Los elementos del desastre de Álvaro Mutis


No. 6.450, Bogotá, Lunes 22 de Julio del 2013 

Escribo novelas para recrear la vida a mi manera. 
Arturo Pérez Reverte

Los elementos del desastre de Álvaro Mutis
Por: Omar Castillo/ Tomado de El Colombiano/II Parte. El sólo título del libro narra una visión de la realidad. De una manera de aprehender esa realidad. La misma que evidencia un mundo no compacto en sus designios ni en sus leyes. Un mundo roto en sus estructuras y en sus sentimientos. Un mundo sumido en una tautológica letanía de recodos y abismos absurdos. Un mundo plagado, hecho un reguero humano que se encarga de difundir y hacer obedecer las plagas que los consumen, como si de un recuerdo pavoroso se tratara.
El título y el contenido de Los elementos del desastre evidencian decrepitud, sombras intactas, hilachas y olores que infectan al ser humano y a la cultura de occidente, del mundo. No olvidemos que la primera edición del libro sale en 1953, ocho años después del fin de la segunda guerra. Entonces no es raro que el poeta esté impactado por el oxigeno de su tiempo, el mismo que respiran quienes se encuentran con la realidad que ha dejado la catástrofe bélica. La misma que consiguió socavar la intimidad y la colectividad humanas hasta ponerlas en lo más abyecto y mórbido de sus expresiones y comportamientos. Y en medio de las celebraciones por el fin de la guerra, la balanza de la zozobra y el miedo que imponen los aliados tras su triunfo y su nueva redistribución geopolítica del mundo. 
Los elementos del desastre surgen desde los enconos que cultiva la metafísica moral de la cultura de occidente. Metafísica hecha dogma de fe. Hecha tras un reguero de muerte y escombros mantenidos como hitos históricos. Entonces, ¿cómo señalar de pesimista al poeta que nos narra las vicisitudes y hazañas vividas por oscuros seres que se consumen en los pliegues de la realidad? No es pesimista el poeta. No es oscuro. No es morboso. Su visión narra de los desastres que arrastra la historia humana. El poeta cumple con su función de ser raíz primitiva, hecha sustancia que se interroga en el habla escrita del poema. Los augures leen en el lomo de los elementos los signos del desastre.
Los poemas de Los elementos del desastre se hunden hasta lo oculto y lo evidente de la memoria que curte la realidad del día y la noche humana. Se hunden recabando un ritmo para la vida, la forma de una pregunta íntima y colectiva que de sosiego al devenir humano.
 En estos poemas asistimos a escenas donde cunden los despropósitos y las inclinaciones humanas dadas a condimentar sus padecimientos con aguas lustrales tomadas del oprobio y de la creencia en un cuerpo inconsútil. Aguas que acrecientan sus recaudos de infamia y conmiseración. Las criaturas de estas escenas viven estancadas en las membranas de un sueño que regresa siempre al sueño en el sueño mismo. Son seres inmersos en la eternidad que los acoge en su quietud, en los sopores de su cotidianidad. 
En el poema “El festín de Baltasar” asistimos al decorado de “una antigua secuencia de trajinada memoria”.  Secuencia realizándose en la telaraña de un día aciago. Rezo interminable por la boca de la bestia que es consumida en los cobres del alba que llega cargada de implacables y hastiados servidores, los que darán cumplimiento al rito a celebrarse en el cuerpo de Baltasar, en el “olvido que se prepara en el fondo de sus ojos”. En este poema los versículos se acomodan igual a los fragmentos conservados de un fresco, del cual otros se han perdido irremediablemente. Quedando sólo pasajes de la historia que informan. Son versículos arrancados de cuerpos mutilados por el uso y el tiempo, empero sobrevivientes que yacen hacia el olvido.
Con el poema “Los trabajos perdidos”, concluye el ciclo de los 12 que componen los Elementos del desastre. Decir que concluye es arriesgarse a ver en éste libro una noción visceral de la existencia, la misma que lo deja abierto a un sinfín de rasgaduras e interpretaciones en un tiempo casi mítico. En un tiempo vuelto un fruto que se marchita próximo a ser semilla. Quizá por eso el poeta dice en sus líneas finales:

[…]… el poema está hecho desde siempre. Viento solitario. Garra disecada y quebradiza de un ave poderosa y tranquila, vieja en edad y valerosa en su trance.

Trance al cual asiste el poeta una y otra vez, hasta alcanzar el eco de la estampida donde se fraguan las palabras para el poema. El mismo poema que será siempre otro. Pues parece que el porvenir del poeta es escarbar el encono donde se resuma la infamia toda de la humanidad. “¿El mito perdido, irrescatable, estéril?”.
Sobre la obra poética de Álvaro Mutis se han escrito y publicado notas, ensayos y libros que buscan dar cuenta de sus orígenes literarios, estilo y demás asuntos en su creación. Aquí sólo he querido expresar el impacto que finalizando la década de 1970, la lectura de Los elementos del desastre, significó para mí.
El reconocimiento de una tradición literaria nos permite realizar lecturas con las cuales aproximarnos a la multitud de voces que en una lengua, en el tiempo, a través de un poema, nos hablan, nos significan.
Cabe anotar que en la poesía escrita en Colombia, por los años de la primera edición de Los Elementos del desastre, el libro de Álvaro Mutis establece un diálogo con la obra fundacional de José Asunción Silva y la vastedad creadora de León de Greiff, abriendo el espectro de la poesía colombiana a otros ámbitos y experiencias, tanto formales como de estro poético.

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