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Ministerio de Cultura de Colombia

Reflexión. La transmutación de emigrar



Por: Angelo Marcano*
¿Qué implicaciones tiene el abandonar tu espacio cotidiano y tu entorno de vida? A través de un ejercicio reflexivo se indaga sobre cómo repercute la emigración en el individuo.

Si usted planea emigrar, sabrá ya que se ha comprometido con llevar a cabo una de las actitudes más humanas: la de tratar de pensarlo todo. Tan humana como ingenua, incluso risible.

Cada uno piensa acorde a su condición y sus necesidades, es lógico, pero sin importar el caso, en última instancia, emigrar se reduce a abandonar la totalidad de tu espacio cotidiano en busca de algo que no puedes obtener dentro de él. En ese particular ejercicio de pensarlo todo, nos dejamos deslumbrar por la gran cantidad de posibilidades y escenarios y terminamos concentrándonos en situaciones tan específicas que en perspectiva nos igualan a quien quisiera buscar cierto tipo de grano de arena en un desierto. Nos sumergimos en los detalles pero, ¿qué hay de lo general?

Por doloroso o por inapropiado para nuestra circunstancia, sacamos de nuestras cabezas las generalidades que involucra emigrar, esa síntesis, cambio hacia algo desconocido. Sin embargo, con la calma necesaria, sin ese comprometimiento excesivo con la causa, antes o después de ejecutados los planes, vale la pena pensar en qué consiste esa tarea transmutadora que cambia personas y países, qué cosas están en juego en esa ecuación que irremediablemente desnuda y reconfigura el espíritu.

Empecemos por lo más sensible, ¿qué se deja atrás al emigrar? Automáticamente surge la siguiente pregunta, ¿cabe una vida en una maleta? Una maleta es una herramienta muy pobre cuando se quieren guardar en ella palabras que uno no conoce bien o que no puede explicar. Si uno lo piensa, lo que menos compone nuestra vida cotidiana son los meros objetos. Más que objetos hay rituales e ideas o nociones. Uno se levanta de la cama y sabe cuál lado está más hundido o por donde rechina más, uno reconoce con el dedo gordo del pie en dónde está golpeada la cerámica en el piso, uno sabe a qué altura queda el espejo del baño... En cierto modo, uno cuenta con que esas cosas son así. Forman parte del tablero de juego. Incluso se tiene una relación histórica con las cosas, se tiene una noción de cómo llegaron hasta adonde están y de dónde vienen y por qué están así y eso ayuda a asimilarlas. Entonces, ya por ese lado empieza la sustracción. Nuestra cotidianidad personal compone nuestro espíritu, determina en gran manera nuestra forma de pensar. Si el modo en que luz alumbra tu habitación fuera más tenue o más brillante, quizás las decisiones de tu vida habrían sido diferentes. Eso también somos. Apartar esos elementos es en cierta manera ir desglosando el espíritu, pero sigamos averiguando qué queda después del desglose.

Un pensamiento final acerca de las cosas que abandonamos al emigrar tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje es otro plano donde existe la patria, se nos hace tan cómodo como una gran casa en la que conocemos los rincones que frecuentamos, donde nos reunimos con nuestros amigos, donde recibimos a las visitas

Una vez evaluado lo más elemental, hay que abrir el espectro, pero lo que fue clave en el ejemplo anterior seguirá aplicando en todos los ejemplos que se nos ocurran; rituales y nociones son los mayores componentes de nuestra vida y están en todo. Están en los seres queridos que encontramos con frecuencia en nuestro día a día. Además de ser una fuente que nos nutre, en la que nos reflejamos y que nos hace aprender sobre nosotros mismos, la cotidianidad de nuestro trato con nuestros seres queridos también compone nuestro espíritu. Hay reacciones suyas que podemos esperar, formas en las que se ríen o se preocupan o gestualizan que sabemos que en cualquier momento van a surgir en los encuentros cotidianos que podamos tener con ellos, y sin darnos cuenta, ese conjunto de cosas transforma nuestra forma de ser. Es un intercambio mutuo en el que todos llevamos algo de la forma de ser de aquellos que frecuentamos y queremos, que se nutre y se reafirma en cada encuentro que tenemos con ellos. Ese intercambio se interrumpe al emigrar.

Está también la noción de los lugares que nos rodean. Sabemos qué tan lejos está cierto lugar respecto a donde nos encontramos, sabemos qué tipo de gente frecuenta ciertos lugares, sabemos quién nos va a recibir en el bar que nos gusta, en la librería, en la casa de un amigo. Sentimos una especie de pertenencia al ver en fotos de alguien más cierta calle o cierta plaza porque sabemos cómo se siente caminar por ahí, al punto de que sentimos eso como nuestro.

Un pensamiento final acerca de las cosas que abandonamos al emigrar tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje es otro plano donde existe la patria, se nos hace tan cómodo como una gran casa en la que conocemos los rincones que frecuentamos, donde nos reunimos con nuestros amigos, donde recibimos a las visitas. Ir a un lugar lejano a esa “casa” suele desconcertarnos un poco. Palabras y expresiones a las que recurrimos confianzudamente y con frecuencia, dejan de hacernos entender tan bien como lo hacen en nuestra casa. Dejan de expresar lo que sentimos de la forma que en verdad nos identifica. No es mentira que al ir a otro país, independientemente del idioma, el don del habla se ve restringido, su alcance se reduce mientras vuelve a adecuarse.

Hay quienes tienen la dicha de emigrar sin ver a su país desvanecerse y quedar únicamente en la memoria. Pienso en aquellos que fueron obligados a huir de países en conflicto, de dictaduras. Para ellos quedan recuerdos de algo que muy poco se podrá acercar a la patria de su infancia. En muchos casos, la ruptura y el desarraigo consecuentes son trágicos. Quedan atados a algo cada vez más etéreo, una nacionalidad hecha de recuerdos que con los años se vuelve más difícil de compartir con coterráneos.

¿Y qué se gana al emigrar? A raíz de todo este desmontaje del alma -y por desmontaje quiero hacer entender descubrimiento, desnudamiento- la esencia de lo que somos queda mucho más expuesta, como una sustancia pura lista para mezclarse y hacer reacción. Nos volvemos energía acumulada buscando liberarse, buscando medios que se han interrumpido al abandonar nuestro espacio de vida. Inconscientemente, nuestro espíritu encuentra de nuevo su lugar en un entorno diferente, transformándose y creando cosas nuevas en nosotros.

Entre psicólogos se ha hablado de la alquimia como práctica que refleja aspectos de la psique humana, no es descabellado vernos a través de sus símbolos. Unum est vas, el recipiente donde ocurre la magia de la alquimia es uno mismo y a la vez el universo. Pasamos del caos del nigredo a la pureza del anima con lo cual estamos listos para atravesar el albedo y rubedo, transmutar en plata y oro, no “el oro normal (aurum vulgi), como creen los necios, sino el oro filosófico”. Refrescar ciclos, refundar el universo, esas son actitudes humanas que nos permiten conocernos, avanzar y mantener al cosmos en movimiento. Emigrar es una forma de hacerlo.

*Angelo Marcano (Barquisimeto, 1994), periodista, ensayista y traductor. Estudió Comunicación Social en la Universidad Santa María, en Caracas, Venezuela. Ha publicado múltiples artículos, reseñas y entrevistas en el suplemento literario Verbigracia del diario venezolano El Universal y la página de la editorial Letra Muerta.

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