Qué es un best seller (II Parte)

El envés de la afirmación anterior sería que cada época, quizá cada temporada, tiene los best sellers que se merece. La idea de que nos merecemos a alguien como Dan Brown es suficiente para echarnos a dormir veinte años, con la esperanza de que las cosas mejoren. Pero hay que ver si mejoran.
El símbolo perdido apunta, de hecho, a un futuro posible en el que no sólo no habrá novelas buenas, sino que se habrán olvidado los estándares literarios que permiten identificar una buena novela. Dudo que el sacrificio de leerlo sirva a las generaciones venideras, pero el mejor favor que puede hacérsele a la literatura es defenestrar esta historieta kitsch en honor a los estándares aún vigentes. La trama es la primera ofensa. Robert Langdon, el famoso profesor de Harvard “experto en simbología” (disciplina, por cierto, desconocida en Harvard), deberá enfrentarse una vez más a poderes subterráneos que amenazan con echar por tierra los pilares de la civilización occidental. Nada menos. La intriga, tan entreverada que desafía cualquier resumen, involucra a los masones, a un místico demente que pretende dominar el mundo, a la CIA y, entre otros, a una científica dedicada a una “ciencia tan avanzada que casi no parecía ciencia” (parece, en efecto, religión aplicada: uno de sus experimentos es “pesar el alma”). Entretanto se nos muestran edificios emblemáticos de Washington, como el Capitolio, el Smithsonian y la Library of Congress. El malo de la novela quiere hacer público “un poderoso conocimiento denominado antiguos misterios (...) o saber perdido de los tiempos”, que han guardado celosamente los masones. Es difícil saber, la verdad, a qué viene tanta alharaca ocultista, porque el secreto resulta no ser más que una confirmación, prefigurada en los “textos antiguos” y los «profundos conocimientos científicos de los antiguos», de que la ideología estadounidense de la tolerancia y el libre culto (pero culto al fin) es lo más conveniente para la humanidad. En otras palabras, EUA está avalado por el saber de los antiguos. Quiénes son esos antiguos, un detalle menor para Brown, queda menos claro: ¿griegos, egipcios, sumerios? Una respuesta del libro: “Abreviando, los antiguos misterios hacen referencia a un cuerpo de conocimientos secretos reunidos hace mucho tiempo”. En otras palabras, pedir detalles es pedir peras al olmo.

Uno podría aceptar las vaguedades infantiles (similares al “había una vez”...) de El símbolo perdido y, con mayor dificultad, su propagandismo ideológico, no muy distinto del de cientos de películas o novelas en las que los rusos son muy malos y los estadounidenses unos santos, si no fuera porque la escritura echa por tierra cualquier inclinación a “dejarse llevar por la historia”. Cada día que Brown publica un libro, como dijo una vez Bernard Shaw sobre una obra de teatro, es un mal día para la lengua inglesa; la pésima traducción publicada por Planeta tampoco le hace favores a los lectores españoles, aunque ni Luis Astrana Marín habría podido refrescar la descomposición de la prosa. El libro es una macedonia pasada de clichés. Hay “joyas ceremoniales” que “brillan cual ojos fantasmales”; el Inferno de Dante es “su legendario Inferno”; y cuando Langdon entra en un “colosal edificio”, nos encontramos con descripciones como la siguiente: “El Capitolio se yergue regiamente en el extremo oriental del National Mall (...). La gigantesca planta mide” etc., “ocupa más de seis hectáreas de tierra, y contiene la sorprendente cantidad de 541 habitaciones”, y “está meticulosamente diseñada para rememorar la grandeza de la antigua Roma”. Esto es mucho peor que las descripciones convencionales que sitúan la acción; el modelo de la prosa es, obviamente, la guía de turismo. Mientras el libro grita “miren esto, admírense de aquello”, supura con la falsedad del kitsch. Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados, propone “la definición del mal gusto, en arte, como prefabricación e imposición de efectos”. Agrega: “El kitsch pone en evidencia las reacciones que la obra debe provocar”. Lo mejor que puede decirse de Dan Brown es que es un consumado efectista.
Stephenie Meyer también es una escritora dada a los efectos. Según Stephen King, directamente, “no sabe escribir”. Sin cuestionar a King, que sabe escribir y sabe de lo que habla, hay que decir que la sensiblería épica de Meyer tiene lo suyo. Eco, de nuevo, viene al caso; en su famosa apreciación de Casablanca, apunta: “Dos clichés nos hacen reír. Cien nos conmueven. Pues sentimos vagamente que los clichés hablan entre ellos, y celebran una reunión”. En Amanecer, arquetipos y clichés están de fiesta. Cuarta entrega de una enorme saga gótica de protagonistas adolescentes, Amanecer es, en la superficie, una novela de vampiros (vampiros buenos o “vegetarianos” que sólo se alimentan de animales); pero en el fondo se adhiere a las convenciones del cuento de hadas, donde una chica como cualquier otra es amada por un príncipe azul. Véase la siguiente escena, con la que los editores, arteramente, promocionan el libro: ““No tengas miedo”, le susurré. “Somos como una sola persona”. De pronto me abrumó la realidad de mis palabras. Ese momento era tan perfecto, tan auténtico. No dejaba lugar a dudas. Me rodeó con los brazos, me estrechó contra él y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia. “Para siempre”, concluyó”. Quien habla es Bella, la narradora y símil-cenicienta, que no deja de extasiarse frente a Edward, el vampiro-príncipe; en Eclipse, Bella decía: “El tiempo no me había vuelto inmune a la perfección de su rostro”, o “Ninguna de las experiencias de mi vida se comparaba a la sensación de sentir sus labios fríos, duros como el mármol pero siempre tan suaves, contra los míos”. Stephenie Meyer podrá tener una fantástica concepción de la anatomía humana (¿labios “duros como el mármol”?, ¿terminaciones nerviosas que cobran vida propia?), pero escribe mal con inmensa energía.
Si el romance se basa en retardar la unión de los protagonistas, el atractivo principal de las tres novelas anteriores era la tensión sexual irresuelta entre Bella y Edward. La excusa, hasta ahora, había sido el miedo de Edward a perder el control durante el acto: “No imaginas lo increíblemente frágil que eres”, dice una línea muy comentada y, por cierto, vilipendiada por lecturas feministas. Pero para la paciencia de todo lector hay un límite. En Amanecer, por fin, la dinámica de los personajes trasciende el amor platónico y, en los primeros capítulos, Bella y Edward consuman lo que hay que consumar. Por desgracia, la erótica de Meyer funcionaba mejor en la castidad que en el sexo. Y la nueva novela no propone nada más excitante que los problemas de un matrimonio morganático. No es fácil estar casada con un ser heroico, hermoso e inmortal, por no hablar de los inconvenientes de preparar la cena. La intriga se crea en torno al hijo de la pareja, mitad vampiro y mitad humano, excluido por ciertos vampiros. Predeciblemente, al final la tolerancia se impone y todos viven felices y comen perdices. Meyer pasa en este volumen del romance artúrico a la novela burguesa; pero, moralmente, no cruza la línea del melodrama victoriano. Como dice Laura Miller en un estupendo artículo de Salon Magazine: “La fantasía femenina de ser rescatada de la oscuridad por un hombre poderoso y deslumbrante, de ser puesta a salvo de las vicisitudes de la vida por su fuerza y su dinero: todo esto resulta ser un sueño difícil de dejar atrás”. 

Difícil de dejar atrás, también, es la historia. Las dos novelas que siguen en nuestra lista vuelven escrupulosamente al pasado. Ken Follett se hizo famoso en 1989 con Los pilares de la tierra, un novelón de más de mil páginas sobre la construcción de una catedral en la ficticia ciudad de Kingsbridge en el siglo XII. Más larga aún es Un mundo sin fin, la continuación de Los pilares y la “novela número dieciocho” del autor. En este punto debo confesarme incapaz de leer a Ken Follett, que por ello no figura en la lista. Es una incapacidad, para empezar, física: Un mundo pesa como mínimo dos kilos, y ni sentado ni acostado conseguí sostenerla en una posición cómoda; a falta de un púlpito ante el que leer de pie, no veo forma de manejar el mamotreto. La incapacidad se complica por la resistencia mental. Inmensas, desmedidas, las novelas de Follett sólo me hacen pensar en eso de “más largas que esperanza de pobre”: son largas y, por lo que dicen las solapas, hay en ellas personajes pobres, que nunca pierden las esperanzas. Con saber eso, este lector se conforma. Comparada con semejantes Everests de tinta, La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, un autor también afecto a las catedrales, es una novela normal; tiene sólo novecientas páginas y no debe de pesar más de un kilo y medio. Felizmente, además, la escritura es muy superior a la de Brown o Meyer. Abogado de profesión, Falcones escribe como un sesudo profesor de historia: “El puerto de Ragua se alzaba a más de dos varas castellanas y constituía el paso para cruzar Sierra Nevada en dirección a Granada sin tener que rodear la cadena montañosa”. No será Proust, pero es un pasaje competente. 

Ambientada en la Córdoba de la segunda mitad del siglo XVI, la novela cuenta la historia de Hernando, un joven que, siendo “hijo de una morisca y del sacerdote que la violó”, vive a caballo entre dos culturas, sin pertenecer del todo a ninguna ni poder conciliarlas. La solapa del libro nos recuerda que la novela aparece “cuando se cumple el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos de España”, y una extensa nota histórica del autor vuelve sobre el centenario para condenar “uno de los numerosos episodios de xenofobia que ha producido la historia de España”. Cualquier sospecha de oportunismo conmemorativo se disipa cuando se comprueba la solidez ética e histórica de esta novela. Falcones, que se ha documentado exhaustivamente sobre la historia del islam en España y en el Magreb, tiene además la capacidad de imaginar la experiencia cotidiana de los católicos y musulmanes de la época, creando así la ilusión de realidad vivida. Y la realidad que le toca vivir a Hernando es a menudo fascinante. La novela empieza por la sublevación morisca en el pueblo de las Alpujarras, un momento de quiebra de la convivencia religiosa. Hernando escapa al bando de los moriscos, pero más tarde logra salvar el pellejo gracias a haber ayudado a un noble católico. La primera parte de la novela es una especie de picaresca en la que lo vemos yendo de un bando al otro como doble espía, aunque se aferre al islam en la intimidad. Mientras tanto, se enamora de una muchacha llamada Fátima, que es reclamada como segunda esposa por su padastro, el de Hernando, pero más tarde consigue escapar de él. De peripecia en peripecia, los amantes se reúnen y se separan; el amor imposible por Fátima hace de contrapunto a las imposibles exigencias de la fe. 

La lógica es la del melodrama, aunque a un ritmo más moderato que el que se encuentra en una buena ficción de Dumas o Dickens. Uno de los problemas es que Falcones no sabe dónde parar; la novela se abre a tal punto a la contingencia que a los personajes puede ocurrirles cualquier cosa. Hernando tiene media docena de hijos, hace fortuna, cotillea con la baja nobleza católica, se dedica al estudio de textos sagrados; Fátima recala en Berbería, tiene también varios hijos, se casa con un corsario, lo mata, descubre las alianzas católicas de Hernando, se propone olvidarlo, acaba perdonándolo. La falta de forma es narrativa, pero el verdadero problema se desprende de los presupuestos historiográficos que guían la narración. La vieja gesta de la expulsión de los moriscos como “econquista” por supuesto, ha sido expuesta como una construcción política indefendible en lo moral y con poco asidero en la verdad histórica. Pero Falcones tampoco quiere caer en el error de un revisionismo absoluto que pinte como opresor sangriento a un bando y víctima oprimida al otro. Hubo una complicadísima guerra ideológica y territorial; en un sentido, todos perdieron. Sobre la revuelta de las Alpujarras, Falcones, citando las fuentes pertinentes, nota que “se trató de una guerra que los dos bandos llevaron a cabo con suma crueldad”. En semejante complejidad, la novela busca desesperadamente un héroe, pero sólo encuentra un caos de situaciones irresueltas. 

Ordenar los datos de una realidad compleja es el gran desafío de un novelista histórico. Falcones puede aprender mucho, en este sentido, de Pérez Reverte. Su nueva novela, El asedio, es un libro casi tan largo como La mano de Fátima y contiene un número comparable de personajes, saberes y ambigüedades morales; pero está exquisitamente bien ordenado. La novela es al menos dos novelas (y dos géneros): una narra la vida durante el sitio de Cádiz; la segunda es una historia policíaca sobre un asesino que aprovecha la caída de las bombas para matar mujeres. Los dos interrogantes (¿entrarán los franceses?, ¿atraparán al asesino?) se imbrican a su vez con una narración realista sobre la vida cotidiana de los ciudadanos de Cádiz. El otrora reportero de guerra Pérez Reverte es un atento reportero del pasado; su prosa atrae detalles como un imán limaduras de hierro. Sobre taxidermia: “Tras desollar al animal, descarnar y limpiar los huesos, tuvo varios días la piel sumergida en una solución de alumbre, sal marina y crémor de tártaro”. Sobre armamentos: “Los defectos de los tres obuses (...) se deben a un sabotaje realizado en su proceso de fundición: una deliberada aleación incorrecta, que termina produciendo fracturas de las que en jerga artillera son conocidas como escarabajos y cavernas». Sobre vestimentas: “Él (...) lleva un calzón corto por las rodillas, camisa de tela basta, chaquetilla corta de bayeta y navaja de palmo y medio de hoja metida en la faja”. Y cuando un personaje mira el horizonte con un telescopio, el narrador comenta que se trata de “un buen Dixley inglés, con tubo extensible de latón dorado”. 

Esta profusión de detalles, o voluntad permanente de desplegar conocimientos abstrusos, es una de las debilidades –en ambos sentidos– de Pérez Reverte. El problema no estriba en oraciones como: “La enorme vela cangreja gualdrapea dando bandazos en la marejada, con fuertes tirones que estremecen el palo y el casco negro de la balandra”. Cuando un autor nos envía al diccionario, nos hace un favor. Pero a veces los tecnicismos llevan a traspiés de verosimilitud, como en un ejemplo de los de arriba. Si quien piensa en artillería es un artillero, ¿por qué aclara que “en lengua artillera” ciertas fracturas se llaman “escarabajos y cavernas”? Algo así es precisamente lo que no se diría a sí mismo ese personaje. Dada la riqueza documental, esta crítica puede parecer impertinente, pero en esos momentos peligra la ilusión realista: al ver el truco, dejamos de creer en el truco. El asedio está un tanto recargada de detalles, aunque lo aligera por contrapartida el aire insuflado a los personajes. De nuevo, el impulso tiene mucho de periodístico; el autor sabe que, por importante que sea el decorado de la escena, el centro lo ocupan siempre los humanos. 

El impulso periodístico está en el centro de nuestra última novela, La reina en el palacio de las corrientes de aire, el tomo final de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Es muy probable, de hecho, que el enorme éxito de Millennium tenga que ver con que leerlo no requiere más esfuerzo que leer el periódico. La escritura es rápida, de frases cortas y declarativas; los adjetivos jamás se pasan de la raya; los adverbios brillan por su ausencia. La voz va directa al grano. La primera entrega de la serie (y de nada sirve empezar a leer por el medio), Los hombres que no amaban a las mujeres, era una estupenda novela negra, cuyo rol de detective lo cumplía un periodista atractivo y mujeriego, que parece la fantasía de un periodista. Mikael “Kalle” Blomkvist solucionaba el caso, llevaba al villano a la ruina, ganaba mucho dinero y hasta se ganaba a la chica, Lisbeth Salander. Las dos novelas siguientes se centran en la chica, probablemente el personaje de ficción más famoso de los últimos tiempos. Delgada, de un metro y medio de estatura, con un dragón tatuado en la espalda, hosca, bebedora, violenta, bisexual o, como le dice una amante, puramente sexual, artera, inconformista, inteligentísima y la mejor hacker de Suecia, Lisbeth Salander rompe todos los moldes del convencionalismo. Pero, como dice Bob Dylan en “Absolutely Sweet Mary”, “para vivir fuera de la ley hay que ser honesto” y Salander se rige por un férreo código moral propio. No es que eso la exima de conflictos. En el final del segundo libro, tras recibir un tiro en la cabeza que la deja medio muerta, es llevada a un hospital donde, acusada de varios homicidios, queda bajo custodia policial a la espera de un juicio. El lector sabe que Salander es inocente, pero muchos indicios la inculpan, y nadie salvo Blomkvist le cree. La tercera novela se ocupa de la defensa y rehabilitación del personaje frente la sociedad. Más que de género policíaco, se trata de una novela periodística sobre la manera en que circula la información. Y, si hay una intriga, es la de cómo los datos que sabemos de primera mano van a ser corroborados por el complicadísimo sistema de justicia. Blomkvist, periodista fogueadísimo, va y viene entre jueces, policías, detectives, o incluso el primer ministro de Suecia. Al final, por supuesto, los desvalidos ganan, mientras los criminales caen como moscas. Aunque un tanto rocambolesca, la novela es una poderosa apología del cuarto poder.

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