Veinticuatro años después, Argentina regresa a Bogotá

Ilustración: Hache Holguín
Ilustración: Hache Holguín

Pasaron 24 años para que Argentina vuelva a ser el país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Este hecho inspiró a Pablo Di Marco quien, desde Buenos Aires, nos regala el siguiente cuento.



Por: Pablo Di Marco*


En 1994 Argentina fue el país homenajeado en la vii Feria del Libro de Bogotá, y yo fui la única mujer escritora invitada. Era inevitable que así fuera; mi primera novela ya hacía un año que agotaba ediciones mientras los suplementos culturales competían por ver cuál redactaba la reseña más elogiosa. Todo aquel éxito estaba a punto de destrozar mi matrimonio. Es extraño, con Gustavo fuimos capaces de resistir la muerte de nuestro hijo, pero no mis sorpresivos quince minutos de fama literaria. Nunca olvidaré el gesto sobrador de Gustavo cuando le comenté que me había inscripto en un taller literario.

—Me va a salir más barato que cuando se te ocurrió pintar —me dijo dándome una palmadita en la cabeza, como si yo fuese una perra idiota.

Pero la perra, aparte de idiota, también era terca. La escritura me atrapó como no lo habían hecho ni la pintura ni el teatro, y tras un par de años de esforzarme con una veintena de cuentos mediocres, me lancé de lleno a una novela. Durante trescientas páginas vomité el foso al que había caído mi vida tras el suicidio de Nacho, su cuerpo destrozado sobre los rieles del tren. Un viejo amigo, editor de ediciones Altea, hizo el resto, y una mañana de invierno firmé mi contrato de publicación.

—Que juegue a ser Silvina Ocampo —le dijo Gustavo a un amigo—. Cada hora que escribe es una hora que no me rompe las pelotas.

Y así fue, nunca más volví a romperle las pelotas. Sobre todo cuando pocos meses más tarde Sobre perras idiotas llegó a las librerías. Fue como si decenas de miles de lectoras hubiesen esperado por años la llegada de mi novela. Filas de una cuadra a la espera de mi firma, entrevistas en diarios y radios, y hasta una insólita invitación para almorzar con Mirtha Legrand. De un día al otro Gustavo, el jefe de la familia, el abogado exitoso que proveía y decidía, se había reducido a maridito de la escritora Marisa Montero. Pero nuestro matrimonio aún precisaba de un último cachetazo para terminar de derrumbarse: la invitación a participar de la Feria del Libro de Bogotá.

—Si te vas, no vuelvas —me amenazó Gustavo—, que esto no es un hotel sino una casa. Te lo juro, Marisa. Si te vas, cambio las cerraduras y quedás en la calle.

Dos semanas después aterricé en El Dorado —ah, debieran ver la vista desde el avión, no hay verde más verde que el de los cerros que custodian Bogotá—.Yo era la única mujer de una delegación que incluía a Jorge Asís, Mempo Giardinelli, Marcos Aguinis, Fontanarrosa y Caloi. Ninguno me prestó demasiada atención. Supongo que ser mujer, desconocida y, para peor, reciente bestseller, me excluyó del clima de estudiantina masculina que rodeaba al grupo. Mi única compañía durante aquella semana fue Jairo, un chico de veinte años —la edad que hubiese tenido mi hijo de estar vivo— que la organización de la Feria puso a nuestra disposición.

Mi reciente fama porteña no había llegado a Colombia. A nadie parecía importarle mi presencia o ausencia, así que mientras mis compañeros dedicaban sus tardes a conferencias, debates y firmas de ejemplares, yo recorría Bogotá en compañía de Jairo. Tintos en el decadente y señorial Café San Moritz, arepas en la Séptima, subida en teleférico a Monserrate… La última noche, animada por la inminente partida y algunos tragos de más, empujé a Jairo a la habitación de mi hotel con la excusa de dedicarle un ejemplar de mi novela.

—Tus servicios de acompañante merecen una pequeña recompensa —le dije intentando disimular mi borrachera.


La tarde se deslizó entre caminatas por La Candelaria y La Macarena en compañía de mi bello Jairo, que se había vuelto un maestro de Historia de cuarenta y cuatro años. Cuando me extendió el celular para mostrarme la foto de su esposa e hijo, no pude evitar imaginarlos mi nuera y mi nieto

Me sedujo su temor ante mi deseo, su desamparo al descubrirse débil ante una mujer veinte años mayor, pero ante todo me encendió la posibilidad de abrazar, besar y amar otra vez a mi hijo. Te quiero y te extraño, mi bebé, recuerdo haberle murmurado mientras frotaba mis pechos contra sus labios húmedos.

Al día siguiente, en el aeropuerto, Jairo me preguntó quién me esperaba en Buenos Aires.

—Nadie —le dije—. Allá abajo me espera la nada.

—¿Y entonces por qué mejor no te quedas aquí arriba?

Me limité a deslizarle un beso breve y dulce ante la disimulada mirada la estudiantina masculina.

En Buenos Aires, efectivamente, me esperaba la nada. Gustavo —abogado brillante y expeditivo como pocos— resolvió el divorcio en un suspiro que me eyectó a un opaco departamento de dos ambientes. El derrumbe de mi incipiente trayectoria como escritora fue todavía más veloz. Sobre perras idiotas quedó sepultada en el olvido, y mi siguiente novela —un vago refrito de la primera— pasó desapercibida.

—Supongo que siempre supiste que no eras Marguerite Yourcenar —me dijo mi editor tras una presentación fallida.

Pese a todo me publicaron una tercera novela. Alcanza con decir que buena parte de esos ejemplares juntan humedad en la baulera de mi departamento. Mi aventura literaria había llegado a su fin. Gustavo lo habrá disfrutado a la distancia.

Pasé los siguientes veinte años trabajando como bibliotecaria en distintas escuelas. Me jubilé a los sesenta y cuatro, pero no soportaba los días en casa, así que me busqué un puesto de medio día en una biblioteca barrial. A los dos meses de comenzar aquel trabajo se apareció un muchacho de traje y corbata preguntando por la escritora Marisa Montero.

—Al fin la encuentro, señora. Usted es peor que un fantasma. ¿No se enteró que existen las redes sociales? De no ser porque su nombre figura en Internet como empleada de esta biblioteca, jamás la hubiese encontrado.

Me limité a abrir las manos en señal de disculpa. Hice unos libros a un lado, lo invité a sentarse y le pregunté en qué podía ayudarlo.

—No sé si sabía, pero Argentina es el país homenajeado en la Feria del Libro de Bogotá —dijo mientras me extendía una tarjeta que indicaba su nombre y su cargo en el Ministerio de Cultura—. Y usted es una de las escritoras invitadas.

Algo en mi desconcertado silencio lo habrá llevado a seguir hablando con el tono de quien se justifica ante un viejo amigo.

—Disculpe que sea todo tan a las apuradas. Es que los medios armaron un lío bárbaro con esto de que los invitados sean todos hombres. Entonces el Ministerio invitó a Luisa Valenzuela y a un par de escritoras más, pero todas tenían compromisos adquiridos. Y cuando revisamos los listados de la última vez que Argentina fue país invitado en Bogotá, apareció su nombre. Desde ayer que la buscamos por todas partes. ¿Estaría usted interesad…?

—¿Cuándo debiera estar allá?

—La Feria comienza mañana. Y su avión sale dentro de doce horas.

En la biblioteca no aceptaron que me tomara una semana de licencia a tan poco de comenzar mi trabajo, así que renuncié. Solo les faltó amenazarme con cambiar las cerraduras, pedirme el divorcio y dejarme en la calle.

Nada había cambiado. Bogotá seguía enmarcada por el verde más verde del mundo, y la Feria en Corferias no distaba demasiado de la que recordaba. Hasta la frialdad de la actual delegación conmigo era muy parecida a la de veinticuatro años atrás. Aunque ahora era más comprensible: yo era una desconocida cuyo único mérito fue haber escrito un mediocre bestseller de mediados de los años noventa. Solo faltaba una vuelta de tuerca para que el déjà vu fuera completo. Y aquella vuelta llegó en medio de una soporífera charla sobre la influencia del tango en la literatura argentina. Era inevitable descubrirlo: el auditorio pequeño, la concurrencia escasa… El tiempo también había pasado para él, pero la mirada firme bajo las cejas gruesas era idéntica a la que me sedujo en 1994.

—¿Sigue precisando de un guía para recorrer la ciudad, estimada escritora?

La tarde se deslizó entre caminatas por La Candelaria y La Macarena en compañía de mi bello Jairo, que se había vuelto un maestro de Historia de cuarenta y cuatro años. Cuando me extendió el celular para mostrarme la foto de su esposa e hijo, no pude evitar imaginarlos mi nuera y mi nieto. Tras un café en la bella librería Luvina, le pedí volver a lo alto de Monserrate. Y allí arriba, con Bogotá entera tendida a nuestros pies, volvió a hacerme la misma pregunta de un cuarto de siglo atrás:

—¿Qué te espera en Buenos Aires, Marisa?

—Nadie —respondí abrazada a su pecho—. Allá abajo me espera la nada.

—¿Y entonces por qué no te quedas aquí arriba?

—Tengo sesenta y cuatro años, Jairo.

Me acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja y, tras soltar una mueca despreocupada, dijo:

—Nadie te apura, podés pensarlo. Yo incluso podría intentar buscarte un puesto como bibliotecaria en alguna de las escuelas en las que trabajo.

Volví a mirarlo con atención. Las colinas se reflejaban brillantes en sus pupilas. Ah, si solo pudieran verlo… no hay verde más deslumbrante que el verde que enmarca a los cerros de Bogotá.


Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras. Leer más AQUÍ

Sígalo en Facebook: pablohernan.dimarco

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.