribundo: Porfirio Barba Jacob, desquiciado incurable, le presentó la cultura local. Los vicios y la belleza que embriagaron a tantos artistas, arrastraron también al fotógrafo recién llegado; los días se volvían noches en la bohemia mexicana y Matiz se veía envuelto en su encanto impredecible. Recuerda al santarrosano como aquel hombre que vestía de luto y quien le dio el mejor de los consejos: debía calmarse y observar… gran lección para un futuro maestro del lente.

El fotógrafo, con sus credenciales aún calientes como reportero gráfico de El Tiempo logró en julio de 1941 -recién llegado- exponer en el Palacio de Bellas Artes bajo el título “Foto y dibujos”. Como lo indica la invitación al evento –cuidadosamente guardada por Matiz en un cuaderno de recortes que luego obsequiaría a su madre[1], este fue organizado por la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética de la Secretaría de Educación Pública y la Legación de Colombia en México. La tarjeta rezaba así: “… se honran en invitar a Ud. a la inauguración de la Exposición de Pinturas, Esculturas y Grabados de Artistas Colombianos Residentes en México. La ceremonia se efectuará en las Galerías del Palacio de Bellas Artes, a las 11 horas del domingo 20 de julio de 1941, día en que se conmemora el CXXXI de la proclamación de Independencia de Colombia. El poeta chileno Pablo Neruda llevará la palabra en el acto inaugural”. De esta también hicieron parte Julio Abril, Luis Alberto Acuña, Juan Sanz de Santamaría y Rómulo Rozo


David Alfaro Siqueiros y Leo Matiz. Fuente: Fundación Leo Matiz
David Alfaro Siqueiros y Leo Matiz. Fuente: Fundación Leo Matiz



“… fue con las fotografías que tomó tras su ingreso encubierto a la cárcel de Mazatlán, con autorización del Ministerio del Interior, `donde realizó un reportaje gráfico sobre las condiciones de los reclusos, que se ganó el reconocimiento de la prensa mexicana y con ello su aceptación en los círculos más exigentes del paísˊ”.


Durante sus primeros años en aquel país trabajó con las revistas Hoy, Nosotros y Así; a esta última llegó por recomendación de Barba Jacob y en ella colaboró en 87 números, de mayo de 1941 a noviembre de 1945. Sin embargo, como lo recuerda el curador de arte Eduardo Márceles Daconte, fue con las fotografías que tomó tras su ingreso encubierto a la cárcel de Mazatlán, con autorización del Ministerio del Interior, “donde realizó un reportaje gráfico sobre las condiciones de los reclusos, que se ganó el reconocimiento de la prensa mexicana y con ello su aceptación en los círculos más exigentes del país”[2].

El 14 de enero de 1942 muere su poeta amigo, dejándolo con una sensación de orfandad, aunque jamás derrotado. Como homenaje, tomó una foto a la máscara mortuoria hecha por Rodrigo Arenas Betancourt al maestro. El negativo original de esta se encuentra en la Fundación Leo Matiz como símbolo de una generación de nacionales que buscaron hacer arte lejos de sus fronteras, en un país hermano que siempre extendió sus brazos a los foráneos.

Para Matiz aquellos fueron años de intensa producción que le trajeron fama internacional. En 1942 se acercó a ese amor que había alcanzado a vislumbrar en un cine bogotano; fue seducido por su deseo de ser actor, pero al intentarlo se dio cuenta que los micrófonos lo asustaban. Optó entonces por ponerse del otro lado de la cámara y trabajó como fotógrafo de rodaje con el apoyo de Gabriel Figueroa y Manuel Álvarez Bravo. Su labor con la foto fija se constituyó en una forma de acercarse al sueño del cine, y allí aprendió a manejar la luz.


Espere la próxima semana la tercera parte de esta historia. Mientras tanto, cuéntenos: ¿sobre qué otros artistas latinoamericanos le gustaría conocer anécdotas? Escríbanos a jcrincon@librosyletras.com

Para conocer más sobre la obra de Leo Matiz, visite el sitio web de la fundación que rinde homenaje y preserva su obra: https://leomatiz.org/


[1] Este cuaderno de recortes es un documento inédito.

[2] Márceles Daconte, E. “El día que conocí a Leo Matiz en Nueva York”. El Espectador, 31 de marzo de 1017. Recuperado de: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/el-dia-que-conoci-leo-matiz-en-nueva-york-articulo-687278


JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
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