Los elementos del desastre de Álvaro Mutis

Por: Omar Castillo/ Tomado de El Colombiano/ I Parte. En julio de 1953, Editorial Losada, S. A. de Buenos Aires, termina la impresión de Los elementos del desastre del poeta Álvaro Mutis. Así se iniciaba el itinerario público de un libro fundamental para la poesía que por esos años se escribía en Colombia y en los demás países de lengua española. Y si es posible rastrear huellas de otros creadores en los poemas que Álvaro Mutis reúne en éste libro, también es evidente que su voz ya ha conseguido un trazo temático y unas atmósferas que le permiten un carácter propio. Lo cual evidencia el diálogo directo que el poeta ha establecido con su tradición, la inmediata y la histórica, tanto en su idioma como en la de aquellos que le son más próximos en la cultura de occidente. 

En este texto circunscribiré mis reflexiones a la lectura de los poemas que componen la primera edición de Los elementos del desastre, libro cuyos significados para la poesía escrita en español, tanto hoy, como hace 60 años, siguen siendo perturbadores al tiempo que fascinantes, ya en lo abrasador de su contenido, como en las estructuras y el lenguaje en el que fue escrito. Su instante, el eco y el presente que encarnan no cesan en sus revelaciones. 

En Los elementos del desastre Álvaro Mutis trae al idioma español palabras y atmósferas que con gran plasticidad se vuelven imágenes tuquias de ofuscamiento y un vigor sudoroso. Palabras y atmósferas engarzadas en ritmos de alucinación y realidades enfermizas. Son imágenes de seres y situaciones que revientan, ofreciéndose como frutos ahítos por ser devorados. El suceder de éstas imágenes parece venir del caldo donde un mundo se ha extraviado en su nacimiento mismo, dando paso a ámbitos y significados donde se fundan leyendas y hazañas de azar. De todo lo cual quedan algas, muñones, despojos y otros menesteres que ha dejado la abundancia del desastre y que claman, desde sus montones, ser usados por quienes se entregan al consumo de sus rutinas, al encuentro fortuito del clima donde abastecer sus ansias de vida. 

Resulta inevitable, cuando se leen los poemas de Los elementos del desastre, no traer a la memoria histórica las sombras de aquellos personajes que, con sus tramas, alcanzaron a usurpar cualquier idealización humana. Sombras representadas en esos antiguos profetas que, para sus escrituras, se dedicaron a penetrar el instinto humano, las concepciones de sus miedos, el incógnito de su muerte, las albricias de su eternidad, a penetrar con sus estiletes el despavorido sentimiento humano hasta hacerlo susceptible de los elementos con los cuales fundar una fe. 

En Los elementos del desastre el poeta señala lo inútil de cualquier idealización humana, lo árido que terminan siendo los dogmas impuestos por ellas. En este punto las voces de quienes han padecido esas idealizaciones se suman y registran en la voz del poeta. Por eso a él no le son ajenos los modos expresivos de estos profetas de la quimera desolada. De ahí que cuando narra el suceder por estos elementos y desastres del devenir humano, los escriba una y otra vez sobre la página como quien escarba el inicio del misterio, los ecos de sus extravíos. La raíz de su estampida. 

El poeta escarba las costras acumuladas por la condición humana, y encuentra infecciones e infecciones que narran de jornadas por regiones de “dolor diseminado como el espeso aroma de los zapotes maduros”. La ofensa del miedo vuelta un frío abrasador. Trama de piedras que evidencian la memoria y el prematuro olvido. Maldiciones tejidas en los ojos de los rebaños humanos que pacen en las ciudades hechas coros de alabanza para un dios inútil. Tal cual sucede en el poema “El húsar” o, ¿es en el poema “El miedo”? Palabras, atmósferas e itinerarios parecen repetirse una y muchas veces consiguiendo un remolino de imágenes que logran ofuscar al lector, hasta dejarlo al borde de una realidad “sin pestilencia, pero con la notoria máscara” de un sol que se consume en la ruin memoria de sus artificios y paraísos. La fábula ha quedado en ascuas. 

Los poemas de Los elementos del desastre se movilizan en la página como poderosos racimos del habla que arrastra seres y situaciones consumidos entre lo mítico y lo circunstancial de sus existencias. Aun en lo más crispado del abyecto de sus descripciones, las palabras se solventan como provenientes de nítidas raíces. Su escritura se engasta en versículos y prosas que evocan las escrituras sagradas de pueblos sumidos en sus lecturas y comentarios. Pueblos hechos polvo en los delirios y significados atribuidos a tales escrituras. Hasta hacerse víctimas en el silencio vago de su ser escatológico.

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