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Desde un lugar sin nombre. El orden del desprecio: odio, desigualdad estados paralelos

El miedo a los bárbaros de Tzvetan Todorov


Por: Álvaro Mata Guillé*


El siglo XX, señala Tzvetan Todorov en su libro El miedo a los bárbaros, que “los mayores actos de barbarie no los llevaron a cabo los seres precisamente incultos. Los jefes de los Einsatzgruppen, las asesinas unidades móviles que exterminaban a los judíos tras el frente ruso, tenían estudios superiores. Eichmann tocaba hermosa música de cámara alemana del siglo XIX en sus ratos libres. Mao conocía a los clásicos chinos, pero eso no le impidió instigar las mayores masacres del siglo.”

A la lista de vejaciones que han padecido las sociedades, hay que agregar sin duda alguna, la corrupción, la que si bien a veces cuesta cuantificar, violenta el desarrollo social sin distinguir género, origen, gusto, inclinación o clase, boicoteando de manera concreta el progreso de todos: destruye lo institucional y el bien común, cercena a la persona, es decir, mutila la posibilidad que la sociedad sea una sociedad y que el individuo pueda ser un individuo, condenando a la miseria, el hambre, el hacinamiento, a la muerte, a muchos, haciendo del Estado un botín al servicio de la avaricia y la mezquindad, en el acervo de mercaderes y delincuentes. El corrupto, igual que el déspota, el ególatra o el dictador, olvida la existencia del otro pues sólo se ve a sí mismo: paralizado en su propia gula, corrompe lo social, erosiona los referentes, impide la convivencia destruyendo lo plural, en otras palabras, es un cáncer que dinamita, sin detenerse, el sistema democrático.


El miedo a los bárbaros de Tzvetan Todorov
El miedo a los bárbaros de Tzvetan Todorov


La herida que padecen nuestras sociedades va más allá de lo económico, tiene que ver con la razón misma de la sociedad: con el ciudadano, con la persona, con sentirse parte, tener voz y rostro.

Muchos de los detonantes que provocan el resentimiento entre ciudadanía e instituciones, entre clase política y población, se encuentran precisamente ahí, en la impunidad, la corrupción y el olvido del interés social, alimentado, ese rechazo, por el rencor, el odio, el deseo de venganza y linchamiento, dando paso, en nuestra época, a los fundamentalismos y el vaciamiento de referentes, al conformismo rebelde de las redes y a la destrucción de la ciudadanía, pero algo más que conlleva todo ello sumergiéndonos en una nueva vorágine: el odio entre unos y otros se ensancha y nos barbariza y la aparición de los estados paralelos.

La destrucción de la convivencia (exclusión, indiferencia, el hacer del corrupto, el odio), especialmente la desigualdad, tiene larga data, se reproduce de distinta manera en cada contexto, en los que a veces, como en las pesadillas, pareciera que el tiempo regresa con cada nueva dictadura, con presos políticos, más discriminación y desaparecidos, hasta llegar a nuestros días, la época de los estados paralelos, en villas miseria, favelas, municipios, barrios marginales, permeando también las economías y el comercio, sostenidos por mafias (drogas, trata, secuestro) que aprovechan la pobreza, la necesidad y el deterioro de las instituciones para organizarse y operar, pero sobre todo, además, aprovechando el vacío cultural, el vaciamiento de referentes y “el todo es lo mismo” que inunda cada espacio con su sed de consumo, de excesivo individualismo y el frenesí hueco de intentar diluirse en cada instante sin un pasado, sin futuro, ni más allá. 




El corrupto, igual que el déspota, el ególatra o el dictador, olvida la existencia del otro pues sólo se ve a sí mismo: paralizado en su propia gula, corrompe lo social, erosiona los referentes, impide la convivencia destruyendo lo plural, en otras palabras, es un cáncer que dinamita, sin detenerse, el sistema democrático

En Costa Rica, se vivió por mucho tiempo bajo la ilusión (el simbolismo), de una igualdad moral, ética, personal, que despreciaba las jerarquías, "al sabelotodo", al que dictaba "lecciones de vida", al ególatra, al solemne. Un ejemplo de ello lo contaba Antidio Cabal, el poeta español que se estableció en suelo costarricense huyendo de la dictadura de Franco, que cuando caminaba por el centro de San José, deteniéndose a conversar con los campesinos, en los años 50 del siglo pasado, al rato de escucharlo le decían sin tapujos: "españolito, aquí nadie puede estar más arriba de la altura de una vaca", que para su sorpresa, se unía a la "irreverencia" de bailar el himno nacional, de coger la bandera de capote, de mantel o de enagua y haber eliminado el ejército. Temperamento "de igualazón", que provenía de la época colonial, de las penurias, la pobreza y la necesidad, convertida en una condición ontológica que se tradujo, en la práctica, en un imperativo social extendido, en general, a todo el país: nadie era más que el otro, todos eran todos, todos comían y se educaban de la miseria, hasta que aparecen, después de la revuelta del año 48 del siglo XX, entre otras cosas, el político angurriento y profesional, la burocracia clientelar de la prebenda y los privilegios, el clasismo de los nuevos ricos y la galopante corrupción, que ensancha, como sucede en todos nuestros países, la fractura entre unos y otros, entre el aprovechado y el miserable, entre el muro que divide y aparta y la calle, es decir, de la “igualazón” se pasó al odio de clase, a un profundo resentimiento y rechazo, al desprecio. 

Antidio Cabal
Antidio Cabal



Es cierto que vivimos una crisis fiscal y económica, pero sobre todo una crisis moral y ética, de ciudadanía, es decir, de ciudadanos, de polis, de ágora, del sentido las cosas, pues no sólo se impuso el resentimiento ante jerarquías burocráticas de la prebenda y el privilegio, o ante las élites económicas mezquinas, usureras, avariciosas, también se impuso como norma el odio y la frivolidad: el desconocimiento del otro, su exclusión acompañado de una sonrisa fría y estúpida.

La herida que padecen nuestras sociedades va más allá de lo económico, tiene que ver con la razón misma de la sociedad: con el ciudadano, con la persona, con sentirse parte, tener voz y rostro.


ÁLVARO MATA GUILLÉ
*ÁLVARO MATA GUILLÉ.

Poeta, ensayista, gestor cultural, dramaturgo. Coordinador general del Corredor cultural Transpoesía. Leer más AQUÍ
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