Prostitutas de novela

Tomado de El País/Cultura/España. Pintadas, cantadas, filmadas, esculpidas y, especialmente, escritas, las prostitutas han sido reflejadas en las artes desde diferentes ópticas que van desde la degradación y el poder sutil, pasando como refugio de amores frustrados. Mujeres tan señaladas por la sociedad como inspiradoras de personajes artísticos en una gama que las muestran como personas liberadas, o como viles pecadoras; o como influyentes hetairas y cortesanas; o como crueles mentirosas y ambiciosas; o como seres que se abren paso en la vida; o como consuelo de los hombres. Muchas veces, lejos de la denuncia periodística, la literatura ha dado visos de normalidad e idealización a la prostitución. 

Desde la María Magdalena bíblica de la cual san Lucas dice que Jesús la curó de espíritus malignos y le sacó demonios, hasta la Delgadina de Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, las prostitutas siempre han acompañado a las obras literarias. Una presencia que ahora recuerda la reedición de El Libro de Monelle, de Marcel Schwob (publicado por Demipage con traducción y prólogo de Luna Miguel), cuyas narraciones combinan la fantasía del cuento de hadas con la poesía más macabra. Un libro entre tierno y terrible que le fue inspirado al crítico y escritor francés por la joven prostituta Monelle (Louise en la realidad) que falleció prematuramente de tuberculosis dejándole a Schwob el corazón destrozado. 

“En la literatura grecolatina hay varias formas de ver la prostitución, desde la más modesta y miserable hasta la más sublimada”, explica Emilio Suárez, catedrático de Literatura de la Universidad Pompeu Fabra. No hay que olvidar que en aquellos tiempos ellas podían ser desde esclavas (alguna se ganaban su libertad prostituyéndose) hasta poderosas hetairas, como Aspasia “que tuvo gran influencia sobre Pericles y, según Plutarco, lo llevó a iniciar la Guerra del Peloponeso. Estas mujeres no eran exactamente prostitutas pero eran músicos o bailarinas, con otras habilidades, que estaban en los simposios de los mandatarios donde no llegaban las mujeres de a pie”, aclara Suárez. En la comedia griega y latina, agrega el catedrático, "aparecen personajes de prostitutas (y prostitutos), generalmente se refieren a ellos de manera irónica y les meten puyas. En el Satiricón de Petronio se describe a veces el mundo más sórdido y masivo de los lupanares romanos. Y el poeta Arquíloco difama a sus enemigos atribuyéndoles a sus hijas prácticas propias de la prostitución”. Sin olvidar a las prostitutas sagradas, como las sacerdotisas en el templo fenicio de Astarté donde “la pasión se veía como el ámbito de dioses como Eros o Afrodita, y Gorgias disculpa así el adulterio de Helena de Troya”. 

Las épocas posteriores fueron difíciles para los temas eróticos debido a la preeminencia del poder eclesiástico, pero la prostitución aparece en obras medievales como Los Cuentos de Canterbury de Chaucer o el Decamerón de Bocaccio, en los que frecuentemente se ve a las prostitutas como mujeres que engañan, enamoran y se llevan la fortuna de los burlados. También aparecen obras como La Celestina con presencia, en tono de picaresca, de las meretrices. En el Romanticismo “la eclosión de la mujer y sus derechos, incluso antes de las sufragistas, da una visión idealista de la prostituta. En la novela gótica, por ejemplo, como mujer dueña de su cuerpo y de su destino. La literatura las ve con simpatía, como libertarias”, explica Javier Aparicio, profesor de literatura de la Universidad Pompeu Fabra. Un ejemplo podría ser la Clarissa de Samuel Richardson.



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