Entrevista, Luis Alberto Garcia

Todos los hechos históricos son dignos de llevarse a las tablas 
(Parte IV)

- El teatro en Colombia ha tenido muchos altibajos. Un punto muy alto fue “¡I Took Panama!”, “Juicio, ejecución y muerte de una gallina” por parte del TPB, “Guadalupe años sin cuenta” por parte de La Candelaria, “La historia del zoológico” con El Local… ¿Será que no tenemos tradición teatral? ¿Qué no somos constantes con las tablas teatrales?
- Los altibajos no han sido solamente en Colombia, estimado Jorge, sino en todo el mundo occidental a través de los tiempos. No estoy muy enterado del teatro oriental, pero entre los llamados “teatro griego”, “teatro romano”, “teatro medieval”, “teatro del siglo de oro”, “teatro isabelino”, “teatro contemporáneo” (dentro del cual estamos nosotros los colombianos), las caídas han sido igualmente numerosas. Hace unos cuarenta años, un columnista muy apreciado del diario El Espectador, tituló su columna editorial con el siguiente mote: “El teatro ha muerto, viva el cine”. La evidencia existía, desde luego, pero el ángulo de vista era diferente. Si nos colocábamos en el punto de vista de Europa, la verdad es que el teatro europeo para entonces daba muestras de agotamiento; si nos colocábamos en el ángulo de vista colombiano, la verdad es que nuestro teatro hasta entonces vivía y era de un conmovedor y emocionante vigor; si nos colocábamos desde el punto de vista de los medios de comunicación, era tan sólo el titular de un periódico. Desde luego, el teatro colombiano nació muerto para nuestros medios de comunicación. Ellos no se han podido separar del inevitable destino de nuestro periodismo: hacer evidente la noticia que más vende; y para ser francos, la cultura nunca ha sido la noticia de mejor venta, a menos que sea un hecho extraordinario como el premio Nobel de Gabriel García Márquez o el éxito en ventas de la pintura de Fernando Botero. Valdría la pena discernir si el periodismo como la Historia está encargado de dar noticia de los hechos extraordinarios de la Humanidad o simplemente de la cotidianidad que es tan importante como la misma Historia. Si fuera así para nuestros medios, no sería desconocida la noticia de que el teatro colombiano está vivo aunque se mueva en pequeñas salitas; que goza de muy buenos actores y de muy buenos dramaturgos y que sigue examinando, en su historia y en sus sueños, el obscuro destino del “ser colombiano”. El público, sin el cual no hay teatro, es pequeño y leal, pero existe. Para mí, es tan evidente que el teatro colombiano existe (pero no se conoce) que en el presente hay un fenómeno que no se da sino en etapas vigorosas del teatro: la división entre un teatro rico y un teatro pobre; o, si se quiere, entre un teatro comercial y un teatro de arte, muy definidos y emprendedores; el uno que nos lo heredó Fanny Mickey; y el otro, que para fortuna nuestra, nos lo da cada noche en la Candelaria el eminente Santiago García. Y quisiera, con tu permiso Jorge, añadir algo más: el teatro trabaja para la cotidianidad; tan sólo para observar artística y penetrantemente el cada día de una sociedad.

- A veces, cuando el dramaturgo denuncia, le dicen panfletario y si la denuncia la hace el Gobierno, le dicen “gran pensador” o “inteligencia superior”… 
- Así es; con otras variantes que hacen lo que tú dices, acertado. El primer golpe que sufrió el “teatro político” colombiano fue de manos de la clerecía manizalita que hizo cancelar al Festival de Manizales cuando era más dinámico y prestaba un servicio invaluable a todo el teatro latinoamericano. Lo importante es que este golpe no acabó con el teatro colombiano el cual buscó otras salidas, perfectamente válidas, desde el punto de vista artístico, y el halagador resultado conseguido por las generaciones posteriores a la década de los setenta en que brilló el teatro panfletario y político, fue dar otra mirada a la sociedad colombiana con obras no tan realistas como oníricas, pero sin lugar a dudas valiosas. Por supuesto que las contradicciones entre el arte y los Gobiernos son permanentes; es como si los gobiernos estuvieran totalmente convencidos de haber conseguido la felicidad de los gobernados; y el arte teatral insistiera que las sociedades; que la humanidad, no es que vaya un paso más adelante de las fórmulas políticas, sino que el Hombre es un complejo espiritual radiante que necesita del arte para ser entendido. Desde luego que mis obras no han llegado hasta ese alto nivel; pero otros jóvenes dramaturgos colombianos, ya pusieron el pie en ese camino. Y no los envidio; los admiro.

- ¿Qué hecho histórico colombiano te gustaría llevar a las tablas? 
- Desde Octubre del año pasado comencé la investigación del 20 de Julio con el objetivo de darle cuerpo a una obra de teatro. Concretamente, sobre la reunión que los próceres,
Camilo Torres, Francisco José de Caldas. José Acevedo Gómez, Ignacio de Herrera, José María Carbonell, y otros que el 19 de Julio se reunieron para examinar lo que debían hacer al día siguiente. Por supuesto, me imagino, que allí se debatirían temas candentes como la configuración de la nueva república independiente. Que hubo serias divergencias lo comprueba el hecho de que al día siguiente a la tarde, ya había dos juntas revolucionarias, una la de la Plaza Mayor de la ciudad que dio pie a una acta de independencia en la que se reconocía al rey Fernando VII; y otra, en San Victorino, que establecía la independencia absoluta de España. ¿Cómo y por qué ganó la fracción realista? Esto me tiene en ascuas, y tengo una gran curiosidad de establecer mi propio criterio al respecto.

- Entonces ¿qué hecho histórico no llevarías a las tablas por ninguna razón? 
- Pienso, querido amigo, que todos los hechos históricos son dignos de llevarse a las tablas; lo que sucede es que no todos se convierten en imán para uno. Me atraen grandemente, los hechos que se refieren a los orígenes de mi país. Estudiarlos, implican reflexiones necesarias sobre el país en que vivimos. Sin embargo, cuando yo escribí la Primera Independencia, los teatreros de Bogotá, con justa razón, dijeron que el teatro no es un tratado de Historia y atacaron mi obra vigorosamente. Eso fue hace muchos años, pero a raíz de ese incidente aprendí que me había equivocado en el tratamiento de la obra. Un tema histórico en el teatro debe ser tratado como “cotidianidad” no como “epopeya”. Los personajes han de tener el carácter de seres humanos comprometidos con hechos que remesan su vida cotidiana. Algo así como “si yo hubiera vivido en épocas del 20 de Julio, cómo hubiera sido esa vida mía”. Desde luego, hay unos más cercanos a los hechos que otros, pero el hecho del 20 de Julio no hay duda de que remesó a toda la nación. Aún se sienten sus ondas llegando hasta nosotros.

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