La casa de la infancia por Alberto Salcedo Ramos

En la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá, varios autores fueron convocados para hablar de aquellas palabras nuevas para emociones nuevas. Alberto Salcedo Ramos fue uno de los invitados y, a su mejor estilo, deleitó a los asistentes con un texto que rememora su infancia. A continuación, lo compartimos.


He cambiado de residencia varias veces, pero por mucho que me haya mudado, por mucho que haya recorrido, sigo viviendo en la casa donde pasé la infancia.

Anoche, cuando puse la cabeza sobre la almohada, cerré los ojos para evocar esa casa. La vi en perspectiva, desde el principio hasta hoy.

Vi a un abuelo severo, a una abuela plácida, a una madre motivadora, a varios tíos atareados, a una hermana memoriosa, a una tropa de primos ruidosos, a varios parientes lejanos que a veces llegaban de visita.

Por cada fulano que salía, alguien entraba, de modo que la casa se mantenía ocupada. Había música, parloteo, caos. Almorzábamos siempre en gavilla, y luego nos recreábamos. Los adultos proseguían su comadreo, los niños jugábamos.

Me encantaba regar migas de pan azucarado por el suelo para atraer a las hormigas. Era grato contemplar su marcha ordenada, su sentido de la solidaridad en el transporte de la carga.

En Navidad los primos vertíamos cera de brillar en el piso y, tras forrarnos los pies con trapos, nos deslizábamos. Entonces nuestro sentido primario del gozo transformaba cualquier oficio en divertimento. Yo era capaz de convertir en celebración el episodio más simple. Al terminar los aguaceros, por ejemplo, limpiaba el cristal empañado de la ventana para hacer brotar, como en un truco, la calle que se me había borrado. 


Al ver otra vez el tocador de la abuelita desentierro una imagen de ella que merece ser indestructible. Pero esa imagen volverá a extinguirse. La casa de la infancia se transforma tanto que prácticamente deja de existir. 
La casa de la infancia por Alberto Salcedo Ramos
Alberto Salcedo Ramos (fotografía tomada del Facebook del escritor)


Después los chicos nos volvimos grandes y los grandes se volvieron ancianos. Se marcharon los nuevos adultos, murieron los antiguos viejos, y la casa quedó a cargo de algún sobreviviente mayor. A partir de ese momento ya no nos congregaba la Navidad sino el funeral de alguno de nosotros.

Anoche, cuando apoyé la cabeza sobre la almohada, pensé que en ningún otro lugar percibo tanto el tiempo transcurrido como en esa casa. Allí me tropiezo con una niñera que me habla de la época en que yo tenía una agilidad acrobática, allí percibo en mis retratos de adolescente una gracia que ya no me pertenece. Entonces siento las heridas infligidas por cada hora vivida. La prima bailarina se volvió achacosa, la alacena donde el abuelo guardaba el whisky es hoy una despensa de medicamentos.

De repente, al plantarme frente al espejo de la alcoba principal, noto que ya no me parezco al niño que convocaba a las hormigas sino al abuelo austero. Entonces reconozco haber llegado al momento en que, patético por los años, uno solloza lo mismo por las ausencias que por los reencuentros.

Saberlo me libera. En esa melancolía me descubro genuino, desnudo.

Al ver otra vez el tocador de la abuelita desentierro una imagen de ella que merece ser indestructible. Pero esa imagen volverá a extinguirse. La casa de la infancia se transforma tanto que prácticamente deja de existir. Cambia la horda de niños ruidosos, cambian las voces del comadreo matinal.

Hay quienes toman estos cambios de un modo fatalista. El cantante León Larregui, por ejemplo, dice que volver a donde ya no queda nada no es volver. Yo prefiero creer que aunque la casa de la infancia desaparezca del mapa y se borre de la memoria, sobrevive en el corazón. Solo la muerte podrá arrebatárnosla.

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