Un café en Buenos Aires con Miguel Sardegna

Por: Pablo Di Marco / Especial para Libros y Letras.

Hace mucho tiempo que tenía pendiente el café en Buenos Aires de hoy. Y no porque Miguel Sardegna sea el autor de Horario de oficina y de Hojas que caen sobre otras hojas. Lo que me convoca a conversar con Miguel es su pasión por la escritura y su lucidez para analizar lo que rodea al mundo del libro. Lucidez que le permite decirme, por ejemplo, que “escritor es el que escribe, no el que publica”. Lucidez que le permite decirme que “una novela se publica cuando se tiene que publicar, ni un minuto antes, ni un minuto después”. Siéntense a nuestra mesa, el café está servido.

—Tengo una lucha interna con la palabra “escritor”. A veces la percibo como a una palabra inalcanzable y enmarcada en bronce, y otras veces me obligo a bajarla del pedestal y me recuerdo que un escritor es apenas un tipo que trabaja de inventar historias. Que así como hay carpinteros que hacen sillas, hay escritores que crean cuentos. ¿Cómo resuena la palabra “escritor” en vos?

Nunca tuve demasiados problemas con la palabra escritor. La uso incluso desde antes de haber publicado. Siempre pensé que escritor es el que escribe, no el que publica. En mi caso implicó también una suerte de salvación saberme escritor. No lo olvidé nunca mientras estudiaba Derecho y me recibía de abogado. No lo olvido tampoco ahora, mientras saco entre treinta y cuarenta dictámenes legales por día, como asesor en un oscuro ministerio. Cuando me preguntan, no suelo decir que soy abogado, mucho menos que soy funcionario público. En este sentido, esto que cuento acá es una gran excepción. No tengo dudas de que soy escritor. Creo que no hay que esconder la palabra escritor, y creo que tampoco hay que colgársela en un cartelito en la frente. A nadie le importa que seamos escritores, Pablo. Los escritores somos gente poco importante.



—Qué rico eso que decís que “escritor es el que escribe, no el que publica”. Hace poco le comentaba algo similar a un chico que estaba desesperado por publicar para “reafirmarse como escritor”. Hay muy buenos escritores que aún no publicaron (y que tal vez jamás lo hagan), así como todos sabemos que hay tipos que publican todos los años y difícilmente lleguen a ser escritores. Parece una obviedad, pero a veces es bueno recordarlo.

De todos modos no le restemos valor a la publicación. Publicar es el resultado de un enorme esfuerzo. Hay un círculo que se cierra cuando el libro por fin llega al lector. Lo que debemos hacer, entonces, como leí hace poco, es publicar y olvidar.

—Claro, lo que te permite publicar es soltar el libro, desprenderte de él tras años de escritura y corrección; en fin, abandonarlo. En 2013 publicaste tu primer libro, Horario de oficina. ¿Qué ganaste y qué perdiste de ahí a hoy, con la aparición de Hojas que caen sobre otras hojas? ¿La experiencia nos hace mejores escritores, o cada libro es un comenzar de cero?
La experiencia nos hace mejores, sin duda. Pero cada libro plantea sus propios desafíos. Yo tampoco soy ahora el mismo que era en 2013, por suerte. Hay temas, estéticas y preocupaciones que se pueden repetir, y sin embargo  el abordaje siempre es nuevo.

—En 2016 tu novela Los años tristes de Kawabata obtuvo la primera mención del Premio Clarín. Uno de los jurados del premio, Juan José Millás, se refirió a ella como “Puro amor a la literatura”. ¿Cómo es posible que al día de hoy la novela continúe inédita?
Hermosas las palabras de Millás de ese día, gracias por recordarlas. Millás fue muy generoso conmigo y con mi novela. Imagino sus palabras, algún día, en la contraportada de Los años tristes de Kawabata. Es inolvidable para mí todo lo que sucedió la noche de la premiación. Tuve la posibilidad de hablar con cada uno de los jurados, antes de que anunciaran los resultados, cuando la noche era puro misterio y esperanza, y también después, con esa rara sensación encima de haber quedado segundo. Las bases del Premio Clarín no decían nada de otorgar menciones, fue decisión del jurado: Leonardo Padura, Sylvia Iparraguirre y Juan José Millás. Ellos tres decidieron por su cuenta hacer esa distinción, y recomendaron la publicación a Alfaguara, que era el sello organizador. Yo solo tengo palabras de agradecimiento por eso. 

—¿Y por qué no se publicó, entonces?
Es difícil saberlo. Creo que una novela se publica cuando se tiene que publicar. Ni un minuto antes (ni un minuto después). Isak Dinesen cuenta que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Me gusta esa idea. Digamos entonces que espero la publicación de Los años tristes de Kawabata sin esperanza y sin desesperación, y mientras tanto escribo. Hoy veo a Los años… como la primera novela de una trilogía del suicidio. Estoy disfrutando mucho la segunda historia, aunque cada tanto vuelvo la vista a la primera, no te voy a engañar. Va a ser una gran felicidad verla publicada, que tenga lectores. En este tiempo mucha gente se acercó a preguntarme por ella. Muchos entusiastas de la literatura japonesa y de Kawabata que me contactaron por Facebook. 

Miguel Sardegna. Foto de Bruno Szister

No tengo dudas de que soy escritor. Creo que no hay que esconder la palabra escritor, y creo que tampoco hay que colgársela en un cartelito en la frente. A nadie le importa que seamos escritores, Pablo. Los escritores somos gente poco importante

—Ojalá pronto podamos regalarnos su lectura. Mis agentes secretos me contaron que vas a tener un rol importante en una nueva editorial que se llamará También el caracol. ¿Es así?
Es un sueño hermoso formar parte de También el caracol. Es inminente el lanzamiento de los primeros títulos. La directora editorial es Mariana Alonso. Yo voy a dirigir una de sus colecciones, orientada a la literatura japonesa. Hay una “forma de decir” japonesa, una estética que nos apasiona y creemos que están dadas las condiciones para armar la colección que siempre soñamos. Tanto Alonso como yo estudiamos japonés y eso nos facilita algún vínculo con los traductores y con la comunidad japonesa. El primer libro será un volumen de cuentos de un autor que no tiene traducciones al castellano. Voy a resistir la tentación de hablarte de él. Me gustaría contarte todo, porque sé que se que te va a enamorar. Pero todavía es muy pronto. Estamos convencidos de que con este libro iniciamos un catálogo novedoso y potente.

—No se me ocurre trabajo más hermoso y complejo que estar al frente de una editorial. ¿Sos consciente del adorable lío en el que te estás metiendo?
Por ahora son todas alegrías para mí. Todavía no han comenzado los contratiempos. Claro que yo no tengo el trabajo más pesado en la editorial. Me asomé estos días a conceptos como “escandalio” y “punto de equilibrio” y entreví el horror. ¿Escuchaste hablar de eso?

—Jamás. Contame.
El escandalio sirve para calcular el costo de cada ejemplar y así saber cuál debería ser el precio de venta al público. Junto con el punto de equilibrio son herramientas que te permiten saber cuántos ejemplares tenés que vender para llegar a una cuenta de suma cero. Viendo estos números, uno se convence de que se edita desde el amor en Argentina. Ante ese panorama, hice lo que haría cualquiera en mi posición: corrí en la dirección opuesta. Son meses de mucha lectura, de mucha investigación, y de planificar sin límites. Creo que mientras mantenga esta inconsciencia romántica, todo va a estar bien.

—Si es cierto que cada día debemos aprender algo, yo hoy aprendí qué es el “escandalio”. Decime, Miguel: cuando pienso en literatura japonesa recuerdo mis lecturas de Mishima, Oé, Kawabata… ¿A quiénes me estoy perdiendo?
Qué difícil. Sé que me voy a arrepentir de esta lista, me voy a sentir culpable de los que dejo afuera, pero ahí vamos: Dazai, Tanizaki, Edogawa Rampo, Hiromi Kawakami. No hay manera de elegir mal con ellos. Todo lo que escribieron depara momentos mágicos.

—Listo, ya están bien anotados entre mis lecturas pendientes. ¿Sabés qué fue lo primero que me llegó de literatura japonesa? “Sennin” de Akutagawa. Lo leí de pibe en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Silvina Ocampo. Qué puerta de entrada ese libro…
Esa antología nos marcó a todos, está plagada de tesoros. Me acuerdo de Enoch Soames, por ejemplo, de Villiers de L'Isle-Adam, de Jacobs y su pata de mono. ¿Habríamos llegado a ellos si no fuera por ese libro? ¿Qué habría sido de nuestra vida como lectores?

—Deberías ver mi ejemplar. Tuvo tanto uso que tiene la mitad de las hojas sueltas. Aprovechemos esta charla para recomendarle ese libro a quienes aún no lo leyeron.
Hace algunas semanas me invitaron a un espectáculo de narración oral de cuentos japoneses. Festival Kawabata, se llama. ¿Viste alguna vez un espectáculo de narración oral?

 —Nunca.
Son hermosos. Narraron los cuentos sin dar ninguna indicación del autor. Recién al final, con el cierre del evento, nombraron título y autor. Fue lindo reconocer “Sennin” apenas con las primeras palabras del cuento, con el comienzo de la historia. Akutagawa está más vigente que nunca, eso es lo que te quería contar. Narraron también cuentos míos en el festival. Me preguntabas antes qué cambió con la publicación de Hojas que caen sobre otras hojas. Felicidades así antes eran impensables.

—Uno de estos días nos encontramos a tomar una cerveza y a charlar más largo sobre literatura japonesa, que es bastante lo que me podés enseñar. Ahora sigamos. Pensaba hacerle esta pregunta al Miguel-escritor, pero aprovecharé tus nuevas circunstancias para hacérsela también al Miguel-editor: El otro día conversaba con una amiga que, pese a escribir muy bien, hace años que ni siquiera logra que un editor lea diez páginas de alguna de sus novelas. Las editoriales casi no responden mails (y cuando lo hacen dicen que tienen las publicaciones cerradas de acá a dos años), los concursos suelen ganarlos los amigos de la casa… En fin, el mundo del libro a veces pareciera un cumpleaños familiar. ¿Qué consejo le darías a mi amiga?
Bueno, es posible que mi respuesta suene un poco ingenua, pero estoy convencido de que si vale la pena, la obra siempre termina imponiéndose. Tengo a mi favor infinidad de ejemplos de la historia de la literatura. Eso es lo primero que le diría a tu amiga. Arrancaría por ahí, para entrar en confianza y hacerla bajar la guardia. Y enseguida, cuando no se lo espera, pondría en cuestión sus ideas, la pelearía un poco. Yo creo que hace un mal diagnóstico. Siento que cae en una inducción un tanto simplista. A partir de algunos casos particulares elabora una conclusión general, y baja el martillo contra los concursos, contra los editores, contra los cumpleaños. Lo terrible de tener esa mirada pesimista del mundo es que nadie puede sacarte de ahí. Tenés que salir solo. Es una posición cómoda además, ¿no? Es muy seductor pensar que el mundo no percibe lo geniales que somos. Por supuesto que no es tan fácil publicar al principio, ¿pero quién quiere que lo sea?

—Ya mismo le pasaré tu respuesta a mi amiga. A ver si tenemos suerte y nos la encontramos en algún próximo cumpleaños. Vamos a otro tema: me resulta muy interesante que seas un apasionado del ajedrez. Creo que hay infinidad de vínculos entre un ajedrecista y un escritor. Te nombro uno solo: el ejercicio de la paciencia. A fin de cuentas tanto el buen escritor como el buen ajedrecista están obligados a controlar la ansiedad y desarrollar la paciencia.
Muy cierto. La paciencia es la misma. Dicen que el arte de contar una buena historia es el arte de saber administrar la información. Sin embargo, descubrí algo muy curioso hace unos años, cuando el ajedrez tomó mi vida como no lo hacía desde la adolescencia: el ajedrez y la literatura son incompatibles. Durante ese tiempo que mi vida se llenó de ajedrez, empecé a tomar clases individuales con un Maestro Internacional, jugué algunos torneos abiertos, nos fuimos con unos amigos a Mar del Plata para jugar un torneo por equipos, me recibí de árbitro regional, arbitré un torneo oficial… hasta me involucré en la política de la Club Argentino de Ajedrez. En ese tiempo de ajedrez, que duró un año y medio o dos, me fue imposible escribir.
Ahora, que armé otra vez mi vida alrededor de la literatura y escribo todos los días, ya no consigo jugar al ajedrez.

—La escritura y el ajedrez no son amigos para pasar el rato.
Son amantes celosos, reclaman exclusividad. Exigen que les ofrendes la vida entera, sin medias tintas. Muchos escritores antes que yo sintieron esta pasión por el ajedrez, y le dedicaron varias páginas. Creo, sin embargo, que la gran novela argentina sobre el ajedrez aún espera ser escrita.

—¿Kasparov  o Karpov? Y no me digas el ataque del primero y la defensa del segundo. ¡Jugate, Miguel!
Kasparov, sin duda. ¡El Ogro de Bakú!

—Tenemos al mismo ídolo. Solo esperemos que no nos escuche Putin.
Aprovecho para recomendarte Cómo la vida imita al ajedrez, del 2007. Por favor, qué delicia de libro. Funciona en muchos planos ese libro, ni siquiera es necesario saber jugar al ajedrez.

—¡Librazo! Esperá, dejame ir a buscar ese libro que quiero leerte un pasaje que tengo subrayado que bien podríamos leérselo a mi amiga. Y de paso me lo recuerdo también a mí mismo, que no me va a venir mal. Acá está: “No basta con tener talento. No basta con trabajar duro y estudiar hasta altas horas de la noche. Hay que ser, además, profundamente consciente de los métodos que te llevan a la toma de decisiones.” Podríamos charlar por horas, Miguel. Pero no cansemos a los lectores y vamos con la última: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
Ah, esta la estaba esperando, Pablo. A mí me gustaría tomar un café con Oscar Wilde. Dicen que los mejores cuentos jamás los escribió, sino que prefirió contarlos en vivo y en directo, a auditorios embelesados. Me imagino compartir un café (o una copa de absenta) con Oscar, en el Club Albemarle, junto con toda esa gente que lo seguía y lo escuchaba en silencio. Estar ahí, como uno más de la banda. Lo escucharía fascinado, atento a sus palabras, pero también a sus modales, a sus formas, a su porte. Solo eso. No abriría la boca.

—Gracias, Miguel, la seguimos en cualquier momento. Y para los lectores que quieran indagar en la obra de Miguel Sardegna, acá van un par de libros de su autoría. No se los pierdan.
Horario de oficina (cuento; Buenos Aires, Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)
Hojas que caen sobre otras hojas (cuento; Buenos Aires, Conejos, 2017) 






Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras. Leer más AQUÍ

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