Un café en Buenos Aires con Gustavo Álvarez Gardeazábal

Por: Pablo Di Marco / Argentina / Especial para Libros & Letras.


“Nunca me he frenado para decir lo que pienso así me traiga consecuencias muy desagradables” 


Balzac decía que no debíamos tocar a los ídolos, pues el dorado se nos podía quedar pegado en las manos. Tal vez Gustavo Álvarez Gardeazábal recuerde aquel consejo cuando opta por escaparle al bronce para referirse a sí mismo como apenas un “anciano burletero” o como “un niño que come lento su helado para que no se acabe”. Sin embargo, Gardeazábal tiene muy en claro su sitial de leyenda viva colombiana. No podría ser de otra manera. Su obra, y su filosa palabra, ya hace más de medio siglo que interpelan, provocan, describen y atraviesan a su tierra.

En el café en Buenos Aires de hoy conversaré con cada una de las facetas del autor de Cóndores no entierran todos los días. Con el escritor, el político, el convicto y el periodista. Con la leyenda viva al que le piden consejo glorias de la literatura, expresidentes y presidentes, y también con el niño que disfruta su helado sin dejar de reírse del mundo que lo rodea.


—¿Cómo hace para no creerse un genio cuando buena parte de quienes lo rodean lo adulan hasta la tontería? ¿Cómo se hace para no ver a un crítico justo como a un enemigo?
G: La mejor arma para no dejarse enredar por la adulación o por el poder que conceden la plata o la política es reírse permanentemente de uno mismo. Yo gozo burlándome en público de mis aciertos y equivocaciones, y ese sentido del humor me ha ayudado a escapar del torbellino de la leyenda y a perderme en el marasmo de la soledad.


—Recuerdo que cuando le comenté que había terminado de leer un libro de Reinaldo Arenas, usted me dijo: “Ah, sí. Conocí muy bien a esa loca”. ¿Quiere compartir con nuestros lectores lo que me contó aquella vez?
G: He sido, soy y seré la gran loca nacional sin tener vestirme de drag ni asistir a esos bochornosos espectáculos del orgullo gay. No sé qué te habré contado de Reinaldo, que era una loca majestuosa, paranoica y fea como ella sola, pero escribía de maravilla. Cuando salió del Mariel le visité en Nueva York, y para poder llegar a la cita hube de hacer llamadas en clave, de tocar la puerta dos o tres veces, tal cual me lo había escrito por carta (era la época del correo con estampillas, que yo llamo el correo de las babas). Su batalla contra Castro no fue tan grande como las maldades que Castro hizo con él. Daba pesar verle la cara mientras contaba las atrocidades del régimen en su contra porque era una loca redomada. Quien me ayudó entenderlo, y acaso hasta poderle ver, fue Lezama Lima en un par de carticas maravillosas que seguramente le debieron leer los policías del régimen castrista y estaban escritas quizás en una clave que no entendí completamente.


—Doy cualquier cosa por tener la oportunidad de recorrer la Nueva York de los años ochenta junto a usted y en busca de Reinaldo Arenas. También me contó una anécdota de Vargas Llosa, ¿la recuerda?
G: Cuando estaba preso y Vargas Llosa vino al Festival de Arte de Cali, pretendió visitarme (como lo hicieron centenares de personas que conseguían permiso para verme siquiera diez minutos durante los cuatro años de encierro), y el expresidente Belisario Betancur dizque le aconsejó que no me visitara porque podría quedar fichado por los servicios norteamericanos. Él lo atendió y no me visitó.

Gustavo Álvarez Gardeazábal
Gustavo Álvarez Gardeazábal 



—¿Varguitas tuvo miedo?
G: Le dio culillo. Yo había traído por primera vez a Vargas Llosa a Colombia en 1974, cuando estaba al rojo la pelea entre él y García Márquez.


—Hace años que le ruego que escriba un libro contando sus anécdotas y vínculos con otros escritores. ¿Me dará el gusto de escribir ese libro?
G: ¡Jamás! Eso no vale la pena. Acabo de demostrarlo al medir que nadie ha leído un artículo breve que escribí en octubre para la Universidad del Valle sobre experiencias entre escritores en los que narré mis encuentros con García Márquez y Rulfo.


—¿Me acompaña a hacer un repaso de su obra? Publicó Piedra pintada, su primera novela, a los veinte años. Jamás comprendí cómo alguien puede escribir una novela a esa edad. ¿Qué extraña alquimia de genialidad e inconsciencia lo llevó a semejante desatino?
G: Era estudiante de Ingeniería Química de la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín, donde mi padre me había forzado a estudiar para hacer trascender el capital familiar, y se me ocurrió que la mejor disculpa para poder salir a estudiar Letras era escribiendo una novela contra Monseñor Felix Henao Botero, el rector de esa Universidad. Mi padre me pagó la edición y la regalé en la puerta de la Universidad. Al otro día me echaron, como tenía que ser.


—Una novela efectiva.
—Efectivamente.


—Una vida más tarde, ¿qué encuentra en esa novela?
G: Aquello no era una novela, yo no sabía escribir, era apenas un atrevido, como lo he sido siempre. Pero encuentro el grato recuerdo de una travesura fundamental para poder haber llegado a donde llegué.


—Y a Cóndores no entierran todos los días la publica con apenas 27 años. Por cierto, qué titulo magnífico. Esa novela merece un sitio de honor en la literatura colombiana solo por su título. No me haga caso, Gustavo. Ahora soy yo el que se comporta como un adulón.

G: La escribí en 1970, cuando apenas iba a cumplir 25. Miguel Ángel Asturias le dio el Premio Manacor en 1971 y me abrió las puertas de la Editorial Destino. Desde 1972 Cóndores no entierran todos los días se ha publicado ininterrumpidamente pese a todos los trastos que le han querido colocar encima. Hasta el semestre pasado, cuando los editores de Panamericana, que llevaban diez años publicándola, resolvieron mandarme un contrato de renovación donde el titulo entraba en “provisionalidad” y pretendía que los autorizara para cambiarlo.


—Algo así como pedirle a Coppola que le cambie el nombre a El padrino.

G: Para no tener más problemas, en diciembre le doné los derechos a la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, Unaula, donde editaron hace tres años mi exitosa novela La misa ha terminado, para que con su producido constituyan un fondo que siga publicando mis novelas a futuro. Como ve, ni siquiera los editores se dieron cuenta que el titulo es una marca reconocida por toda Colombia. Y como en episodios como ese y en otros más de la vida cotidiana les hago ver la estulticia, me odian y me estigmatizan más y más, para honra y prez de mi vanidad.


—¿Estaba preparado para el éxito de Cóndores…? Intuyo que no siempre es bueno escribir un clásico a una edad tan temprana.

G: No acostumbro a voltear a mirar para atrás ni creo que valga arrepentirse de nada. A lo hecho, pecho.


—¿El éxito de Cóndores… fue un aliciente o un impedimento a la hora de sentarse a escribir el siguiente libro?

G: Inicialmente fueron más exitosas novelas mías como El Divino o El bazar de los idiotas, que fueron llevadas a la televisión. Cóndores no entierran todos los días, como los buenos textos, fue ganando lectores y aprecios con el paso de los tiempos. Hace ya 47 años que está circulando y cada vez la leen y la estudian más.


—A mí me lleva por lo menos tres años escribir una novela, y usted en 1972 publicó cuatro libros. ¿Puede explicarme semejante acto de irresponsabilidad?

G: Vivía tan enfermo que pensaba que, como me iba a morir, no iba a quedar tiempo de escribir todo lo que tenía que contar.


—Escribir para burlar a la muerte.

G: Y vea, ya llevo 72 años viviendo por encima de una y mil enfermedades que he dominado casi que con furia. Y aunque escribo una columna diaria en el Diario ADN y hago un programa de radio de media hora todos los días con Hernán Peláez, ya no me siento a escribir novelas sino cuando se me acaba la ilusión. Lo hago casi que por pura pica, quizás porque ya son cada vez menos los lectores. Como mis novelas no son la herramienta de Balzac para retratar la humanidad de mi entorno, sino apenas un divertimento de anciano burletero, gozo haciéndolas como un niño comiéndose lentamente un helado para que no se acabe.


—Los libros más exitosos no son necesariamente los más queridos por sus autores. ¿Hay algún libro suyo al que le tenga especial cariño y que, sin embargo, sus lectores no hayan valorado lo suficiente?
G: Sí. Los sordos ya no hablan, una novela sobre la tragedia de Armero, que incluye mis columnas periodísticas de tres años antes de que el volcán estallara advirtiendo de ello y de la necesidad de colocar sismógrafos. No tuvo eco porque todo lo mediático se quedó en el rescate fallido de la niña Omaira atrapada entre los escombros y se olvidaron de las responsabilidades para acomodárselas a los que se murieron.


—Hablemos un poco sobre el Gardeazábal político. Vargas Llosa cuenta que jamás leyó y escribió menos que durante los años en los que se dedicó a la política. ¿Le sucedió algo similar?
G: La política es castradora, no deja tiempo para leer ni escribir sino se tiene una férrea disciplina. No fue mi caso. Una novela que yo quiero mucho y que antes le mencioné, Los sordos ya no hablan, la escribí siendo alcalde. Y como gobernador saqué un libro de ensayos. La política no ha sido estorbo para mi frenesí literario.


—Creo que el mundo de los escritores es bastante similar al mundo de los políticos. La diferencia es que mientras los políticos se pelean por fortunas, los escritores se pelean por dos arepas. Usted, que estuvo de ambos lados del mostrador, podrá decirme si tengo razón.

G: Yo soy hijo, nieto y tataranieto de jugadores, pero no juego. Cambié la tendencia genética por la política, que es casi lo mismo: una apuesta permanente.


—Su paso por la política fue vertiginoso: Concejal de Cali, Diputado de la Asamblea del Valle, dos veces Alcalde de Tuluá, y al fin Gobernador del Valle del Cauca. La presidencia de la Nación parecía estar en su horizonte, sin embargo cae preso acusado de haberle vendido una escultura a un narcotraficante. Usted, que es un hombre ambicioso, ¿cómo lidia con el hecho de haber perdido la oportunidad de alcanzar la presidencia por culpa de una acusación que los años demostraron inconsistente?

G: No confunda la ambición con la necedad. Lo que pudo se pudo, lo que no, no se pudo. Sobre lo que sucedió ni hago historia ni lleno mi mochila de odios. Afronté la cárcel como una respuesta a mi equivocación de atreverme a enfrentar las oligarquías, y la historia se ha encargado de lo demás mitificando lo vivido.


—Si yo debiese escribir el guión de la película de su vida, comenzaría por la siguiente imagen: Gardeazábal despojado de su cargo de Gobernador, atrapado en la soledad de una celda, pidiéndole a su carcelero tan solo dos cosas: un cuaderno y un lápiz. Pocas imágenes más simbólicas que la de un escritor soportando la prisión a partir de la escritura. De ese contexto nace su ensayo La novela colombiana, entre la verdad y la mentira.

G: Nooo, Pablo... Esa escena es demasiado romántica.


—Propóngame otra mejor, Gustavo. A fin de cuentas acá, entre usted y yo, estamos empezando a escribir la película de su vida.
G: Cuando me entrego a la Fiscalía en la casa cural de Riofrio lo hago al lado del arzobispo y del alcalde de Cali, y a la cárcel me lleva un desfile de más de cinco kilómetros de carros de bomberos, buses, autos, motos y bicicletas en una algarabía que no he podido olvidar.


—Esa escena es muy buena. Eso sí, es bastante más costosa que la que yo le propuse. Será cuestión de conseguir un buen productor.
G: Y cuatro años después, cuando salí de la cárcel, el asunto fue tres veces más grande. Demoré entre la puerta de salida y la casa de mi madre tres horas y media presidiendo a pie una manifestación sin nombre. Allí comenzó a crecer el mito de mi carcelazo.


—Tras dejar la cárcel Hernán Peláez lo invita a sumarse a “La Luciérnaga”, que se convertiría en uno de los programas de radio más influyentes de Colombia. ¿Qué recuerdo tiene de esos años de éxito y polémicas?
G: Fueron diez años increíbles, porque a los exconvictos la cultura judeocristiana que rige en Colombia no les da cabida y los deja estigmatizados para siempre. Pero Peláez se atrevió a contratarme y resultamos un éxito. Tanto que tras las presiones del gobierno Santos que lograron sacarnos a Peláez y a mí de Caracol (la cadena radial que trasmite “La Luciérnaga”) nos adelantamos a todos y tenemos mucho rating con un programa diario de media hora entre él y yo conversando en podcast, y nos retransmiten 67 emisoras de AM, FM y online de todo el país.


—No puedo dejar de ver a su paso por “La Luciérnaga” como a una nueva reinvención de Gardeazábal: el estudiante, el escritor, el político, el presidiario, el periodista… ¿Con qué nos va a sorprender ahora?
G: Ya estoy muy viejo, y a esta edad no se cometen genialidades.


—Una conocida escritora alguna vez me dijo: “A Gardeazábal lo admiro como escritor, lo valoro como político y lo respeto como periodista. Pero también le tengo miedo”. ¿Por qué cree que despierta sentimientos así de apasionados y duros?

G: Tal vez porque nunca me he frenado para decir lo que pienso así me traiga consecuencias muy desagradables y mi vida haya sido objeto de atentados en su contra. Como no conozco la palabra miedo, no les queda más que tenerme miedo.


—Me han contado anécdotas indecibles sobre su refugio en el mundo. Me refiero a El Porce, su hacienda ubicada a escasos kilómetros de Tuluá. Que no hay mejor anfitrión que Gardeazábal, que las comidas son pantagruélicas, que las noches son… llamémoslas interminables, que no hay político y empresario colombiano que no se haya acercado hasta allí en busca de sus consejos… En fin, ¿qué sucedería si un día las paredes de El Porce comenzaran a contar sus secretos?
G: Ya los servicios secretos del estado lograron instalar unos micrófonos de escuchas usando un viejo sistema electrónico del MI6. Lo descubrieron los de la Fiscalía cuando resultó evidente que lo que conversábamos el libretista, Peláez y yo diariamente antes del programa estaba siendo oído. Pero no preocupe a los lectores, Pablo. Las paredes no hablan y mi memoria se ha vuelto (como la de todos los ancianos) selectiva. Prefiero que otros que me consultaron y siguieron o no mis consejos propaguen la voz.


—Me gustaría contarle a nuestros lectores una anécdota que lo describe a usted por completo. Mi novela Tríptico del desamparo estaba a la venta en la Feria del libro de Bogotá de 2013. Y usted, con la soltura e impunidad que lo caracteriza, un día dijo en “La Luciérnaga” que las tres novelas más vendidas de aquella Feria del libro eran El código Da Vinci, Cincuenta sombras de Grey, y Tríptico del desamparo. Hasta aquel momento mi novela había vendido cinco ejemplares, y tras su declaración agotó su tirada en 24 horas. Jamás olvidé aquel gesto. Porque es cierto que lo suyo fue una mentira descarada. Pero también es cierto que no es usual que en el salvaje mundo de los libros un escritor de peso le haga un favor así de grande a un autor desconocido. Y lo hizo por una sola razón: usted había leído la novela, y le había gustado. Supuse que esta es una buena oportunidad para darle las gracias.

G: Me he pasado mi vida teniendo la satisfacción de ayudar a quien lo necesite, no me ha importado que lo conozca o no. Basta con que por alguna circunstancia yo pueda meterme en el pellejo de la persona necesitada y entender por qué requiere ese favor mío, para entonces hacerlo. Y como no anoto detrás de las puertas mis favores, nadie me debe nada y yo me siento infinitamente satisfecho.


—Vamos cerrando la entrevista. Por momentos me aterra la idea de intuir que en algún momento me ganó la comodidad y terminé siendo menos de lo que pude haber sido. ¿Le pasa lo mismo? ¿Siente que lo ha dado todo? ¿O pudo haber sido mejor?

G: Ya le dije, no me arrepiento de nada. Todo lo que hecho, acertada o equivocadamente, ha sido parte constitutivo de una vida que cada vez aspiro a que sea más feliz. Y necesité de esas derrotas y victorias para poder llegar hasta donde he llegado.


—Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires, Gustavo: le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a qué bar lo llevaría, y qué pregunta le haría.

G: Yo no lo llevaría a ningún café. Lo atendería en mi casa, como ha sido mi muy conocida y criticada costumbre de haberme gastado la plata y la vida en grandes almuerzos. Y sin duda habría llevado a Marcel Proust, pero no para hacer el amor con él, sino para deleitarme con su mariquería. Debía haber sido una señora con carterita siempre, como la reina Isabel. ¡Cuánto habría gozado!





Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras. Leer más AQUÍ

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