El escritor Laury Leite comparte con Libros & Letras un fragmento de su novela “En la soledad de un cielo muerto”

Laury Leite
Laury Leite


En exclusiva para Libros y Letras, el escritor mexicano Laury Leite ofrece un fragmento de su ópera prima. El mismo pertenece al segundo capítulo de su aclamada novela. En la soledad de un cielo muerto (Ediciones Carena, España 2017) viene siendo reconocida por la crítica española como “una obra contundente sobre las crisis del individuo en tiempos de globalización”.

«El tumulto de las grandes ciudades.» Esto se dijo André al observar el tráfico de su ciudad desde el asiento delantero del taxi que los llevaba del aeropuerto al apartamento de su madre. Cielo plomizo, lluvia, ruido de coches. Como esos ríos atestados de tanta basura que el flujo del agua queda paralizado, el tráfico obstaculizaba el tránsito de millones de personas. Era viernes y todos estaban ansiosos por interrumpir su semana laboral y renacer, ya en casa, en los múltiples placeres que proporciona el fin de semana. Y todo era descolorido; casi tan desvaído como el café que había apurado antes de bajarse del avión.

Al contemplar a la muchedumbre que se extendía ante él, pensó que gran parte de los habitantes de las grandes ciudades se arrastran como fantasmas de lunes a viernes en trabajos fastidiosos (yo, sin dudas, he sido durante años y años uno de ellos) y resucitan los viernes en la tarde. Por espacio de dos días y unas cuantas horas más abandonan el cautiverio de sus trabajos y, bajo la influencia de la libertad, el movimiento de sus vidas se emancipa. André recordó cómo, en «la ciudad de los muertos», sentía que Hélène sólo lo quería los fines de semana. Y él a ella. Entre semana sólo había tiempo para obedecer la rutina, para el «buenos días, periódico, café, noticias, trabajo, almuerzo, trabajo, ¿cómo te fue hoy?, cenar y a dormir y a empezar todo otra vez». Era como si el apremio por generar mayor riqueza les hubiera entorpecido la capacidad para dedicarse el uno a la otra. El riguroso mecanismo de la vida contemporánea apenas les había concedido un pequeño reposo para disfrutar de la improductividad. El grueso de su tiempo se lo había devorado la necesidad de acumular dinero, la medida de todas las cosas. Tal vez por eso las relaciones superficiales funcionan tan bien dentro del engranaje capitalista: no nos exigen dejar de producir y acumular. «Sí», pensaba André mientras veía la alineación de coches extranjeros que ratificaba el progreso de su sociedad, «hoy, en un par de horas, después de un baño caliente y una cerveza helada, todos van a olvidar sus trabajos y se van a querer durante dos días y unas cuantas horas más». Hasta que vuelvan a despertar en la pesadilla del lunes por la mañana, claro.



Después de girar su cabeza un par de veces con objeto de relajarse, examinó los edificios que flanqueaban la calle en busca de algún punto de referencia que estableciera su posición dentro de la traza de su ciudad. Estaba despistado y no reconocía el barrio que atravesaban. Todo y nada parecía haber cambiado. Ahí seguían, coronando los edificios, los carteles anunciando yogurts, ofertas telefónicas, programas de televisión, toallas femeninas o la dudosa probidad de los políticos. Pero así y todo, a diferencia de ocho años antes, le molestaba advertir que las caras con rasgos europeos (aunque con demasiado gel en el pelo para parecer europeos), impresas en los espectaculares, no tenían nada que ver con la mayoría de caras morenas, con rasgos indígenas, de la gente en los coches a su alrededor. Desplazaba la mirada de los carteles a una tienda de abarrotes, luego a un taller mecánico, a un restaurante de comida china y no tenía ni idea de dónde estaban. ¿Dónde estaban? Un letrero verde señalaba Río de la Piedad. ¿Dónde era eso? El nombre le resultaba familiar pero no se animaba a preguntar. No quería iniciar una conversación con su madre, o peor aún, con el taxista. Su madre había intentado hablar con él un par de veces, pero André la cortaba cada vez que abría la boca. Era una persona privada. No quería que el taxista escuchara nada acerca de su vida. Se aguantó la curiosidad. Miró de refilón al taxista que bostezaba. «Nada», pensó. Tiró la cabeza hacia atrás, echó un suspiro y cerró los ojos. Comenzaba a sentir, por vez primera desde el aterrizaje, el cansancio, y la idea de que pronto se acostaría en una cama limpia lo reconfortó. De su boca salió un bostezo largo y llano. Tras un momento de vacilación, abrió los ojos otra vez, los fijó en el retrovisor y le preguntó a su madre:

—¿Falta mucho?

—No, no, ya no. Ya casi llegamos…

—Unos once minutos más, si mucho trece —la cortó el taxista. No soportaba ni un minuto más de silencio. Al no escuchar respuesta volvió a la carga— Estirando mucho, pero mucho, ya exagerando, un máximo de quince minutos. Pero exagerando, como mucho unos quince o hasta diecisiete…

Al cabo de unos minutos, el taxi se detuvo frente a un semáforo en rojo. Había caído la noche. Las luces de la ciudad flotaban en la negrura espesa. André entreabrió su ventanilla para respirar. Un poco después la abrió aún más y entornó los ojos. Una ráfaga de calor se formó a su lado. Volteó a su derecha. Un niño, vestido de payaso, escupía fuego por la boca. André examinó los coches alrededor de él y le sorprendió percibir la indiferencia de la gente. El niño volvió a escupir el combustible hacia la antorcha y propulsó otro fogonazo. Luego se acercó a la ventanilla de André y le ofreció la mano para que depositara en ella una moneda. André rehuyó su mirada y sacudió la cabeza. Le habría querido dar dinero, pero su rechazo estaba fundado sobre bases reales: no le quedaba ni un centavo. Ni en su bolsillo, ni en su cuenta bancaria, ni en ningún lado. «Nada», pensó.

El semáforo se puso en verde y el taxi avanzó. Los coches pasaban al lado del niño. La lluvia empezaba a caer con más fuerza. A través del retrovisor, André vio cómo el niño intentaba reanudar su ritual de fuego, pero a causa de la lluvia la mecha ya no encendía. Era hora de acabar con el circo.

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