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Ministerio de Cultura de Colombia

Un café en Buenos Aires con Sergio Olguín

Sergio Olguín. Foto de Jazmín Teijeiro
Sergio Olguín. Foto de Jazmín Teijeiro

Por: Pablo Di Marco*


Argentina es el país homenajeado de la actual Feria Internacional del Libro de Bogotá. Y el que Sergio Olguín sea uno de los autores que forma parte de la delegación de escritores argentinos invitados, es la excusa que encontré para proponerle una entrevista. Sus comienzos en el periodismo, su vínculo con la literatura colombiana, el particular mundo de la crítica literaria, su más reciente publicación en Odelia editora… apenas algunos de los temas que nos rondaron en nuestro café en Buenos Aires de hoy.


—Fuiste el primer director de la revista El Amante, a mi entender la mejor revista de cine de Argentina. Por ese tiempo yo tendría veintitantos años y, pese a que la revista era carísima, juntaba peso a peso para poder comprarla. ¿Qué recuerdos tenés de aquella experiencia? Fue una experiencia compleja. Yo tenía entonces veinticuatro años…


—¿Veinticuatro años? ¿Me estás diciendo que a la edad en la que a mí me costaba horrores juntar la plata para comprar El Amante vos ya eras su director? Mejor no me respondas nada, seguí con lo que me venías diciendo.

Yo había comenzado a hacer una revista de cultura el año anterior (V de Vian) y con Pedro B. Rey queríamos hacer una revista de cine. Por medio de un librero conocimos a quienes serían los otros tres socios: Flavia de la Fuente, su esposo Quintín, y el amigo de ambos, Gustavo Noriega. Nos resultó muy fácil ponernos de acuerdo en lo que queríamos hacer: una revista de cine distinta a lo que se había hecho hasta ese momento, ponerle pasión a las críticas, ganas de difundir el cine que nos gustaba.


—Los periodistas culturales debieran empapelar las paredes de sus casas con afiches que digan: “¡Debo ponerle pasión a las críticas!”.

Y así nació El Amante. Yo fui el primer director y creé un consejo de dirección integrado por los otros socios. La primera medida del consejo fue sacarme de la dirección.


—No es grave. Ya le había pasado a Steve Jobs en Apple.

Continué en el consejo de dirección, pero ya los ánimos entre nosotros no fue el mismo. Creo que fue en el número 7 cuando parte del equipo decidió irse. Pedro y yo seguimos con V de Vian y trabajando en otros medios. A la distancia lo recuerdo como un año muy divertido, con mucho aprendizaje, muchas expectativas, pero también con una presión difícil de soportar a esa edad.


—Sos uno de los escritores argentinos invitados a la Feria del Libro de Bogotá. ¿Cuál es tu acercamiento a la literatura colombiana?

Con la literatura colombiana de las últimas décadas pasa lo mismo que con la argentina. Hasta hace unos años uno hablaba de literatura argentina y surgía omnisciente el nombre de Borges. En Colombia ocurría algo parecido con García Márquez. Y reconozco que el de Gabo es el primer nombre que surge cuando pienso en la literatura colombiana. Acompañó toda mi adolescencia y lo siguió haciendo después. Hace poco releía partes de Cien años de soledad y volví a sentir la fascinación por su prosa. Por suerte la sombra de Gabo no fue tan poderosa para tapar a Álvaro Mutis y sus historias de Maqroll el Gaviero. En la revista V de Vian, en los 90´, publicamos el bellísimo poema “Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn” de Jotamario. En esa época era difícil acceder a un autor como él y descubrir ese poema fue como encontrar una pepita de oro en el desierto. Ya más acá, Fernando Vallejo me partió la cabeza con su estilo desbordante. Por suerte en los últimos quince años la literatura colombiana ha llegado con más habitualidad a la Argentina. Disfruté mucho libros de William Ospina, Evelio Rosero, Margarita García Robayo, Juan Gabriel Vázquez y las crónicas de Alberto Salcedo Ramos.


—Te recomiendo a otros buenos autores para que sumes a esa lista: Orietta Lozano, Carolina Urbano, Andrés Mauricio Muñoz, Luz Mary Giraldo, Jerónimo García Riaño, Alejandra Lerma, Daniel Ferreira, Fermina Ponce...

Tomo nota de esos nombres.


—No te van a defraudar. Sigamos adelante: a fines de 2017 reeditaste tu libro de cuentos Las griegas de la mano de Odelia editora. Releer y corregir un texto escrito tiempo atrás no siempre es sencillo. Es casi como abrir un viejo álbum de fotos, uno no sabe si lo que va a ver le provocará felicidad o tristeza. ¿Vos con qué te encontraste al volver a Las griegas?

Al releer Las griegas me encontré con un escritor en formación que se esforzaba por encontrar su propia voz. Hay un par de relatos que anticipan mis novelas, pero hay otros que son más fruto de la época, como el cuento “Quiero que me hables de Claudia Schiffer”. Creo que lo que más me despiertan esos relatos es ternura. Sí, soy muy condescendiente conmigo mismo. 


Portada de Las griegas de Sergio Olguín. Foto: Che.Ca Diseño
Portada de Las griegas de Sergio Olguín. Foto: Che.Ca Diseño



—Hay una cuestión que me llama la atención de Odelia editora: cuenta con un catálogo con personalidad definida, virtud infrecuente en una editorial joven. ¿Qué significó para vos, tras tantas publicaciones en tantas editoriales, publicar en Odelia?

Fue volver a mis tiempos de revistas culturales, hechas siempre con esfuerzo, con muy poco dinero y mucha pasión. Así es Odelia, una editorial pequeña pero que trabaja muy bien. La primera edición de Las griegas fue una autoedición, así que me pareció que era una buena idea mantener ese libro en el mundo de las editoriales independientes. A fines del año pasado fui a una feria del libro en las afueras de Buenos Aires. No estaban mis libros publicados en Tusquets, ni los que aparecieron en el grupo Penguin Random House, ni mis novelas juveniles de Editorial Norma o de Edelvives. Estaba Las griegas en la edición de Odelia. Ese esfuerzo es muy valioso para un escritor.


—El mundo de los libros también está conformado por celos, vanidades y críticas con las que no siempre es fácil lidiar. ¿Cómo te manejás con ese lado b que por momentos puede ser abrumador?

Durante muchos años fui crítico, a pesar de que joven detestaba la crítica y a los críticos. En V de Vian decíamos de esa gente en un editorial: “Podrán ser buenos ginecólogos, pero nunca llegarán a ser buenos amantes”. Y en mi época de crítico me dedicaba a dar mi opinión, algo que muchos no hacen. Es divertido pero se hieren muchas susceptibilidades y se ganan enemigos. Y esos enemigos tienen amigos que hacen crítica. Así que estaba preparado para los comentarios negativos de mis libros. Reconozco que no fue tan duro. En general los trataron bastante bien o directamente los ignoraron. En la crítica funciona mucho el amiguismo. Hay gente que habló muy bien de mis libros porque era amiga o —lo que todavía es mucho más efectivo— su jefe era amigo mío. 

Portada de Las griegas de Sergio Olguín. Foto: Che.Ca Diseño
Portada de Las griegas de Sergio Olguín. Foto: Che.Ca Diseño



—Y también falta aquello que dijiste antes, “ponerle pasión a las críticas”.
Por esa razón no me tomo muy en serio los comentarios que salen publicados, a favor o en contra. Prefiero las críticas de los lectores. Por Twitter tengo un diálogo directo. Y cuando un lector me dice que lo desilusioné, me duele muchísimo más que el comentario negativo de un crítico.


—Me gusta esa idea de que los libros no se terminan sino que se abandonan. ¿Cometiste el típico error de juventud de publicar algún libro antes de tiempo?
Nunca sentí eso. Cada libro es también hijo de su época. Hoy no escribiría Lanús como la escribí a comienzos de los 2000, pero así y todo me sigue representando como escritor. Cuando tenía veinte años llevé mi primera novela a una editorial. Tres años de trabajo, trescientas cincuenta páginas escritas a máquina y divididas en dos carpetas. El lector de esa editorial la rechazó y me devolvió una carpeta, no había leído siquiera la segunda. Envié fragmentos de la novela como cuentos a la Primera Bienal de Arte Joven (1989) y saqué una mención. A veces pienso que si hubiera publicado esa novela (que después nunca quise publicar, ni siquiera un fragmento) habría desarrollado antes mi carrera de escritor. Pero son especulaciones. 

Sergio Olguín junto al equipo de editoras de Odelia editora
Sergio Olguín junto al equipo de editoras de Odelia editora



—Los libros más exitosos no son necesariamente los más queridos por sus autores. ¿Hay algún libro tuyo al que le tengas especial cariño y que, sin embargo, tus lectores no hayan valorado lo suficiente?
Los lectores son gente generosa. Siempre sentí que mis libros encontraban un público apasionado. No son los lectores sino los editores los que a veces no valoran la obra de sus escritores. Me causa gracia porque tanto en Tusquets de España como en Penguin Random House hablan de mis novelas juveniles con cierta condescendencia. Ojalá alguna vez vuelva a escribir algo como mi novela juvenil El equipo de los sueños que, por otra parte, es mi libro más leído y traducido. Durante años las editoriales ignoraron mi novela Filo (finalmente reeditada por Alfaguara en 2017, catorce años después de la primera edición en Tusquets). Por suerte, un alma generosa y anónima subió una copia de Filo a un sitio de intercambio gratuito de libros y el libro siguió vivo por ese medio. A Filo la quiero especialmente, tal vez porque hay mucho de mí, de mi época de estudiante en la facultad de Filosofía y Letras. Y porque es una novela con un final feliz y razonablemente pornográfico, que es lo que uno querría como final de la vida.


—Te haré caso y haré el intento de morir pornográficamente feliz. Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires, Sergio: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

Siempre lamento no haber conocido personalmente a escritores argentinos que fueron contemporáneos míos. Invitaría a tomar un café a Jorge Luis Borges, a Osvaldo Soriano, a Roberto Fontanarrosa. Y mientras tomamos el café (o el vino) les diría, como al pasar, toda la felicidad que me dieron con sus libros.


Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras. Leer más AQUÍ

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