Un café en Buenos Aires


No. 6.610, Bogotá, Lunes 17 de Febrero de 2014 

Hay dos clases de escritores geniales: los que piensan y los que hacen pensar. 
Joseph Roux

Un café en Buenos Aires
Hoy: Javier Núñez
Por: Pablo Di Marco/ Corresponsal de Libros y Letras/ Argentina.
     Suelo imaginar a la literatura como un templo habitado por adorables viejos sabios y cascarrabias que pasan los días despotricando contra lo mal que hoy se escribe. También imagino que estos viejos deben congregarse muy de vez en vez para decidir quiénes son los afortunados jóvenes escritores que merecen acceder al panteón que ellos ocupan. De ser cierta esta delirante fantasía, Javier Núñez tal vez sea uno de estos jóvenes elegidos: habitual colaborador en diferentes diarios y revistas culturales, autor de tres libros de cuentos y dos novelas; finalista del prestigioso premio Emecé; ganador del Premio Latinoamericano de primera novela “Sergio Galindo”; declarado “Escritor distinguido” por el Concejo Municipal de su ciudad natal… Fantasías a un lado, es un gusto poder conversar con un autor cuya obra y reconocimientos lo ubican como uno de los más promisorios escritores que Rosario tiene para ofrecernos.
—Gracias por recibirme, Javier. Tu novela La doble ausencia obtuvo en México el Premio Latinoamericano de primera novela “Sergio Galindo”. ¿Qué puertas te abrió ganar semejante galardón?
J.: No sé si me abrió muchas puertas, pero sí me puso en situaciones en las que difícilmente me hubiera imaginado poco tiempo atrás. Me representó la edición de la novela en un mercado como el de México, la participación en un par de ferias internacionales, y por sobre todas las cosas me significó un espaldarazo importante a nivel personal, no sólo por el premio en sí sino también porque se trató de mi primera incursión en el género —hasta ese momento sólo había escrito cuentos— y para mí fue importante comprobar que tenía una buena recepción por parte de los lectores con los pude hablar en esos días de la feria o de otros escritores que tuvieron la oportunidad de leerla, como Juan Villoro o Marco Tulio Aguilera. 
—Antes pensaba en la literatura como un templo habitado por adorables viejos cascarrabias. ¿Serán el maestro Aguilera y Villoro algunos de ellos? Mejor sigamos con nuestra charla, Javier. Uno de tus libros de cuentos pronto se va a publicar en Estados Unidos. Contame qué expectativas te despierta esa edición.
J.: Me gustó mucho la oportunidad de publicar en Nueva York y la propuesta de Sudaquia editores; no sólo porque apunta a un mercado significativo como el de los lectores en español en los Estados Unidos sino también porque busca hacerlo a través de libros que no necesariamente encajan en los cánones de las grandes editoriales, donde vale más ser un fenómeno de ventas que la calidad. También me genera expectativas la edición digital, porque es una forma de saltar las barreras geográficas que muchas veces supone la distribución. Y, aunque parezca absurdo, me gustaría que esta edición me acerque más a Buenos Aires, porque hasta ahora me resultó más accesible publicar en México o Estados Unidos que ahí.
Por un lado tenemos editores que no diferencian un buen libro de un asiento contable, por otro lado tenemos lectores cada vez más complacientes, orgullosos de poder leer de corrido Cincuenta sombras de Grey. ¿Por momentos no te gana la desesperanza?
J.: No me preocupan per se los fenómenos de venta, ni los lectores que responden únicamente a estos fenómenos; sí me preocupa cuando la lógica de mercado se impone por sobre todo y se transforma en el único objetivo de una casa editorial. Me gusta pensar que los editores que solamente son capaces de reconocer un fenómeno de ventas sin que importe la calidad, difícilmente perduren en el tiempo, porque las modas cambian y la misma lógica que los encumbra termina por fagocitarlos. Pero a lo mejor esto sea una fantasía o un deseo que poco tenga que ver con la realidad.
—Vamos con las dos últimas y clásicas preguntas de Un café en Buenos Aires (que por esta vez vamos a llamar con todo gusto Un café en Rosario): alguna vez Mario Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?
J.: Aunque la pregunta apunte a otra respuesta, la única que puedo dar es una no literaria: el día en que nació mi primer hijo fue la única vez que sentí que nunca antes había sido tan feliz. No quiere decir que después no volviera a serlo de la misma forma porque cada vez que fui padre la alegría fue idéntica, sino que esa experiencia tiene esa singularidad: no hay una felicidad análoga que la preceda. Igual no puedo elegir un día sobre los demás como el más feliz, sino un conjunto de sucesos o situaciones concretas que tienen que ver, sobre todo, con mis hijos y el amor.
Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de la época que prefieras. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
J: A Dickens. Lo llevaría al Ye olde chesire cheese a tomar unas cervezas y le preguntaría si de verdad Edwin Drood estaba muerto, y quién fue el que lo mató. Y después no se lo contaría a nadie.

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