José Luis Díaz Granados ¡amigo!


No. 5.423, Viernes 3 de Septiembre del 2010 

Cuando no se tiene lo que uno ama, hay que amar lo que se tiene. 
Malba Taban 

Por: Jorge Consuegra (V Parte).


- ¿El proceso de escribir un libro produce angustia? ¿tensión? ¿dolor? ¿drama? 

- El proceso de exorcismo es angustioso en el sentido de que la escritura vaya a resultar inferior al proyecto soñado. Sería frustrante que el escrito esté plagado de lugares comunes, de párrafos planos, simples, desapasionados. Es entonces cuando, luego de haber derramado todo lo que tenemos dentro, comencemos a elaborar el texto como Dios manda: corregirlo, pulirlo, perfeccionarlo. No olvidemos que no basta con que un texto esté bien escrito: hay que tratar de convertirlo en obra de arte. 

- ¿Qué sucede con tus libros cuando aparecen en letras de imprenta en manos de otros que no son tus manos? 

- Todo escritor sabe que sus libros les pertenecen hasta que salen publicados. De ahí en adelante son de los lectores. Además, el fruto de las obsesiones y exorcismos íntimos se convierte de pronto en estuche ajeno: la carátula es del pintor o del diseñador, tiene un lomo que no existía en tu original anillado, en otra hoja aparece el pie de imprenta con los respectivos créditos, o sea, con otros nombres. El texto aparece con un tipo de letra totalmente distinto al que tú escribiste. En fin, ya ese libro deja de ser tuyo para pertenecer a innumerables e invisibles manos (y ojos y sentidos y sueños). 

- ¿Subrayas algunas frases en los libros? ¿Señalas tus lecturas doblando los vértices de las hojas? 

- Sí. Siento un placer infinito subrayando en los libros, las frases o párrafos que me estremecen a medida que avanzo en la lectura (o en la relectura). Te repito de memoria algunas frases que me llamaron la atención cuando era adolescente: "Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes" (L. Durrell: "Justine"); "Mandar y obedecer es lo mismo... Nunca he dado una orden sin reír, sin hacer reír. Es que a mí no me corroe el chancro del poder" (J. P. Sartre: "Las palabras"). "He hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos tan pobres y tan felices" (E. Hemingway: "París era una fiesta"). "Y en la insurrección de la luz, despertar con los que despertaron / o seguir en el sueño alcanzando la otra orilla del mar que no tiene otra orilla" (Pablo Neruda, "La barcarola"). No me gusta doblar los vértices de las hojas porque me parece que con el tiempo se pueden partir. 

- ¿Un ex presidente se merecería cuál libro? 

- La noche quedó atrás de Jan Valtin. 


- ¿Tienes un libro que quieres leer pero te emociona tanto que esperas un tiempo para hacerlo? 


- Me sucedió con "Cien años de soledad". Lo tuve en mis manos en octubre de 1967 y lo vine a leer a comienzos de 1969. Y me ha ocurrido con otros libros ("Mi amigo Henry Miller", de Alfred Perlés, "De cerca y de memoria", de Jorge Enrique Adoum, "Adiós bandera roja", de E. Evtushenko y "Memoria de la melancolía", de María Teresa León). Pero el colmo fue hace pocos años cuando compré los cinco volúmenes de las "Obras completas" de Pablo Neruda (editadas por Galaxia Gutemberg) y las contemplaba en mi biblioteca como si fuera un libro sagrado en el altar. No me atrevía ni a tocarlos. (Obviamente, y por fortuna, tengo varios tomos de sus "Obras completas" en las distintas ediciones de Losada, leídos, releídos, subrayados y manoseados hasta más no poder). Un buen día decidí abrirlos, les puse mi nombre, los hojeé, los subrayé y me embebí en la sumersión total de su "Nerudiana dispersa" y de sus poemas políticos desconocidos como el texto contra el Mariscal Tito en que lo compara con "Tacho" Somoza y lo titula "Titacho"... Son temores reverenciales que todos los poetas tenemos. 


- Muchos escritores han dado consejos a los nuevos escritores. ¿Cuáles serían los tuyos? 


- Ya se ha vuelto un lugar común decir esto: "El mejor consejo a un joven escritor es que no oiga consejos". Claro está que es cierto. Uno debe escribir y punto. Pero, tampoco. Yo no solamente les diría sino que les he dicho a los nuevos escritores: lean, escriban y observen. Que lean mucho, sobre todo lo que les interese: poesía, narrativa, ensayo. O todo eso. Que escriban mucho, sin importarles la publicación. Que luego pulan lo escrito, que se esmeren en hacer una cosa buena, de calidad, pues después les espera una guillotina mental que es tratar de elaborar una obra de arte. Pero también que observen mucho el comportamiento humano. Con todos esos elementos pueden llegar a ser escritores. Bueno, al menos eso creo yo. 

- ¿Qué te hace perder la paciencia? ¿Una novela mal escrita? ¿Una llamada que jamás te llega? ¿Una amiga absolutamente incumplida? ¿Las groserías de un expresidentes? ¿La indolencia ante la tristeza? 

- Todo lo anterior, pero con algunas diferencias: una novela mal escrita, sencillamente la olvido por ahí. Claro está que una novela de Pío Baroja, por ejemplo, o de Roberto Artl, autores bastante descuidados en materia de redacción y gramática, nos resultan siempre seductoras. Una llamada que jamás llega o una amiga absolutamente incumplida nos obliga a tomar decisiones: ¡al diablo con la llamada! y ¡al diablo con la amiga! Las groserías de un expresidente no logran sacarme de quicio, pues tarde o temprano le ocurre lo que al toro miura, que muere intoxicado por su propia rabia. Y la indolencia ante la tristeza nos produce precisamente más tristeza. Lo que me hace perder la paciencia es, por ejemplo, hacer cola o esperar largo tiempo en el Catastro, en los bancos, en las estaciones del Transmilenio, en los consultorios médicos o aguardar respuestas de los editores. 

- ¿Recuerdas algo especial que te hubiera sucedido para decidieras escribir tu primera novela o tu primer cuento o tu primer verso? 

- Estaba en plena adolescencia en 1963 y un domingo fui al Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán) a ver El día más largo del siglo. Acababa de leer dos novelas: La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El rey viejo de Fernando Benítez. Me estaba comiendo una barra de chocolate Baby Johnny`s cuando de súbito, en mitad de la película, se me vino a la mente escribir una novela sobre los diez últimos días de Simón Bolívar en Santa Marta. Un capítulo sería narrado de manera lineal en tercera persona; el siguiente en segunda persona, el siguiente sería un monólogo sobre la ingratitud de los hombres; el cuarto, una carta escrita al estilo de las epístolas del Libertador; el siguiente capítulo sería una reflexión de Manuelita Sáenz, luego vendría un diálogo en forma teatral, y así, seguiría experimentando hasta el capítulo final que sería un monólogo interior sin puntos ni comas. Cuando llegué a mi casa en la noche me senté a escribir la historia de un tirón. Era tal mi entusiasmo, mi febril creatividad y mi alegría creadora que terminé el libro en una semana. Recuerdo que trabajé la novela durante un año. Primero la titulé Martirologio y luego El día de difuntos. A principios de 1964 la pasé en limpio y se la envié a Carlos Barral. Era una novela muy corta. Meses después recibí su respuesta en la que me decía que “tenía madera” y que cuando tuviera una “novela de verdad” él estaría complacido en convertirse en mi editor. Poco después, con nuevos proyectos literarios en la cabeza, destruí ese primer intento de novela.

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