Los cuentos de hadas


Por: Alfonso “Lobito” Amaya

Cuando era pequeño, escasos seis años, dientes de leche, cabello rizado, pantalón corto, camisa sin botones y zapatos rotos, le temía mucho a las tormentas porque me asustaban los relámpagos y los truenos. Mi madre, mujer paciente y comprensiva; mujer tierna y cariñosa, se sentaba a un lado de mi cama y me relataba cuentos; el miedo se me pasaba. Fueron los años más maravillosos de mi infancia, a pesar de que no sabía leer. La dulce voz de mi madre, como un caminito de luz, me llevó a los increíbles mundos de Charles Perrault; de Hans Christian Andersen; de los Hermanos Grimm; de Rafael Pombo; de Lewis Carrol, de James Barrie, de Daniel Defoe; de los mitos y leyendas de mi tierra Ocaña y de las nostálgicas metáforas en los cuentos cortos y la poesía de mi abuelo Adolfo Milanés.

Entonces volé de la mano de Peter Pan; corrí con Alicia en el País de las Maravillas; compartí aventuras con Pinocho, nadé con la Sirenita, fui a la luna con Julio Verne; escudriñé la Isla del Tesoro con Luis Stevenson, monté en barco halado por Gulliver y viví solo en una isla con Robinsón Crusoe. Pero también lloré cuando la malvada reina envenenó a Blanca Nieves y la bella Durmiente se murió. Igual salté de alegría cuando Cenicienta calzó la zapatilla de cristal y cuando Hansel y Gretel mataron a la fea bruja. Compartí el regaño de Gepeto a Pinocho y reí a reventar con El Nuevo traje del Emperador cuando el rey salió sin ropas por las calles.

 

La dulce voz de mi madre, como un caminito de luz, me llevó a los increíbles mundos de Charles Perrault; de Hans Christian Andersen; de los Hermanos Grimm; de Rafael Pombo; de Lewis Carrol, de James Barrie, de Daniel Defoe; de los mitos y leyendas de mi tierra Ocaña y de las nostálgicas metáforas en los cuentos cortos y la poesía de mi abuelo Adolfo Milanés

Fue así que mi mente se llenó de hadas y de magos; de duendes y de gigantes; de animales que hablaban, de estrellas que sonreían y de brujas feas y malolientes que querían comerse a inocentes niños. Mi corazón en cambio, rebozaba de dicha y esperanza al saber que existían valientes y osados príncipes que salvaban a indefensas Cenicientas, Bellas Durmientes y hermosas Blancas Nieves…todo eso lo creía cuando yo era un niño de seis años…pero ahora que soy un lobito envejecido, con dientes postizos, cabello blanco, zapatos viejos y pantalón largo, todavía creo en gnomos, silfos, dríadas, ondinas, nereidas, kalas y demás duendecillos y elementales que vuelan, saltan, reptan, corren, brincan, nadan, zumban y aletean por ríos, mares, océanos, montañas, valles, cavernas y bosques de este planeta.

Ahora, no me sentaré más a la ventana a mirar el cielo estrellado y a esperar que el hada de luz convierta en casita de chocolate el deseo de un niño glotón; o que un hada bella y misteriosa revele el secreto del fabuloso tesoro que el temible pirata pata de palo, con parche negro en un ojo y garfio en la mano, escondiera en una oscura caverna repleta de murciélagos. ¡No! ya no me sentaré más a la ventana porque he comprendido, que todo en la vida, igual que los cuentos de hadas, es un juego para entretener a los seres humanos, mientras cumplen con el tiempo de vida asignado; porque sin ese maravilloso mundo de infinita fantasía la vida sería una gigantesca nostalgia y la epidemia de la tristeza mataría a todo ser vivo sobre la faz de la tierra.

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