Entrevista, José Luis Díaz Granados

No. 5.419, Lunes 30 de Agosto del 2010 


Por: Jorge Consuegra.

José Luis Díaz Granados ¡amigo!

Entrevista, José Luis Díaz Granados


Simplemente…amigo. Lo demás lo dicen sus libros, sus poemas, sus testimonios, sus palabras, sus exilios y hasta sus abrazos acompañados siempre de amigos. 

Las mujeres, muchas mujeres, infinita cantidad de mujeres dicen: “¡José Luis!” abriendo los ojos y sintiendo la enorme satisfacción de oír su voz, sus versos, sus metáforas. 

Sus amigos, muchos amigos, infinita cantidad de amigos dicen: “¡José Luis!” abriendo su alma, sus brazos, su sentimiento, su ternura, su alma, su cariño, su solidaridad. 

Los poetas, muchos poetas, infinita cantidad de poetas dice: “¡José Luis, poeta!”. ¡Y qué poeta! 

- ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes de tu infancia? 

- Creo que tenía unos tres o cuatro años y un día (no recuerdo si era de mañana o por la tarde) tuve conciencia de que yo era yo, mientras jugaba solo con una pelota blanca de caucho en el patio de mi casa del barrio Palermo en Bogotá. Recuerdo nítidamente cómo la pelota saltaba repetidamente sobre el baldosín rojizo y se perdía lentamente por el zaguán que conducía al patio de la alberca. Súbitamente sentí que estaba vivo, que todo tenía sentido, algo así... 

- Era muy temprano estar en Bogotá… 

- Yo nací en Santa Marta, hijo de padres samarios, pero a la edad de 1 año me trajeron a Bogotá a una casa situada en el barrio Palermo donde viví ¡52 años!... Hasta mi viaje a Cuba. Ahora “me reparto” entre el apartamento de Federico frente a la Javeriana y la casa de Gladys, mi esposa, en Santa María del Lago. 

- ¿Cómo era esa Bogotá cuando empezaste a salir a la calle, a ver la gente, mirar los cerros?... 

- Mi Bogotá en 1949 y 1950 era una ciudad sin edificios, muy bonita, con poca gente, poco sol, llovizna y hollín; llena de casas de ladrillos, parques y jardines con muchos pinos. Mis primos Rafael y José Stevenson jugaban en las divisiones inferiores del Independiente Santa Fe y me llevaban de la mano a ver a “Chonto” y a Pontoni en los partidos y entrenamientos. Desde “El Campín” se veían los cerros verdes, intactos, y a lo lejos, Monserrate y Guadalupe (a cada rato los rayos quebraban los brazos de la Virgen). Con mi hermano Manuel íbamos los Domingos a los matinales del Faenza, también a la Media Torta (vi a un niño de mi misma edad dirigiendo la Orquesta Sinfónica, llamado Robertico Denzi); a retretas al Parque de la Independencia y a comer helados cerca del Venado de Oro (hoy Instituto Roosevelt). El presidente era Laureano Gómez, muy amigo de mi abuelo materno, que era conservador, y mi papá, muy liberal, me asustaba diciendo que había carros fantasmas que perseguían a los enemigos del Gobierno. Los niños usábamos pantalones cortos y los Domingos nos vestíamos con traje negro de vaquero de Hoppalong Cassidy. Los grandes usaban vestido de paño con chaleco, camisa de cuello duro, corbata y sombrero, y las mamás vestían sastre con falda larga y sombrero con velo y alfileres finos. Una Bogotá que se fue... 

- ¿Cuál fue el primer libro que tuviste en tus manos? 

- Aunque yo pertenezco a la generación cuyas primeras lectuars fueron las tiras cómicas (“Dick Tracy”, “El fantasma”, “Ferdinando”, “Mandrake el mago” y “Benitín y Eneas”), los primeros libros que tuve en mis manos fueron los 20 tomos del “Tesoro de la Juventud”, editados por la Jackson. Los años más felices de mi infancia están acompañados de las infinitas lecturas de tantas narraciones indelebles. También recuerdo un libro (que aún conservo) titulado Infancia de grandes hombres. Y varios libros de Constancio C. Vigil (Cartas a gente menuda, especialmente). 

- ¿Cuál fue la primera novela que te cautivó? 

- Aventuras de Tom Sawyer. Cuando terminé su lectura duré varios días con sus noches en un fascinante estado de encantamiento. Pocas semanas después comencé a escribir, en un cuaderno rayado con un Esterbrook de tinta azul, una novelita que titulé Soledad en los mares, cuyas aventuras viví con tal intensidad a medida que la escribía que jamás he vuelto a experimentar esa sensación. 

- ¿Qué películas recuerdas en el Faenza? 

- Imagínate que El Espectador traía un formidable suplemento semanal (fundado por Álvaro Pachón de la Torre y Guillermo Cano, que se llamaba Dominical, aunque salía los viernes) y mi hermano y yo nos lo peleábamos para leer las tiras cómicas y recortar un cupón que nos permitía la entrada al Teatro Faenza el domingo y participar de innumerables festividades para niños. Recuerdo haber visto todas las películas de “Lassie”, “La colina dorada”, “Tarzán y las amazonas”, “La carga de la brigada ligera”, “Eco de tambores”, “Ahí vienen los tanques”, “El manto sagrado” y “Hong Kong”, con Ronald Reagan. Manuelito, mi hermano, se ganaba todas las rifas. Yo nunca me gané nada. Pero el goce de las películas me duraba en la mente largos meses. 

- ¿Más “Tarzán” que las de vaqueros? 

- Sí, porque era un héroe sobrenatural, altivo, lejano y solitario. Era un mito, una leyenda. Y siempre vencedor, con Jane y con Chita. Me tocó en suerte ver en los años de mi infancia, en la década de los 50, a los tres mejores protagonistas del personaje de Edgar Rice Burroughs: Johnny Weissmuller, Lex Barker y Gordon Scott, con sus respectivas compañeras: Brenda Joy y Maureen O`Sullivan, Virginia Huston y Vera Miles. De las películas de vaqueros me gustaban Hoppalong Cassidy y Roy Rogers, pero muy poco, casi nada...


¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio? 

- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el
profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros. 

¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres? 

- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro... 

¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos? 

- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”... 

¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes? 

- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk. 

¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico? 

- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica. 

¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron? 

- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”... 

- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)? 

- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores. 

- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino? 

- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.

- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio? 

- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la
educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros. 

- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres? 

- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro... 

- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos? 

- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”... 

¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes? 

- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk. 

¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico? 

- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica. 

- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron? 

- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”... 




- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)? 


- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores. 

- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino? 

- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.

¿Hasta el amanecer con quién? 

- Con Bella Ajmadúlina, la gran poeta rusa, junto a una botella de vodka y abundantes picadas, escuchando jazz o czardas y hablando de literatura (con mucho énfasis en la poesía y la narrativa del
siglo XX), mientras contemplamos el esplendor nocturno de Bogotá o de Moscú. 

- ¿Crees que todo tiempo pasado fue mejor? 

- Depende, porque antes no existía la anestesia, ni el airbús, ni la internet, ni mis hijos, ni Ormak Pamuk, ni Coetzee, ni Skahira... Pero era mejor porque el aire era más puro, Bogotá era más bonita y tenía menos gente. Además, estaba vivo Neruda y yo era más feliz. 

- ¿Cuál crees que son los dos o tres hechos más humillantes de la humanidad? 

- Los últimos años de Bolívar fueron dolorosamente humillantes: la manera como lo trataron los leguleyos santanderistas y los politiqueros granadinos, cómo intentaron asaltarlo y asesinarlo, y pensar que esos mismos homicidas frustrados fueron los que fundaron los partidos tradicionales: Mariano Ospina Rodríguez y Ezequiel Rojas; cómo lo sacaron de Bogotá entre insultos y escarnios, gritándole “¡Longanizo!”, para luego llegar agónico ir a morir a la única ciudad realista que quedaba en Colombia, mi patria chica, absolutamente solo, incomprendido, abandonado y paupérrimo. Tengo el orgullo secreto (que ahora hago público) de que en la Nave de la Epístola de la Catedral de Santa Marta, perteneciente a la familia Díaz-Granados, reposaron sus restos mortales. 

- ¿De qué deberá arrepentirse el hombre? 

- De ser intolerante, codicioso, de ampararse en las religiones para cometer toda clase de delitos e ignominias, de acomodar la palabra de Dios a sus intereses económicos y políticos, de contaminar el aire y acabar con millares de especies animales. Pero sobre todo deberá arrepentirse de ser el único animal que ataca y mata a su propia especie. 

- ¿En qué siglo te hubiera gustado haber vivido? 

- Me siento muy a gusto en el siglo XXI, a pesar de contener tantas amenazas ambientales. El siglo XX, en cambio, fue trágico y deslumbrante. La infamia se entronizó. Hubo millones de muertos por guerras y bombas, pero borró costumbres y acciones que se mantuvieron durante miles de miles de años, para darles a los humanos novedosas dimensiones. Por ejemplo: se inventó el cine, la luz eléctrica, el rayo laser, el linotipo, la internet. Vivimos los universos maravillosos de Picasso, Chaplin, Einstein, Stravinsky y Joyce. La caballería desapareció de los campos de batalla. Hubo un momento en 1917 (¿Cuánto duró: días, horas, minutos?) en que por primera vez en la historia de la humanidad, por encima del proletariado no hubo nadie jodiéndolo. Y además, el hombre pudo volar. Pero volviendo a tu pregunta, a mí me gustaría volver a vivir en el siglo pasado, en los años 60, en Bogotá, en París y en Praga. 

- ¿Cómo fuiste estructurando tu primer libro publicado? 

- Mi primer libro fue El laberinto, un poema experimental publicado en 1968 en forma de "plaquette", con muy pocas páginas, muy influido por las prosas narrativas de Cortázar, Rulfo y Carlos Fuentes. Pero ya, desde 1962, yo tenía la idea de estructurar un poemario que se fuera ampliando en las sucesivas ediciones, algo así como el Cántico de Jorge Guillén. Entonces le iba agregando poemas con temas que por ese entonces me subyugaban, como eran la figura de mi padre y el mundo de la Zona Bananera del Magdalena donde los dos habíamos vivido una temporada poco antes de su muerte. En 1978 publiqué una segunda edición aumentada con tiraje limitado, hecha en fotocopias y en una publicación muy rústica. Allí entran nuevas temáticas como el amor, la cotidianidad, los sueños. En la tercera edición, de 1980, hay poemas de diversa temática y estructura: haikús, sonetos, poemas de versos anchos como los de Whitman, etc. Dos años después publiqué en forma privada una cuarta edición aumentada, con experimentos, neologismos, estructuras tradicionales y prosas de conciencia desordenada. Y ese mismo año, 1984, salió la quinta, la edición definitiva o primera edición completa de El laberinto, ordenada de manera casi matemática por secciones y subsecciones, todas ellas, junto con los propios poemas, numerados al estilo de los libros de poesía de Juan Ramón Jiménez. Y también, cada cinco versos, se numeraba en el margen derecho de cada página. Y al final agregué un anexo: Los papeles de Dionisio, ocho cuentos, que fueron el embrión técnico y estilístico de mi novela Las puertas del infierno, publicada dos años después. Total: 200 páginas. El laberinto es un libro desigual, polimorfo, algo caótico, pero fue la razón de mi existencia durante 22 años, pues lo construí entre 1962 y 1984. Ahora ese libro es inconseguible. Yo mismo tengo sólo dos ejemplares. Uno de ellos me lo consiguió mi amigo librero Álvaro Castillo Granada, y estaba dedicado por mí a Fernando Charry Lara.

¿El proceso de escribir un libro produce angustia? ¿tensión? ¿dolor? ¿drama? 

- El proceso de exorcismo es angustioso en el sentido de que la escritura vaya a resultar inferior al proyecto soñado. Sería frustrante que el escrito esté plagado de lugares comunes, de párrafos planos, simples, desapasionados. Es entonces cuando, luego de haber derramado todo lo que tenemos dentro, comencemos a elaborar el texto como Dios manda: corregirlo, pulirlo, perfeccionarlo. No olvidemos que no basta con que un texto esté bien escrito: hay que tratar de convertirlo en obra de arte. 

¿Qué sucede con tus libros cuando aparecen en letras de imprenta en manos de otros que no son tus manos? 

- Todo escritor sabe que sus libros les pertenecen hasta que salen publicados. De ahí en adelante son de los lectores. Además, el fruto de las obsesiones y exorcismos íntimos se convierte de pronto en estuche ajeno: la carátula es del pintor o del diseñador, tiene un lomo que no existía en tu original anillado, en otra hoja aparece el pie de imprenta con los respectivos créditos, o sea, con otros nombres. El texto aparece con un tipo de letra totalmente distinto al que tú escribiste. En fin, ya ese libro deja de ser tuyo para pertenecer a innumerables e invisibles manos (y ojos y sentidos y sueños). 

- ¿Subrayas algunas frases en los libros? ¿Señalas tus lecturas doblando los vértices de las hojas? 

- Sí. Siento un placer infinito subrayando en los libros, las frases o párrafos que me estremecen a medida que avanzo en la lectura (o en la relectura). Te repito de memoria algunas frases que me llamaron la atención cuando era adolescente: "Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes" (L. Durrell: "Justine"); "Mandar y obedecer es lo mismo... Nunca he dado una orden sin reír, sin hacer reír. Es que a mí no me corroe el chancro del poder" (J. P. Sartre: "Las palabras"). "He hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos tan pobres y tan felices" (E. Hemingway: "París era una fiesta"). "Y en la insurrección de la luz, despertar con los que despertaron / o seguir en el sueño alcanzando la otra orilla del mar que no tiene otra orilla" (Pablo Neruda, "La barcarola"). No me gusta doblar los vértices de las hojas porque me parece que con el tiempo se pueden partir. 

¿Un ex presidente se merecería cuál libro? 

- La noche quedó atrás de Jan Valtin. 




- ¿Tienes un libro que quieres leer pero te emociona tanto que esperas un tiempo para hacerlo? 


- Me sucedió con "Cien años de soledad". Lo tuve en mis manos en octubre de 1967 y lo vine a leer a comienzos de 1969. Y me ha ocurrido con otros libros ("Mi amigo Henry Miller", de Alfred Perlés, "De cerca y de memoria", de Jorge Enrique Adoum, "Adiós bandera roja", de E. Evtushenko y "Memoria de la melancolía", de María Teresa León). Pero el colmo fue hace pocos años cuando compré los cinco volúmenes de las "Obras completas" de Pablo Neruda (editadas por Galaxia Gutemberg) y las contemplaba en mi biblioteca como si fuera un libro sagrado en el altar. No me atrevía ni a tocarlos. (Obviamente, y por fortuna, tengo varios tomos de sus "Obras completas" en las distintas ediciones de Losada, leídos, releídos, subrayados y manoseados hasta más no poder). Un buen día decidí abrirlos, les puse mi nombre, los hojeé, los subrayé y me embebí en la sumersión total de su "Nerudiana dispersa" y de sus poemas políticos desconocidos como el texto contra el Mariscal Tito en que lo compara con "Tacho" Somoza y lo titula "Titacho"... Son temores reverenciales que todos los poetas tenemos. 




- Muchos escritores han dado consejos a los nuevos escritores. ¿Cuáles serían los tuyos? 


- Ya se ha vuelto un lugar común decir esto: "El mejor consejo a un joven escritor es que no oiga consejos". Claro está que es cierto. Uno debe escribir y punto. Pero, tampoco. Yo no solamente les diría sino que les he dicho a los nuevos escritores: lean, escriban y observen. Que lean mucho, sobre todo lo que les interese: poesía, narrativa, ensayo. O todo eso. Que escriban mucho, sin importarles la publicación. Que luego pulan lo escrito, que se esmeren en hacer una cosa buena, de calidad, pues después les espera una guillotina mental que es tratar de elaborar una obra de arte. Pero también que observen mucho el comportamiento humano. Con todos esos elementos pueden llegar a ser escritores. Bueno, al menos eso creo yo. 

¿Qué te hace perder la paciencia? ¿Una novela mal escrita? ¿Una llamada que jamás te llega? ¿Una amiga absolutamente incumplida? ¿Las groserías de un expresidentes? ¿La indolencia ante la tristeza? 

- Todo lo anterior, pero con algunas diferencias: una novela mal escrita, sencillamente la olvido por ahí. Claro está que una novela de Pío Baroja, por ejemplo, o de Roberto Artl, autores bastante descuidados en materia de redacción y gramática, nos resultan siempre seductoras. Una llamada que jamás llega o una amiga absolutamente incumplida nos obliga a tomar decisiones: ¡al diablo con la llamada! y ¡al diablo con la amiga! Las groserías de un expresidente no logran sacarme de quicio, pues tarde o temprano le ocurre lo que al toro miura, que muere intoxicado por su propia rabia. Y la indolencia ante la tristeza nos produce precisamente más tristeza. Lo que me hace perder la paciencia es, por ejemplo, hacer cola o esperar largo tiempo en el Catastro, en los bancos, en las estaciones del Transmilenio, en los consultorios médicos o aguardar respuestas de los editores. 

¿Recuerdas algo especial que te hubiera sucedido para decidieras escribir tu primera novela o tu primer cuento o tu primer verso? 

- Estaba en plena adolescencia en 1963 y un domingo fui al Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán) a ver El día más largo del siglo. Acababa de leer dos novelas: La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El rey viejo de Fernando Benítez. Me estaba comiendo una barra de chocolate Baby Johnny`s cuando de súbito, en mitad de la película, se me vino a la mente escribir una novela sobre los diez últimos días de Simón Bolívar en Santa Marta. Un capítulo sería narrado de manera lineal en tercera persona; el siguiente en segunda persona, el siguiente sería un monólogo sobre la ingratitud de los hombres; el cuarto, una carta escrita al estilo de las epístolas del Libertador; el siguiente capítulo sería una reflexión de Manuelita Sáenz, luego vendría un diálogo en forma teatral, y así, seguiría experimentando hasta el capítulo final que sería un monólogo interior sin puntos ni comas. Cuando llegué a mi casa en la noche me senté a escribir la historia de un tirón. Era tal mi entusiasmo, mi febril creatividad y mi alegría creadora que terminé el libro en una semana. Recuerdo que trabajé la novela durante un año. Primero la titulé Martirologio y luego El día de difuntos. A principios de 1964 la pasé en limpio y se la envié a Carlos Barral. Era una novela muy corta. Meses después recibí su respuesta en la que me decía que “tenía madera” y que cuando tuviera una “novela de verdad” él estaría complacido en convertirse en mi editor. Poco después, con nuevos proyectos literarios en la cabeza, destruí ese primer intento de novela.

Hubo novelas de la Violencia, luego novelas del realismo mágico y posteriormente de tiros, tetas, paraísos, capos…¿Estás en alguno de esos grupos o crees que tu literatura no se encasilla en ninguno? 

- Mi novela Las puertas del infierno, publicada en
1985, hace 25 años, es un híbrido afortunado: cuando la escribí, entre 1976 y 1982, yo pasaba por un período de mi vida bastante azaroso y depresivo, pero al mismo tiempo muy rico en vivencias tanto en mi cotidianidad como en mis lecturas literarias. Era prácticamente un vagabundo, bohemio, un azotacalles, y mientras escribía la novela, corregía su escritura en ella misma. El profesor y narrador Jaime Alejandro Rodríguez la calificó de “metaficcional”. Jonathan Tittler la llamó, generosa y desmesuradamente, un “Ulises bogotano”. Manuel Zapata Olivella dijo que era la novela de los condenados de la tierra. Pemán la encasilló como “pornografía mística”. Gonzalo Mallarino (padre) escribió que era la fotografía en negativo de una autobiografía novelada. Y algún reseñador reciente la ubicó como “autoficción”. De manera que no cabe en los calificativos de tu pregunta, aunque hay muchas tetas y uno que otro paraíso. 

¿Cómo ves la literatura colombiana hoy después de ocho años de mesianismo? ¿Hubo literatura comprometida? ¿Hubo literatura indiferente? 

- Los ocho años de mesianismo polarizaron al país de una manera alarmante. Como nunca antes, el colombiano medio ha generado una capacidad de odio increíble, que se trasluce en las conversaciones familiares, en los diálogos de oficina, en las tertulias, en los comentarios de los lectores de periódico escritos al margen de las noticias. Y lo tragicómico del asunto es que la mayoría de los odiadores y discutidores apasionados envían mensajes por internet con montajes pornográficos, con agravios e insultos contra los enemigos del mesías de pacotilla y luego dicen que son cristianos o católicos y hasta bendicen al prójimo. Todo eso, indudablemente, se convertirá en literatura, pero todavía no existe la perspectiva suficiente para serlo. Por ahora, lo único nuevo en industria editorial son las crónicas de los ex secuestrados, las memorias de ex guerrilleros y ex paracos y las novelas sobre narcos y sicarios. Algunas muy buenas, por cierto. Donde veo que hay realmente un aporte creativo, novedosa calidad y hasta belleza es en la nueva poesía colombiana. 

¿Habrá algún escritor atrevido u osado u oportunista u oportuno que se atreva a escribir algo sobre esos ocho años sin sentir pudor? 

- Supongo que los futuros historiadores tendrán mucho material para analizar el ochenio tétrico. Los apologistas, obviamente, tienen que ser los que fueron altos funcionarios del ochenio o sus usufructuarios, quienes desde luego desconocen el pudor. 

Tomando las palabras de Pablo Neruda a quien conociste muy bien: ¿Confiesas que has vivido? 

- Y bebido... Claro. Eso es relativo. Desde niño fui muy casero, me la pasaba leyendo libros, revistas de historietas, redactaba y armaba periódicos, escribía poemas y novelas en los cuadernos del colegio. Mi padre era abogado y estadístico. Mi madre pintaba y esculpía. Yo hablaba solo, tenía un hermano imaginario. Con Manuel, mi hermano real, inventaba países: Tatay, Bostejuden, Langai... Los fines de semanas había fiestas y tertulias en la casa de mi abuelo materno y mis tías, en Bogotá, y allí se tocaba el piano, el violín, el serrucho. A veces iba un trompetista de la Costa llamado Juan de la Cruz Acosta y Calderón y V., y se armaba la parranda con un tío que era mago y tocaba la batería. Iba siempre el poeta Víctor Amaya González y otros compañeros de la Estadística de mi papá y de mi tío Carlos Valdeblánquez (en esa época, Luis Vidales estaba exiliado en Chile), amigos bohemios que recitaban y contaban infinidad de anécdotas sobre los escritores y artistas famosos. Los domingos iba a cine con mis amiguitos del barrio Palermo. Ya siendo adolescente frecuentaba los cafés del Centro con mis compañeros literatos del colegio: Luis Fayad, Camuilo Silva Zárate, Alvaro Miranda, Pemán, los Zúñiga, César Amaya... Leíamos en voz alta a Sartre, a Neruda, a Hemingway, a Stefan Zweig. A mediados de 1965 me fui a vivir con mi papá una temporada a la Zona Bananera del Magdalena y a los pocos meses de estar allí me enfermé gravemente con una misteriosa enfermedad gastrointestinal que ni Bonilla-Naar -que era poeta, pero sobretodo, era el mejor gastroenterólogo del país-, me pudo curar. Duré diez años postrado. Además, como era fumador empedernido, sufrí de pólipos en las cuerdas vocales. Vivía enfermo, no salía de la casa. Los papás de mis amigos me encargaban trabajos mecanográficos y hacía tesis de grado y con eso medio subsistía. Mientras tanto, escribía como un poseso: poemas, cuentos, noveletas, que siempre terminaba rompiendo. La primera vez que salí del país lo hice a los veinticuatro años por invitación de Manuel Zapata Olivella: fui a Venezuela y allí compartí inolvidables momentos con Neruda, León de Greiff , Anderson-Imbert, Otero Silva, y Elvio Romero. Cuando estuve en la URSS, ya era un hombre de cuarenta años. Luego estuve en Alemania Oriental y viví cinco años exiliado en Cuba. En Moscú, Leningrado, Berlín Oriental, Leipzig y Jena, mis amigos se burlaban porque mientras ellos se iban de rumba yo me la pasaba visitando iglesias ortodoxas y museos. Quizás he tenido más vida interior que mundana, casi siempre leyendo, escribiendo, dictando conferencias, tomando con mis amigos, saboreando deliciosas viandas y amando a las mujeres más hechizantes del planeta. No terminé nunca el bachillerato, no tengo doctorados ni licenciaturas, no soy académico ni he ejercido altos cargos. Ni siquiera tengo casa propia. Pero sí te puedo asegurar que, si ninguna duda, he vivido.


¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio? 
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros. 

¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres? 

- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro... 

¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos? 

- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”... 

¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes? 

- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk. 

¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico? 

- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica. 

¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron? 

- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”... 

- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)? 

- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores. 

- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino? 

- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.

- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio? 
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros. 

- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres? 

- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro... 

- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos? 

- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”... 

¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes? 

- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk. 

¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico? 

- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica. 

- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron? 

- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”... 


- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)? 


- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores. 

- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino? 

- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.