Mutis el gaviero


Por: Reinaldo Spitaletta*



¿Cuál sería el último rostro de Álvaro Mutis? El poeta y novelista de las tierras calientes, las de mosquitos y malarias, las de aventuras de piel y muchachas de tórrido olor a sexo, murió a los noventa años en México, y dejó, de un lado, un testamento literario, y, del otro, aquella cara oculta que alguna vez lo condujo a ser un presidiario en la cárcel de Lecumberri, donde había bandidos que, adentro, mataban por encargo.

Mutis, el de las ideas monárquicas, ascendió a los cielos y también descendió a los infiernos. La “muerte del estratega”, de aquel tipo de voz bonita que hacía la narración radial de Los intocables, y que puso a palpitar el corazón de muchos radioescuchas con Al Capone o con las pesquisas de Eliot Ness, que hacía cumplir la Ley de Prohibición en Chicago, ha dejado a la literatura un personaje que sigue andando: Maqroll el Gaviero.

No sé con cuál de las obras narrativas de Mutis se queda usted, querido lector, pero creo que para mí sigue siendo clave, más que las de la saga de Maqroll, La mansión de Araucaíma (Relato gótico de tierra caliente), con aquella lujuriosa dama, La Machinche, y la aparición perturbadora de una muchacha que llegó en bicicleta a la hacienda. La Machinche, “hembra madura y frutal”, de “vastas caderas y grandes nalgas”, frente a la chica cinematográfica “rubia, alta, bien formada, con largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas”. Hay algo de La ruina de la Casa Usher, de Poe, en el final de la mansión.

Mutis, el de los esteros y prostíbulos, el que en seis años publicó ocho libros con su personaje preferido, tuvo, como se sabe, y como a lo mejor les pase a casi todos los seres humanos, pasajes oscuros. Poco o casi nada debe importar la vida, por ejemplo, de Villon, cuando se lee su obra; o la de Genet, el santificado por Sartre. O la de Celine y sus amores nazis. Son asuntos más para la biografía que para el análisis de sus creaciones.

Sobre el poeta y relacionista público, que trabajó para la Esso, una transnacional con un pasado nefasto en la intervención en los asuntos internos de muchos países latinoamericanos, recaen acusaciones históricas de haber servido a esa compañía, para convencer a miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, en los años del dictador Rojas Pinilla, para que votara en contra de aquel, sobre todo cuando se disponía a nacionalizar el petróleo colombiano. El servicio de inteligencia lo descubrió y Mutis huyó a Cuba y después a México.

¿Cuál sería el último rostro de Mutis? Tal vez el del Gaviero en los esteros, o en la tienda La nieve del almirante, o en un hospital de ultramar. Tal vez en su tiempo final haya escuchado el lamento que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor de los difuntos, la moirologhia (“¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas”). O pudo ser el rostro de Bolívar, el agonizante, el que iba dejando los últimos suspiros por el río Magdalena.

No sé si, como dice un poema suyo, la muerte lo acogió con todos sus sueños intactos: “La muerte se confundirá con tus sueños / y en ellos reconocerá los signos / que antaño fuera dejando, / como un cazador que a su regreso / reconoce sus marcas en la brecha”. Álvaro Mutis, el mismo al que su amigo García Márquez le dedicó El general en su laberinto, se deshizo de “su breve materia” y ya está “en la piadosa nada que a todos habrá de alojarnos”, como dice algún poema suyo.

Mutis se prolonga en sus libros. En algunos de sus paisajes, en el rito de su poesía litúrgica. Como lo dijo Octavio Paz en 1959, sobre Los hospitales de ultramar: “En nuestros días la misión del poeta consiste en convocar a los viejos poderes, revivir la liturgia verbal, decir la palabra de vida”. Confiemos en que, para su honra y honor, el poeta haya tenido un bel morir.

(Artículo publicado el 23 de septiembre de 2013, tras la muerte del poeta y escritor colombiano Álvaro Mutis)

Álvaro Mutis, Bogotá, 25 de agosto de 1923-Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013


* Reinaldo Spitaletta / https://spitaletta.wordpress.com


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